Capítulo 1 : El Reino de Liyue

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Una suave brisa soplaba en las altas llanuras del Reino de Liyue, haciendo que el rocío de la mañana pudiera sentirse en el aire; la fragancia de los lirios de cristal y el cantar de las aves daban un ambiente relajante cada mañana en estas vastas tierras. Sin embargo, había quien no podía disfrutar de aquella gran hermosura, pues últimamente las actividades dentro del palacio imperial estaban al tope.

Entre los pasillos, el Gran Canciller de la corona, Dainsleif, caminaba con prisa rumbo a la habitación del Príncipe Heredero, vistiendo sus túnicas oscuras de alta corte. Pues el día apenas empezaba y el itinerario ya marcaba un montón de tareas por cumplir; era normal en esta época del año y más aún que dentro de poco el Príncipe Heredero estaría por cumplir la mayoría de edad, por lo que estaría listo para tomar su lugar en el trono.

El hombre se detuvo frente a la habitación, llamó a la puerta y, tras dar dos golpes secos y respetuosos, entró sin esperar demasiada ceremonia. El deber apremiaba.

Al entrar a la habitación, en medio de esta se encontraba una pequeña figura de facciones finas y ojos dorados resplandecientes; su cabello rubio y sedoso estaba recogido en una coleta alta, vistiendo a su vez un hanfu elegante de telas finas.

Dainsleif, de entre sus ropas, sacó un pergamino con el sello real, el cual detallaba la soporífera agenda del día; sin levantar la mirada, lo desenrolló y comenzó a notificar.

—Su Alteza, lamento tener que molestarlo tan temprano, pero el Consejo imperial y los enviados del Ministerio de Hacienda lo esperan en el Gran Salón en menos de una hora.

El joven Príncipe soltó un pesado suspiro lamentándose por el largo día que le esperaba.

—Eso es muy repentino. ¿A qué se debe la prisa? Ni siquiera he tomado el desayuno. —Respondió Aether con pesadez en la voz, al mismo tiempo que giraba su mirada hacia el canciller de la corona.

Dainsleif finalmente levantó los ojos del pergamino para fijarlos en la postura impecable del príncipe; era tan perfecta que desconcertaba, considerando que eran las primeras horas de la mañana. El gran canciller entrecerró ligeramente los ojos al mirarlo.

—Lo entiendo, Alteza, pero le recuerdo que el tema a discutir es de suma importancia, teniendo en cuenta que los gastos para las guarniciones fronterizas extrañamente han superado el presupuesto inicial asignado este año.

El hombre mayor lo analizó por un momento con la mirada antes de proseguir.

—Y teniendo en cuenta sus... recientes distracciones, le sugiero que se dé prisa si quiere tomar el té de menta que le he preparado, antes de la reunión.

Aether dio un par de pasos hacia Dainsleif y tomó el pergamino que tenía en sus manos para leerlo con más detenimiento.

—Hacerlos esperar un poco no afectará la situación fronteriza. —Hablo con un implacable tono juvenil digno del Príncipe Heredero. Una vez que terminó de leer el itinerario, lo enrolló de nuevo sin mucha delicadeza y se lo entregó al hombre mayor de nuevo.

—Aburrido -exclamó con desgana —Sin duda, preferiría beber el té de menta antes de no poder salir del gran salón hasta el atardecer.

Sin más, el joven Príncipe salió de la habitación e inició su andar rumbo al Gran Salón; Dainsleif lo miró por un momento antes de seguirlo por detrás, mirando cada uno de sus pasos con escrutinio.

Su tono de voz era el correcto, si no es que idéntico, y la postura al caminar era, de hecho, demasiado perfecta. El hombre mayor tenía años al servicio de la corona, por lo que era el único que sabía darse cuenta cuando el Príncipe Aether estaba fastidiado, pues este solía encorvarse ligeramente unos milímetros, expresando su descontento, sin mencionar que no pararía de quejarse durante todo el trayecto, pero la figura frente a él se mantenía tan tranquila y erguida como una lanza de jade.

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