Son las cuatro de la mañana del catorce de marzo de dos mil catorce, me encuentro en la mullida cama del lujoso hotel que hemos reservado con mi novio, perdón, con mi marido, es nuestra tan esperada noche de bodas.
Seguimos despiertos y no tenemos intención de irnos a descansar todavía después del día de locos y a la vez bonito que acabamos de tener. Ha sido una boda de ensueño, incluso mucho mejor de lo que nunca podría haber soñado. Los sueños, ese limbo entre la verdad y la mentira, la realidad y la ficción. Mi marido se dirige al baño, observo sus pasos con los mismos ojos que lo miré mientras decía el sí quiero, con la misma mirada con la que le miré el primer día que lo vi, y recuerdo la devoción y el amor puro e infinito que siento por él. Sería capaz de todo por esa persona.
Se encierra en el lavabo, y yo quedo a la espera de que vuelva a reunirse en la cama conmigo. De repente, me sobresalta el sonido de unos nudillos llamando a nuestra puerta, ¿Quién puede ser a esta hora? ¿Quién llama a la puerta de un hotel en plena madrugada?
Miro con miedo e incertidumbre a ambos lados de la cama, pregunto a mi recién esposo si ha pedido algo en recepción, me comenta que no y que ahora sale él para abrir, ya que nota cómo estoy presa del miedo, he visto demasiadas series de terror y mi mente siempre se pone en lo peor.
El autor anónimo de nuestra visita nocturna sigue llamando a la puerta con persistencia, el miedo se apodera de mí, no sé qué hacer, y por mucho que insisto mi marido no sale del baño. Un silencio solemne inunda la habitación.
Tras unos minutos, nuestro inesperado visitante sigue llamando a la puerta y, recopilando las fuerzas y poca valentía que me caracteriza, me dispongo abrir la puerta. Esperanzada e inocente, pienso que puede tratarse de alguien que necesite nuestra ayuda.
Abro la puerta despacio, que emite un chirrido nada agradable, la dejo entreabierta y asomo la cabeza entre el hueco de la puerta. No hay nadie al otro lado, únicamente me percato de una sombra que comienza a desaparecer hasta el punto de mezclarse con la oscuridad del pasillo. Cierro de un portazo presa del miedo, vuelvo a la cama corriendo y me tapo con las mantas, intentando huir de la inesperada realidad que me está tocando vivir. Al instante, sin darme tiempo a respirar demasiado, suena el teléfono de la habitación, la pesadilla continua. Lo cojo, contestando con un hilo de voz y se escucha un pequeño susurro diciendo: "te estoy vigilando."
Me quedo paralizada, mi pesadilla se está cumpliendo y no sé qué decir ni qué pensar. Me desespero al ver que mi marido no sale del baño, ¿Qué demonios estará haciendo?
El teléfono sigue pegado a mi oreja, y, de repente, se corta la llamada y el silencio de la madrugada se inunda del pitido de una línea telefónica vacía.
No puedo moverme, mis extremidades están totalmente paralizadas y mi mente se llena de preguntas sin respuesta. ¿Qué está pasando? ¿Quién está detrás de la llamada y de los golpes en la puerta? ¿Debería salir a buscar ayuda? Un instinto de lo más primitivo me hace gritar a pleno pulmón, fuerte, tan fuerte que me hago daño en los oídos y siento mi garganta enrojecida. Los nervios y el histerismo se apoderan de mí como no lo han hecho nunca. Doy un salto de la cama y corro hacia la puerta del baño buscando la protección de mi marido. Ahora soy yo la que aporrea sin cesar la puerta del lavabo, sin obtener respuesta ninguna. Mis nudillos se enrojecen por momentos de tanto golpear la puerta, cada vez con más fuerza, estoy dispuesta a tirar la puerta abajo. Comienzo a gritar su nombre a viva voz y no obtengo respuesta. Observo la puerta y veo que tiene una cerradura, pero en recepción no nos han dado llave alguna. Remuevo toda la habitación poniéndola patas arriba buscando la llave que permita reunirme con mi marido, saber si está bien, si le ha pasado algo, encontrar su ayuda. No tengo suerte, no hay ni una sola llave en toda la habitación. Me rindo.
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El visitante
HorrorUna noche de bodas. Un misterio sin resolver. Un visitante inesperado. ¿Pesadilla o realidad?
