Natasa podía sentir las lágrimas caer por sus mejillas, podía sentir el ardor del humo que lograba entrar a sus vías aéreas a pesar de tener nariz y boca cubiertas por un pañuelo húmedo, y podía sentir sus ojos irritados por la misma razón, que sólo la hacía llorar más. Podía sentir también el calor de las llamas en su rostro, a pesar de la distancia. Podía sentir cómo la estructura frente a ella se derrumbaba de a poco, pedazo de pared pedazo de techo.
Quizás el peso en su pecho se debía al humo también, quizás no.
Podía sentir las voces de la gente a su alrededor, conmocionados por tanta destrucción, algunos moviéndose apresuradamente para intentar apagar el incendio mientras esperaban a los recién llamados bomberos. Alguien estaba preguntando de quién era el lugar, otro respondía que no tenía idea, una mujer y un hombre gritaban intentando averiguar si había alguien adentro, entre los escombros.
La mente neblinosa de Natasa sólo podía enfocarse en los estímulos sensoriales que eran más físicos, o al menos, inconscientemente había decidido hacerlo, porque era más fácil que asimilar lo que implicaba todo aquello frente a ella.
Su pequeña cabaña estaba en llamas.
Y sabía que no sacaba nada con intentar detener el fuego, porque no quedaba nada por salvar.
Inicialmente y en un segundo, Natasa había hecho un repaso de todo lo que había hecho antes de dejar la cabaña en la tarde. ¿Había apagado bien la chimenea? ¿Se había deshecho de los elíxires fallidos? No había mezclado nada que fuera a entrar en combustión de forma retardada, ¿cierto?
Había buscado en sus propias acciones un error que justificara el incendio, había intentado encontrar alguna explicación lógica que le entregara sentido a la nueva pérdida a la que tenía que enfrentarse, sólo para terminar aceptando que no, que aquella tarde sólo había dormido para intentar recuperar el sueño de la pésima noche que había tenido, que había estado tan cansada que ni siquiera la chimenea había encendido, a pesar de lo fácil que era para ella el hacerlo, y sólo se había arrebujado bajo las mantas de su cama antes de caer rendida al sueño.
No obstante, su refugio del mundo ardía furiosamente frente a sus ojos. Aquellas cuatro paredes y techo donde se amparaba de cada injusticia que la rodeaba se volvían cenizas, se caían pedazo por pedazo aplastando todos los buenos recuerdos que acogía su interior, no sólo exitosamente abatiendo todo aquello en lo que Natasa se amparaba, sino que dejándola sola, sin una amiga, sin una hermana que la escuchara y la abrazara y fuera el hombro donde lloraba y las risas que compartían.
Porque a pesar del aislamiento voluntario al que su cerebro se había sometido como medida de autoprotección de todo lo que estaba pasando, sus sentidos seguían siendo capaces de percibir la magia que había en el aire, la alquimia que se desprendía como el mismo humo negro que se perdía en el cielo sobre ella y que hacía arder las violentas llamas que iluminaban la noche.
Y había escuchado cómo uno de los vecinos decía que el fuego había empezado desde el interior, algo que se podía evidenciar fácilmente.
Y sólo una persona además de Natasa tenía la llave que abría la única puerta de la cabaña.
Quizás con ese incendio sus miedos estaban demostrando ser reales. Quizás todo aquello que la vocecita al fondo de su cerebro llevaba semanas gritando era cierto, y el problema era que Natasa había sido demasiado ingenua, o demasiado optimista, como para aceptarlo.
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Alquimia de Sangre y Hierro
Teen FictionLa historia se ha repetido desde hace 413 años, el día en que la Alquimista de Fuego y la Alquimista de Hierro murieron, sólo para renacer una y otra vez bajo distintas identidades y enfrentarse entre sí hasta vencer y morir y repetir. Dacian conoce...
