"Nadie te castigará por tu enojo; tu enojo se encargará de castigarte"
Todo el departamento estaba lleno de cajas cuando entró, y el bendito sentido de la responsabilidad que lo atacaba a veces resurgió con fuerzas. Apostaba que si su padre estuviese aquí lo instaría a ordenar al menos la mitad el día de hoy... pero ya no vivía con su padre. El monje lo había echado, según él para que tuviese nuevas experiencias antes de tomar la decisión sobre si dirigir o no el templo, aunque todavía le sonaba como una excusa hueca para sacarlo de su vista. En fin, lo único que quería era despejar la vista al menos del ventanal del departamento y poder admirar el paisaje mientras veía el tiempo correr lo suficiente para tomar una decisión que ya estaba más que afianzada. Tal vez seis meses serían suficientes para convencer a su padre de su determinación.
Solo había alcanzado a llevar las cajas correspondientes a su dormitorio cuando comenzó; al principio, una sutil vibración desde el techo, luego inconfundible rock pesado. Algo en su pecho se agitó al recordar sus días de adolescente, pero empujó la sensación en favor de mantener su paz mental. Lo que menos necesitaba era acordarse de aquella época de descontrol y arrepentimientos, así que hizo a un lado las memorias para ponerse a ordenar.
Los primeros días, pensar en el templo, en su confortable silencio y el paisaje natural y en calma, fue su salvación para no caer en dramas banales. Después, intentó meditar y aprovechar de relajarse con la bella vista que tenía desde el balcón. Sin embargo, el día que se quedó sin nada que hacer en casa fue su perdición; le era imposible seguir ignorando la maldita música que casi hacía temblar su techo.
En vano, trataba de repetirse las enseñanzas bajo las que había vivido los últimos años.
«Transfórmate en luz entrando en el silencio de tu mente».
Imposible. En todo caso, ¿lo había logrado alguna vez? Claro que no, y definitivamente estuvo en un ambiente más propicio para ello.
«Así como el arquero talla y pone sus flechas rectas, el maestro dirige sus pensamientos descarriados».
Hoy era incapaz de controlar sus pensamientos. Quería culpar a la última canción de Nittle Grasper, la última antes de que volvieran a separarse, sonando con fuerza, pero el único culpable era él por no haber podido superar a Sakuma Ryuichi. Tal vez el principal desencadenante era que esta canción en específico (que había escuchado por última vez con el mismo vocalista, cuando la tarareaba en la ducha) sonaba como si fuese un concierto en vivo en lugar del audio de siempre.
Dolía más.
¿Era su deber soportar aquel dolor estoicamente, o estaba en todo su derecho como residente del edificio de pedir con amabilidad a su vecino que se fuera a la mierda? Apostaba que en el reglamento del edificio había un respaldo para la segunda opción, afortunadamente. ¿Sería considerado un vecino amargado y gruñón por ir a reclamarle? Tal vez, pero podía vivir con ello, sobre todo sabiendo que quizá ni viviría aquí dentro de un par de meses. No sabía si a algún otro vecino le molestaba el ruido, del mismo modo que desconocía incluso si había vecinos que molestar en el complejo, nuevo en la ciudad y lo bastante acomodado como para no ocuparse pronto. ¿Qué más daba lo que pensara el alborotador de encima suyo? Lo único que quería pedirle era que le bajara el volumen a la maldita última canción que le dedicó su ex, que escribió a su lado y compuso en su ausencia. Tenía derecho a llorarla solo cuando lo echara de menos, con audífonos para que nadie más escuchara que todavía lo extrañaba, y definitivamente en un entorno familiar, en su cama, recordando aquellos tiempos en que todas sus paredes tenían la cara de aquel idiota que le rompió el corazón y al que nunca pudo superar.
YOU ARE READING
Noble verdad
RomanceTatsuha se ve apartado de su vida, supuestamente para reflexionar acerca de su camino a seguir. Se le hace imposible pensar en su futuro cuando su pasado vuelve a aproximarse.
