I: El Bar.

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La calle angosta que solía frecuentar parecía más oscura que nunca ese día. Hacía frío y estaba empezando a llover cuando cerré la puerta de mi consultorio para ir a casa. La zona era concurrida los días sábado porque algunos puestos ambulantes llenaban las calles, pero esa noche de jueves apenas podían verse algunos vecinos en busca de los víveres o llevando a los niños de vuelta a casa luego de la escuela. A pesar de eso, y aunque mi hermana me había dicho cientos de veces que no hiciera el camino a pie, decidí caminar.
Me había mudado a Londres exclusivamente por trabajo, y no porque fuera una ciudad muy llamativa. Mi vida en Miami no se parecía en nada a la que me ofrecía el otro lado del océano, pero la paga era buena y no había podido rechazar la oportunidad de terminar mi doctorado con una beca completa. Extrañaba mis caminos adornados de palmeras, las playas y sus aguas claras, el sol, el viento cálido en mi rostro y la diversidad cultural que albergaba ese lugar. Extrañaba a mis amigos, los planes improvisados de viernes en la noche, las caminatas al atardecer y mi casa. Mi casa era hermosa. Un regalo de mi padre, una herencia en vida, un piso lo suficientemente grande como para invitar a mis amigos a pasar una tarde en la piscina.
Londres, en cambio, me sonaba al infierno algunos días. Mi hermana, que en realidad era media hermana, decía que me faltaba encontrarle el encanto, pero a mí me parecía demasiado fuera de lugar todo lo que implicaba estar allí. Tenía una rutina marcada. Salía del consultorio y caminaba cuatro calles hasta un callejón angosto y apenas iluminado con un faro a mitad de camino. Nunca había investigado dentro de él, y no tenía intenciones de hacerlo, pero justo coincidía con la parada de taxis más cercana y solía esperar por uno allí. Ese día, sin embargo, decidí seguir caminando.
Mi jornada había sido corta pero intensa. Dos pacientes con depresión y uno recientemente diagnosticado con trastorno de personalidad. Llevaba poco más de tres meses siguiendo sus casos y ese día no había visto ni un solo progreso en ninguno. Me frustraba sentir que no los podía ayudar, pero sabía que la terapia era así. Días buenos, días no tan buenos, días pésimos y días no tan pésimos. Eso no calmaba mi frustración pero sí le daba un sentido. La semana siguiente podría ser diferente.
Me detuve a medio camino, en un bar que conocía y había frecuentado algunos fines de semana. Había poca gente, la música estaba suave y parecía ser una buena idea para terminar la tarde. Entré y me ubiqué en la barra, saludé a la mujer que solía atenderme y ella sabía lo que debía servir. Saqué mi móvil sólo para avisarle a mi hermana que estaba bien y que iba a demorar un poco, luego lo dejé boca abajo sobre la mesa de madera.
- Coñac, como siempre.
- Gracias, Sophie.
- ¿Largo día?
- Intenso.
- Ya queda menos, doc.
- Ey. - levanté el dedo a la altura de sus ojos y sonreí. - Aún no.
- ¡Sophie! Una cerveza de barril para la mesa uno.
La mesera detrás nuestro ni siquiera me miró. Era nueva, lo sabía porque ya conocía a todos los de ese turno, pero también porque se notaba en su nerviosismo. Tenía el cabello oscuro, desalineado y a medio atar. El uniforme claro hacia juego con el tono de su piel. Blanca, casi pálida. Ojos azules, enormes. Estaba dotada de una belleza peculiar pero cautivante.
- Y prepara un whisky para la mesa tres.
Americana. Su acento la delataba. Y si hablaba un poco más incluso podría haber adivinado de qué parte había llegado exactamente. Se apoyó con los codos en el respaldo de la silla al lado mío, soltó un suspiro largo y se acomodó el cabello por detrás de las orejas. El uniforme todavía estaba intacto, no tenía manchas ni desgaste por el uso. Supuse que ella había llegado allí durante las dos semanas en que me ausenté, que el suspiro tenía que ver con su cansancio pero también con la presión por hacer todo bien mientras seguía siendo la debutante.
- Antes usaban patines.- comenté al pasar, pero con la mirada puesta en mi trago. Tomé un sorbo y ella levantó la cabeza.- Cuando mi hermana llegó aquí, las meseras usaban patines. Tirar la bandeja era su menor preocupación.
- ¿Lo hizo?
- Tres veces en su primera semana. Y aun así conservó su empleo por dos años enteros hasta que terminó su doctorado.
- ¿Y por qué me cuentas eso?
- No te presiones tanto, conservarás tu empleo.
Sophie acercó los pedidos que le había hecho unos minutos atrás y ella los puso sobre la bandeja. Esbozó una sonrisa, apenas perceptible, y se fue. La seguí con la mirada, tenía un caminar elegante pero inseguro, apenas miraba a los clientes y agradecía en voz baja. Dejar los tragos en las mesas le quitaba un peso de encima, y cuando la bandeja por fin estaba vacía, la acomodaba bajo su brazo derecho para continuar con su trabajo. Se acercó dos veces más a la barra, aunque algo lejos de mí porque las banquetas a mis lados estaban ocupadas. La vi ir y venir con bandeja en mano durante una hora y media, disimulaba mi mirar para no parecer una psicópata pero me llenaba de intriga su aspecto desalineado y su mirada como perdida. Me preguntaba si sólo odiaba su trabajo o había algo más. Conocía algunas miradas, podía descifrarlas muchas veces, pero ella parecía impenetrable. Su misterio era embriagador.
- ¿Quién es ella? - pregunté a Sophie.
- ¿La nueva? - asentí con la cabeza. - Chloe. Es un tanto extraña.
Giré mi cabeza en dirección a su posición. Estaba de pie junto a una mesa repleta de hombres que, además de sus pedidos, llenaban de piropos que ella no podía controlar. Me hubiera gustado que hiciera algo para callarlos, que les diera una lección de feminismo y respeto, pero en su lugar sólo guardó silencio. Era parte del trabajo, o eso decía Sophie, soportar esos comentarios fuera de lugar o que no quisieran recibir.
Dejé el dinero en la barra, justo debajo del vaso, y tomé mi bolso para salir. Pasé al lado de la misteriosa mesera, ella levantó su mirada y le regalé una sonrisa para despedirme. Nada en retribución. Nada.
Cuando toqué la acera descubrí que llovía, me puse la gorra de la campera y seguí caminando. Había unas cuantas calles hasta el departamento donde me estaba quedando, no iba a subir a un taxi si podía caminar. No había gente caminando ni negocios abiertos, pero no tuve miedo. La lluvia no era una de las mejores cosas de Londres pero a veces me servía para limpiar las energías con las que cargaba luego de mis jornadas de trabajo. Los faros en las veredas siempre me recordaban a Mary Poppins, una de mis películas favoritas. Mi madre y yo solíamos verla cada noche antes de ir a la cama, y me gustaba jugar a ser quien encendía y apagaba los faroles de la ciudad. Claro que la tecnología había avanzado considerablemente para entonces, pero esos faros seguían siendo un recuerdo de mi infancia en un rincón de Miami junto a mi madre.
Giré la llave del departamento y abrí la puerta justo para sentir el aroma de el pie de fresas de mi hermana. Ella no había heredado absolutamente nada de mamá en cuanto a sus rasgos, pero cocinaba con el mismo esmero.
- Excelente forma de llegar a casa. - comenté.
- Bec-Bec.- odiaba ese apodo, excepto cuando ella lo decía.- Te estaba esperando. ¿Has tenido un largo día?
- Ha sido intenso.- respondí, otra vez. No había una mejor definición de mi día que esa. Dejé mis cosas en el perchero y puse las llaves en un clavo que estaba en la pared.
El departamento era nuevo, mi hermana lo había encontrado meses atrás en alquiler y nos fuimos a vivir allí mientras ella terminaba su casa a unas calles contiguas. Tenía suficiente espacio para las dos, y hasta podíamos traer a alguien más. Había dos habitaciones, un estudio, sala de estar, dos baños, comedor, cocina y balcón. Habíamos decorado con tonos ocres en medio de blancas paredes y una lujosa cocina. No era nuestro pero mientras lo ocuparamos queríamos que fuera un hogar.
- Mañana iré a ver los progresos en casa, ¿vendrás?
- No lo creo, Stace. Tengo algunos pacientes luego de ir a la Universidad.
- Tendrá una habitación para ti, Beca.- me recordó como si no lo hubiera hecho cada vez que esa conversación salía a flote.- se sentó a mi lado en el sofá, mientras yo subía los pies a la mesita ratona en frente.
- Ya te dije que no iré a vivir contigo, hermana. Es tu casa, tu espacio, y yo necesito el mío.
- Hemos vivido juntas por muchos años, Bec.
- ¿No crees que es momento de soltar? Además estaremos a menos de cinco minutos.
- Hasta que termines el doctorado y regreses a Miami.- fue un reproche y lo noté.
- En verdad no sé cómo lograste acostumbrarte a este lugar, Stacie. Es tan... Triste.- ella soltó una carcajada y yo la miré con una sonrisa en el rostro.
- Mamá también lo odiaba.
- Porque mamá era inteligente.
- Hoy se cumplen...
- Diez meses.- completé.- Lo sé.
Mamá había dejado nuestro mundo diez meses atrás, de repente, sin aviso, luego de su caminata matutina con Bobby, el labrador que vivía con ella. Su corazón se detuvo a mitad de camino desde su habitación a la cocina donde la esperaba su esposo, el papá de Stacie, mi querido padrastro, el amor de la vida de nuestra madre.
Estaba sana, nunca habia tenido complicaciones ni enfermedades cardíacas. Era deportista, le gustaba mucho el tenis y se cuidaba en las comidas la mayoría del tiempo. Su muerte aún parecía injusta y sobresaltada. David lo llevaba mejor a esa altura, aunque los primeros meses habían sido complicados para él en la soledad de la casa que habían compartido por tanto tiempo. A mí me había costado tomar la decisión de volar a Londres sólo dos meses después pero sabía que era algo que ella deseaba mucho para mí y esa fue mi motivación.
- Tu padre llamó.- me dijo Stacie.- Dijo que estaba volando a España a cerrar unos contratos y que te llamará al llegar para programar alguna visita.
- Había olvidado que tenía un viaje a España este mes.
- Creo que espera que viajes a Miami en Navidad.
- Ya te dije que prefiero quedarme a estudiar y terminar mi tesis doctoral lo antes posible. Tú irás en representación.
- Tú eres su hija, Bec Bec.
- Y siempre lo seré, pero ahora tengo el derecho a tomar cierta distancia.
- Y sabes que apoyo tu decisión, pero creo que deberíamos haber aprendido algo de lo impredecible que puede ser todo. Sobre todo estando tan lejos.
- Lo veré en España, y hablaremos. Lo prometo.- recibí un beso en la cabeza y la aparté con un gesto de asco.- Ya ve a dormir.
Stacie era mi hermana menor pero siempre había parecido más grande por su considerable altura y su voluptuoso cuerpo. Contrario a mí, que era pequeña y delgada. Era brillante, la mejor de su clase siempre, una de las pocas en alcanzar un doctorado en arquitectura a sus veintiseis años. Ella había nacido cuando yo tenía cinco años, y mis papás llevaban ya cuatro separados. Ni siquiera tenía recuerdos de mis padres juntos, como un matrimonio, pero siempre habían conservado una buena relación. David, el papá de Stacie, llegó a nuestras vidas cuando yo tenía tres, y llenó de juegos y música nuestra casa. Era divertido, inteligente, un deportista nato y un chef de primera gama. Nos había amado con tanta ternura desde el primer momento que cuando Stacie llegó completó una familia que tenía mucho amor para dar.
- Te amo, Stace.- le grité para que escuchara hasta su habitación. Mi mamá no nos dejaba ir a la cama sin decirlo, incluso en los días que peleábamos hasta el cansancio.
- Yo también, Bec-Bec. No te duermas tarde.
Yo siempre me dormía tarde. Siempre. Papá decía que era porque había nacido de noche y mi cerebro se activaba en esa hora. Pero ese día el cerebro tenía una sola idea en sí: la mesera del bar que estaba cerca del consultorio. Su mirada perdida, su caminar cansado, sus ojos tristes y su escasa comunicación. ¿Quién era? Qué misterio parecía su presencia.

¡Hola! Volví con una de mis historias viejas, una que había empezado a escribir luego de "Lo que dicen sus ojos" en mi cuenta PauS47. Como esa historia, esta también está escrita en primera persona y cumplirá un formato parecido. Espero que les guste la propuesta. Y sí, Bechloe otra vez, porque ¿por qué no?

¿Quién es ella? - Fanfic BechloeStories to obsess over. Discover now