Capítulo 5

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—Entonces nuestro Henry llegó a  Nothingland, era un pueblo muy extraño. Las personas no tenían rostro y todos querían encontrar uno...—Seguí contando a medida que Andy gesticulaba sorpresa o emoción al escuchar la historia.

Desde que recordaba me había gustado mucho inventar historias sobre lo que fuera. Tan solo con ver algo le inventaba una historia. Cuando aprendí a escribir mi mente empezó a maquinar ese sitio llamado Nothingland, fruto de las clases de inglés por las tardes y lo bien que se escuchaba. Un sitio donde todos tenían cara de ser nadie, no habían caras ni nombres. Todos eran nadie, hasta que ese hombre petiso llegaba alborotando todo y diciendo que nada tenía sentido, que todos necesitaban caras y nombres.

Al principio a mis amigos parecía gustarle, pero en ese momento estaba improvisando.

Noté que Laila se dormía sin poder evitarlo, por otro lado Andy no tardaría mucho en seguirle el paso pues debían ser ya las dos de la madrugada.

Sonreí para mí misma y tendí una manta sobre la dormilona y Laila y el Andy medio dormido.

Pronto se acabarían las vacaciones y yo me mudaría a Filadelfia y no vería a Andy y Laila hasta las próximas vacaciones de verano. Los iba a extrañar un montón y probablemente haría nuevos amigos, solo que nunca como ellos, pues habían sido mis primeros amigos. Con los que había compartido jugos de uva en kinder y participado en recitales cuando tenía seis. ¡Me harían muchísima falta! No me gusta pensar que llegará un momento en el que no seamos más que recuerdos y que en unos años seamos irremediables adolescentes hormonales. Al pensar que me mudaría y que no vería a mis mejores amigos en mucho tiempo una lágrima traviesa se resbaló por mi mejilla.

Unos segundos más tarde Claudia entró a la habitación de puntillas con una taza de té de manzanilla (deduje por el olor).

—¿Pasa algo, Annie?—cuestionó mi hermana en un susurro tomando asiento a mi lado.

—Nada.

Claudia me miró con esa cara de «te conozco mejor que tú» y acabé por deshacerme de aquella lágrima y sorberme la nariz para hablar correctamente.

—No quiero mudarme, Claudia. Este lugar, esta casa...Nosotros siempre hemos vivido aquí, ¡siempre! Laila y Andy me harán muchísima falta allá en Filadelfia. Viviremos con la tía Margot y yo ni la conozco. Faltan solo dos meses para irnos y para mi cumpleaños. No quiero irme y no quiero crecer.

Mi hermana se quedó mirándome fija y seriamente, pero por alguna razón parecía que en unos segundos rompería en carcajadas, no obstante se limitó a apretarme contra su pecho en un necesitado abrazo.

—Todos debemos irnos, Ann. Todos debemos cambiar y crecer. Sé que los cambios no están en tu lista de planes favoritos, pero puede ser una gran oportunidad—dijo sin dejar de abrazarme.

—Es fácil para ti decirlo; pronto irás a la universidad y dices que nada te importa.

—¡Pff! Son cosas estúpidas que digo. Cada vez que digo que no me importa es porque me importa más.

¡Ja! Ya decía. El tan complicado idioma adolescente.

—Pase lo que pase recuerda que puedes contar con tu hermana mayor, Ann Thompson.

—¿Hasta diez?—dije en un vano intento de ser graciosa.

—Hasta que quieras. Los números son infinitos.

Claudia se fue y yo me acomodé para dormir. A veces mi hermana me sacaba de quicio, como cuando solo quería ir de fiesta en fiesta o hacer enojar a mis padres, aún así siempre supo qué decir cuando yo realmente la necesitaba.

El cerebro de AnnDonde viven las historias. Descúbrelo ahora