Nadie dura una semana

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No confío en la gente. Así de simple.

No es que haya un motivo puntual que pueda señalar con el dedo y decir "por esto dejé de creer". No hay una escena, un nombre, una fecha. Es más como un hábito que se me quedó pegado en algún punto del camino, algo que hago sin pensar, igual que respirar o cerrar la puerta con seguro. Desconfío primero y pregunto después, si es que pregunto. No espero que nadie me lo explique ni voy a explicarlo yo. Simplemente es así.

Duré cuatro meses en mi último trabajo. Guardia de seguridad en un bar de mala muerte, turno de noche, sueldo mediocre, jefe que se creía dueño del mundo porque tenía la plata para pagarle a alguien como yo para que le cuidara la puerta. No me quejaba. El trabajo era el trabajo.

Hasta esa noche.

Había un tipo — bien vestido, sonrisa de esas que ya sabes que esconden algo — acorralando a una chica cerca de los baños. Ella le decía que no. Él no la escuchaba. Yo no necesito escuchar toda la conversación para saber cómo termina eso si nadie interviene.

Así que intervine.

No fue elegante. Lo agarré del cuello de la camisa, lo saqué a empujones hasta la calle y le dejé claro, con los puños si hacía falta, que ahí no se trataba a nadie así. Cinco minutos, quizás menos. Ella se fue tranquila. Yo me quedé satisfecho.

Resultó que el tipo era el hijo del dueño del bar.

Esa misma noche me sacaron. Sin indemnización, sin explicación larga, solo un "recoge tus cosas" y una mirada que dejaba claro que no había nada que discutir. No me arrepentí. No me arrepiento ahora tampoco. Volvería a hacerlo exactamente igual, aunque supiera de antemano cómo iba a terminar. Eso tampoco lo voy a justificar. Es lo que soy.

Salí a la calle con mi bolso al hombro y el cielo decidió que también quería joderme la noche: empezó a llover, de esa lluvia fría que no perdona a nadie, la que se te mete hasta los huesos aunque camines rápido. No tenía paraguas. No tenía a dónde ir con prisa tampoco.

Caminé sin rumbo fijo unas cuadras, más por hacer algo que por tener un destino, hasta que un poste de luz me mostró un pedazo de papel mojado, medio despegado, aferrándose como podía al concreto.

SE BUSCA GUARDIA DE SEGURIDAD Pizzería Frenni's & Pizza $300 USD / semana Turno nocturno

Trescientos dólares a la semana era más de lo que ganaba en el bar. Bastante más. No pregunté por qué pagaban tanto por cuidar una pizzería de barrio. No me pareció relevante en ese momento — o quizás sí me lo pregunté, en algún rincón de la cabeza, y decidí ignorarlo porque necesitaba el dinero más de lo que necesitaba respuestas.

Arranqué el papel, lo doblé como pude para protegerlo de la lluvia, y memoricé la dirección.

No confío en la gente. Tampoco confiaba en ese panfleto, en esa pizzería, ni en nada de lo que me esperaba ahí dentro.

Pero el hambre no negocia con la desconfianza.

Así que fui.

Frenni's & Pizza no se veía tan mal desde afuera. Un letrero grande, colores gastados por el tiempo pero todavía reconocibles, ventanas empañadas por el vapor de dentro. Parecía cualquier pizzería de barrio que había visto cien veces antes. Nada que me hiciera pensar dos veces.

Empujé la puerta. Una campanita sonó arriba, ridículamente alegre para lo empapado que estaba yo.

Adentro olía a queso derretido y a limpiador de piso barato. Mesas vacías, luces de colores apagadas, el escenario al fondo con cortinas cerradas. Una mujer salió de la cocina secándose las manos en un delantal, y supe de inmediato que era a quien buscaba.

—¿Vienes por el anuncio? —preguntó, sin más preámbulo, con la voz de alguien que ya había repetido esa pregunta demasiadas veces esa semana.

—Sí.

Me hizo un gesto para que la siguiera hasta una oficina pequeña detrás del mostrador, papeles apilados, una computadora vieja, una foto descolorida de lo que parecía ser una inauguración feliz hace años. Se sentó, yo también, y extendí mi hoja de vida sin decir nada. Ella la revisó rápido, más rápido de lo que alguien revisa algo que realmente le importa.

—Experiencia en seguridad, cuatro meses en tu último trabajo. —No era pregunta. Era una constatación, con un tono que no sabía si era desinterés o cansancio—. ¿Por qué te fuiste?

—Golpeé al hijo del dueño.

Levantó la vista por primera vez desde que me senté. No hubo sorpresa en su cara. Casi diría que hubo algo parecido a reconocer algo familiar.

—¿Se lo merecía?

—Sí.

Asintió, como si esa respuesta fuera suficiente, como si ya hubiera escuchado versiones parecidas de la misma historia antes. Volvió a mirar el papel.

—El puesto es de noche. Solo. Turnos de doce de la madrugada a seis de la mañana. —Hizo una pausa, breve, calculada—. El sueldo es el que viste en el anuncio. Trescientos a la semana, pagados los viernes. Y no es solo vigilar. Cierre, limpieza, mantenimiento básico. Lo que haga falta esa noche, lo haces tú. No hay nadie más.

—¿Por qué tanto por cuidar una pizzería?

No sonrió cuando respondió. Tampoco cambió el tono.

—Porque no todos duran lo suficiente para cobrar el segundo pago.

Debería haberme parecido más raro de lo que me pareció. Pero llevaba encima el cansancio de la lluvia, del despido, de cuatro meses de aguantar a un jefe que se creía intocable. Trescientos dólares seguían siendo trescientos dólares.

—Hay una condición —siguió, sin darme tiempo a procesar del todo lo anterior—. Mínimo siete noches. No importa lo que veas, lo que escuches, lo que sientas que tienes que hacer. Siete noches, sin faltar ninguna. Si renuncias antes, no hay pago. Ni parcial, ni nada.

—¿Y si aguanto las siete?

—Entonces hablamos de un contrato más largo. —Se encogió de hombros, como si el resto no fuera asunto suyo—. Pero eso ya sería decisión tuya.

La miré un momento. Había algo en la forma en que lo dijo —sin dramatismo, sin intentar asustarme ni venderme el trabajo— que me generaba más desconfianza que si hubiera intentado convencerme con entusiasmo falso. La gente que miente bien sonríe demasiado. Ella no sonreía en absoluto.

No pregunté más. No porque no tuviera preguntas, sino porque sabía que no me las iba a responder de todas formas, y prefería descubrirlo por mi cuenta a que me mintieran a la cara.

—Acepto.

Sacó un formulario de un cajón, lo deslizó hacia mí junto con un bolígrafo que apenas escribía.

—Empiezas esta noche.

No lo dijo como una sugerencia.

Firmé.

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