Hubo un tiempo en el que Gabriella Blaze soñaba con ser bailarina y llenar los teatros, se fugó de casa en busca de su sueño, pero la vida la hizo toparse con alguien que le complicará muchísimo más su objetivo.
Alejandro siempre consiguió lo que de...
El agudo dolor de cabeza me levantó de golpe, me desperté en una habitación de hotel, bueno, más bien una suite. - Menuda noche.- me dije sin recordar absolutamente nada.
Me giré y vi a un tío durmiendo a mi lado, su portentosa espalda estaba llena de arañazos, su cuello cubierto de chupetones y, para rematar, mi pintalabios rojo recorría todo su cuerpo. Hundí mi cara en la almohada y me quejé por no recordar nada. Después de mi momento esquizofrénico me incorporé y fui al baño. En cuanto abrí la puerta y vi el panorama me quedé pasmada. El cristal estaba empañado pero pude verme en él. Mi cuerpo estaba lleno de chupetones y estaba roja. -¿Pero qué narices hiciste anoche Gabriella?- me dije.
Suspiré y me lavé la cara para despertarme y quitarme los restos de maquillaje corrido. Busqué por la habitación mi ropa- dónde coño habré dejado mi sujetador, mierda-
-¿Buscas esto?- preguntó una voz grave detrás de mí.
Me giré y le vi sentado en la cama con mi sujetador en las manos. Me tapé inmediatamente con el vestido que llevaba la noche anterior. Me aproximé a él, alargué el brazo y le arrebate mi sostén.
- Gracias.- dije cortada.
Él me miraba serio, pero lo hacía de una manera provocativa, mientras me ponía el sujetador y me vestía.
-Bueno, un placer.- dije antes de dirigirme hacia la puerta.
Se levantó con rapidez y me impidió el paso.
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- Ay madre.- reaccioné al ver que estaba en pelotas. Miré hacia otro lado, avergonzada.
- Anoche no parecías tan tímida, Gabriella.- dijo mientras me miraba de arriba a abajo. Di un par de pasos hacia atrás, estaba muy cerca. - Anoche hice muchas tonterías, eh, ¿cómo te llamabas?- le miré. - Alejandro, me sorprende que no recuerdes mi nombre, ayer te pasaste toda la noche gritandolo.- sonrió con picardía. Noté como un escalofrío recorrió mi espalda hasta mi nuca, me puse roja.
- Eh, bueno, será mejor que me vaya, encantada Alejandro.- me apresuré.
Hice el intento de abrir la puerta, cosa que me fue imposible.
- Está cerrada, cielo.
- ¿Por qué?- pregunté preocupada.
- No sería seguro para ti que te vieran conmigo.- dijo él.
Tenía sentimientos encontrados. - ¿Quién narices es este tio? -
- ¿Eres un fugitivo o que?- vacilé.
- Algo parecido.- sonrió.
- Abre la puerta.- ordené.
Se aproximó hacia mí, se inclinó un poco y mientras me miraba fijamente tocó tres veces el marco. Un tío uniformado abrió la puerta segundos después.