La conocí el primer día de clases.
La había visto en la ceremonia de bienvenida, y en el aula nuestros asientos fueron asignados uno detrás del otro, vaya cliché, lo sé. A la hora de la presentación de los alumnos, todos hicimos lo propio con naturalidad y ella que seguía de mí, lo hizo también con mucha normalidad, nada de excentricidades dignas de una novela ligera de principios de los dos mil.
Era una chica normal en toda la expresión de la palabra. De estatura promedio, de complexión delgada, con una figura que no resaltaba mucho pero que a final de cuentas era agradable a la vista; su cabello era castaño oscuro, largo hasta la espalda baja pero atado en dos coletas, y usaba anteojos. Sólo una estudiante japonesa más, en apariencia, aunque con un rendimiento escolar de los mejores, lo cual en Japón es hasta cierto punto algo también muy normal.
Hablábamos poco al principio, pero luego al paso de los días comenzamos a hablar más, porque teníamos muchos temas en común, y pasamos de sólo hablar entre clases, a hablar también en la hora del almuerzo, pero no habíamos ido a casa juntos, eso creo que hubiera sido demasiado. Además, también soy un chico muy ordinario, no soy la clase de estudiante que cualquier chica desearía como novio. Mi cabello negro y peinado con un ligero fleco hacia la derecha, y mi físico delgado no me hacían destacar, y eso estaba bien, no me interesaba ser el centro de atención, y no era para mí una prioridad conseguir pareja.
Pero entonces sucedió que Madoka Sato me anunció el primer día del mes de abril que tenía que decirme algo a la hora del almuerzo en el patio trasero de la escuela.
Madoka Sato es el nombre de aquella ordinaria chica con la que solía conversar entre clases y en los almuerzos. Si por la mente me pasó la idea de que podía declarase descarté eso rápido al saberme alguien demasiado ordinario como para gustarle a una chica bonita, o siquiera a una chica.
—Por favor, se mi novio.
La miré sorprendido. Incluso había hecho una reverencia, y seguía inclinada esperando mi respuesta. Un ligero viento sopló, y estoy seguro que en alguna parte cerezos salieron volando, no ahí en ese patio, pero sí en alguna parte. La chica de coletas, anteojos y uniforme de marinero, que había obtenido el tercer lugar de promedio en los pasados exámenes, pero que por alguna razón no se había inscrito a ningún club, acababa de declararme su amor, y yo tenía el deber de darle una respuesta.
—Yo… Bueno, yo…
Ella seguía inclinada, no veía sus ojos, pero podía asegurar que los tenía cerrados. Y sus puños estaban apretados frente a sus rodillas. Rechazarla hubiera sido quizás el acto más estúpido de mi vida escolar, de mi vida en general mejor dicho, pero por suerte no me considero alguien imbécil, claro, hasta ese momento tampoco me consideraba alguien afortunado.
—Claro, sí, sí quiero ser tu novio.
Sólo así ella alzó su rostro, abrió los ojos y sonrió. Incluso noté que soltó el aire. Por un momento pensé que quizás era una apuesta y acababa de ganarla, pero no había visto que tuviera muchas amigas en la clase, ni en alguna otra.
—Qué alivio. Sabes, es que me gustaste casi desde el principio, pero no sabía cómo expresarlo, por eso buscaba cualquier pretexto para hablarte.
—Pero, ¿por qué yo? ¿Qué tengo de especial?
—Pues eso precisamente, que en un mundo lleno de fantoches, de gente que no es sincera con los demás, de gente que no está contenta con ser quien es, tú eres alguien que no parece estar intentando resaltar ni que provoca problemas precisamente por eso.
¿Acaso me estaba halagando o insultando?
—Gracias. Supongo.
Ella soltó una ligera risa.
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Mi novia puede transformarse en un dinosaurio
Science FictionEn cuanto ella me citó al patio trasero pensé en la posibilidad de que iba a declararse, pero lo descarté rápido: no me considero ni tan atractivo ni tan afortunado. Pero fue justo lo que hizo. Y a nada de darle mi respuesta, un simio gigante empezó...
