Todo es un ciclo de pesadillas. Una tierra de Nada, llena de monstruos grotescos y ruinas de un mundo que alguna vez estuvo vivo y cálido.
En un bosque, tan gris como la realidad que aplasta a sus habitantes, los leves ruidos de crujidos y hojas al caer parecían ser un mero intento por tratar de llenar el entorno de algo, algo más que miedo.
— Les hubiese gustado la vista. – Unas palabras acariciaron el aire, antes de perderse en el silencio que lo cargaba.
En la rama de un árbol, la figura diminuta de un niño era iluminada por una luz proveniente de algún lugar del cielo, dejando a la vista su presencia.
Llevaba una bolsa marrón clara en la cabeza, con solo dos agujeros en la parte de adelante para poder ver. El desgaste que tenía hacia aparecer manchas grises bajo los orificios.
Su gabardina, ondeando al viento, hacía la ilusión que dejaba volar de su interior historias con inicios y finales oscuros. La llave que colgaba a su costado parecía iluminarse más que cualquier otra cosa que llevará puesto. Cómo si fuera la encargada de abrir la puerta hacia un destino repetido una y otra vez.
Un pantalón marrón oscuro, manchado y marcado por el instinto y el frío suelo. Aún así, no era lo suficientemente largo para cubrir sus descalzos pies.
La piel del niño parecía haberse adaptado al despiadado entorno, tornándose gris. Con callos y cicatrices recorriendo varias partes de su cuerpo. Una defensa rara, ya que muchas veces nunca había tiempo suficiente para descansar.
Todo lo que conformaba su persona era capaz de contar por si sola cuentos de terror sobre criaturas obsesionadas con nada más que verlos muertos, únicamente por nacer.
Aquel niño dio un suspiro. No podía decirse sobre que exactamente, pero no era nada bonito. Se puso de pie, sintiendo la ya familiar superficie rígida y agrietada de la madera. Dió un paso atrás antes de aventurarse en una corta carrera. Uso el impulso para dar un salto, suspendido momentáneamente en el aire. La sensación, la brisa contra su bolsa y las ligeras acaricias de las que lograban colarse por los agujeros de sus ojos eran toda la diversión que creía que necesitaba en su vida.
Volviendo rápidamente a la realidad, tan larga y brutal como era, se aferró al tronco de otro árbol cercano. Ya siendo rutina el ir de uno hacia otro, no le costó nada trepar hasta el punto más alto y saltar nuevamente.
Los callos en sus palmas y plantas de los pies era lo único que necesitaba para poder aferrarse como a una escalera.
La altura, la sensación de dominar un entorno que ya se había cobrado tantas vidas le daba un fervor como ningún otra cosa. El poder vivir lejos de los peligros en tierra y consumir los recursos del bosque era un privilegio que ningún otro alguna vez había gozado.
Pero, aún con todo lo bueno, había un picor en lo más profundo de su mente que lo jalaba lejos de aquella protección y calma que se había ganado. Un sentido de propósito que lo conducía más allá de cualquier árbol u hogar.
Esas cajas con un espejo en la parte de enfrente. Televisores era como se llamaban si mal no recuerda. Sea lo que sean, lo atraían como una mosca a la luz, que solían irradear.
El sonido, la señal que emitían le hablaba de una manera que todavía no comprendía. Cómo si quisieran contarle para que vino a este cruel y putrido mundo en primer lugar.
Así, sigue saltando y trepando por los árboles, guiado otra vez por ese picor en su cabeza. En su camino escucho un ruido. Sin embargo, era uno poco reconocible para él. Era frenético. Desesperado. Sonaba de forma constante. No provenía de los árboles. Ni del viento. Estaba vivo.
Recordo, deteniéndose, la primera vez que escucho algo así antes. Las paredes oscuras, el brillo azulado. Los gritos, los gritos completamente horrorizados. Todas las súplicas roncas que caían en oídos sordos.
Con la luz del cielo cayendo más claramente sobre él, parecía que buscaba hacerlo destacar a propósito en ese preciso momento cuando ese ruido adquirió forma, vida y rostro.
Y ahí, parado en la seguridad del bosque, la vio. Su picor, el tirón que lo impulso de forma casi instintiva a una señal desconocida, se desvaneció, eclipsado completamente por la presencia en tierra.
Fueron segundos, pero más que suficientes para grabar de raíz su apariencia. Su cabello, negro y desordenado, cayendo sobre sus ojos como un débil intento de mantenerla ajena ante las atrocidades que vagan por el mundo.
Un saco abotonado azul oscuro trataba de cubrir toda su persona. Protegerla del frío y la hostilidad que la acechaban, pero apenas manteniéndola fría.
No tenía ningún tipo de calzado, dejando al descubierto sus pálidos pies algo sucios. Aún así, contaban con un pasado de cuidados y preparación, como un muñeco destinado a ser regalado que nunca llego al paquete.
Bajo un gran ojo blanco que dominaba el cielo, ambos niños, pequeños, rotos, se perdieron totalmente en el descubrimiento de la existencia del otro. No estaban solos. Por ese pequeño instante, el mundo pareció contener el aliento...
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-Melodía-
FanfictionEl ciclo de pesadillas debe continuar. Un niño debe caer. Una niña debe olvidar. Pero ella recuerda. Una ciudad, carente de color, no perdona a quienes desafían su orden. Sin embargo, la luz que solo los sentimientos poseen no está dispuesta a...
