Tenía quince años cuando oficialmente lo pusieron en la lista de donceles elegibles para contraer matrimonio.
Fue una de las fiestas más ostentosas de todo el reino, todos comieron y bebieron hasta saciarse. Hubo risas y baile, muchas propuestas para alianzas con reinos vecinos a través de un gran matrimonio.
Los príncipes más nobles se acercaron y le ofrecieron todas su riquezas, todas sus telas y ganados.
A pesar que desde su concepción y plena conciencia sabía la responsabilidad que recae sobre él como un doncel, momentos como estos solo quería ser un adolescente de quince años, sin reuniones que acudir, sin papeles que firmar, sin etiquetas que cumplir.
A mitad de la noche sus ojos comenzaron a picar.
Había perdido la cuenta después de la propuesta número 17. Uno de los nobles del norte, en medio de las montañas nevadas. Los ojos de su padre brillaron al escuchar las hectáreas de tierras frías que estaban al poder del rey.
Claramente el hecho que fuera alérgico a las flores de invierno que crecían en el norte, no era un impedimento para que su padre lo ofreciera inmediatamente al príncipe. Un enojo e impotencia se acumulo en su pecho a tal grado de levantarse sin importar que ambos nobles estuvieran aún hablando con su progenitor.
Debía salir, necesitaba aire fresco o sufriría un ataque frente a todos.
– Lo siento, debo retirarme
Y como una pobre alma en pena dejó botada la capa a medio pasillo, junto al cinturón y el estúpido sable que su padre lo obligó a usar para demostrar que sabía pelear a pesar de ser un doncel.
Escuchaba los gritos de su padre alejándose a medida que aceleraba el paso hacia los jardines del invernadero. Sus manos hechas puño y un terrible nudo en su garganta le dificultan la respiración.
Internándose entre los muros de enredaderas, se detiene frente al claro de luz de luna que se refleja en el pequeño estanque que su madre había construido para él, solo para él. Recuerda que fue el último acto de amor que alguien hizo por él.
Sin más preámbulo, le dio rienda suelta a las lágrimas que ya no cabían más. Una tras otra sobre sus abultadas mejillas.
Quien lo viera diría que es solo un niño consentido y caprichoso sin ningún sentido de ubicación sobre el significado del verdadero dolor, pero si no es dolor lo que estaba ahogando su pecho ¿entonces que era?
Sus manos cubrieron su rostro, mientras un grito desgarraba su garganta. Un hipido y la respiración cortada se hacían presentes.
De verdad luchaba por mantenerse fuerte, pero hoy por hoy, esta noche bajo la luz de luna, solo quería llorar.
El sonido de la hojarasca ser pisada lo alertó. Giró en dirección al sonido y esa fue la primera vez que vio unos ojos tan oscuros como la misma noche pero con una calidez que podría cautivar cualquier corazón.
Una parte de él fue cohibida al instante en que esa mirada negra penetrante se fijó en esos pequeños ojos olivo, que a pesar de estar rojos e hinchados tenía una pasión abrasiva.
Podría jurar que eso lo hizo enamorarse al instante, tanta furia, tanta determinación.
– ¿Por qué lloras? ¿Que acaso este no debería ser el día más feliz de tu vida?
Sorbió su nariz sin nada de vergüenza y su mirada se desvió ante el miedo de ahogarse en tanta oscuridad.
– ¿Debería?
– Es tu cumpleaños. Solo una vez en la vida se cumplen quince – Sonrió de medio lado dejando a la vista unas hermosas encías rositas
Quería debatir esa frase, argumentando que nadie estaba allí para celebrar su cumpleaños, todos habían venido porque al fin el hijo del rey de la gran Ciudad Central podía desposarse, lo que significaba un gran paso en el poder territorial. No era más que un trueque.
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Evergarden
Romance¿Es posible enamorarte en cartas? El príncipe JiMin y el principe Yoongi , una guerra y una boda
