Demonios del Infierno

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A pesar de ser uno de los hombres más fríos e influyentes de la ciudad, debía admitir que el sobre encima de su escritorio le hacía hervir la sangre.


El problema podía considerarse insignificante.


Se recostó en su silla, extendiendo sus largas piernas. Afuera de la oficina, en el club de Los Demonios del Infierno del cual era presidente, se escuchaban las voces de sus hermanos embriagándose y follando a las putas del club. Bajó la mirada y una sonrisa irónica que no presagiaba nada bueno cruzó su rostro. Podía leer claramente el nombre de McCloud & Asociados; Los bastardos eran conocidos por ser buenos en su trabajo, pero ni teniendo los mejores abogados del país lograrían intimidarlo. Esta situación le divertía en el fondo, era una lástima que no tuviera el tiempo para divertirse con ello. Tamborileó sus dedos con impaciencia sobre la tosca madera de su escritorio, pensando que hacer con lo que seguramente era un citatorio. Lanzarlo a la basura sería lo más lógico, era allí donde pertenecía.


Sin embargo, cogió el sobre y lo abrió con brusquedad. Leyó cada palabra con lentitud.


—Mierda —masculló. 


El citatorio que le trajo el inútil de su abogado tenía una cita para el día siguiente. Eso ya lo sospecha, pero  el muy cabrón ni siquiera le avisó que la demanda había sido interpuesta varios días atrás. A ese bastardo le pagaba miles de dólares y no podía hacer su jodido trabajo bien. Y aun así, se atrevía a decirle que estaría en su casa a las siete en punto para acompañarlo al juzgado y discutir lo que debía de declarar.


Que le den, pensó con amargura.


—¡Zack, trae tu culo aquí! —gritó de inmediato.


Zack era su mano derecha. Se conocieron cuando ambos vagaban por las calles. Él era su única familia. Los dos venían de ambientes familiares turbios, crecieron en medio de la violencia y a temprana edad huyeron de sus hogares. Desde hace años se han cuidado las espaldas. Él era el vicepresidente del club. Varios enemigos mortales, algunas heridas de balas y cuchillos en el cuerpo y muchos días sin tener ni siquiera que comer fueron lo que les dieron su merecido lugar en este cruel negocio. Sus manos estaban llenas de sangre, secretos, sudor y mentiras que no le enorgullecía recordar, pero era eso o morir en el intento. Ahora, los Demonios del Infierno era el club de moteros más grande e influyente de Atlanta y varios Estados más. Centenas de hermanos dependían de ellos, y él haría lo que fuera necesario para que nadie metiera las narices en los asuntos del club. Suficiente le pagaba a la policía y a los peces gordos para que cuidaran al club.


Zack asomó su rubia cabeza por la puerta, una sonrisa estúpida cruzaba su rostro. Debió haberse follado a Elena. Patrick rodó los ojos a pesar de su humor. No entendía cómo su mejor amigo no había descubierto que estaba hasta el culo de enamorado de esa mujer, aunque seguía tirándose a toda puta que se le cruzara. A pesar de ello, se encogió de hombros. ¿Quién era él para dar consejos del corazón? Ni siquiera creía en el amor, joder, ni siquiera se acostaba dos veces con la misma hembra. Odiaba que se encariñaran con él, lo siguiente que ocurría era creer que eran exclusivos e intentar controlarlo. No necesitaba el peso de alguien más sobre sus hombros, las mujeres eran sinónimo de problemas. Por esa razón, Patrick se mantenía alejado de las relaciones estables. Por supuesto, siempre existían zorras que trataban de engañarlo con supuestos embarazos y chantajes emocionales, pero terminaban en el lugar que se merecían. Afuera del club con una patada en el trasero.

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