El nuevo alumno de segundo año terminó rápido los ejercicios y levantó la mano impaciente.
— ¿Qué quiere, señor?— le preguntó su profesor desde el escritorio.
— Puedo ir al baño?
— Tiene que esperar al recreo.
— Está bien, disculpeme — Pablo agachó la cabeza y volvió a agarrar la lapicera.
— Lo dejo porque es el primer día, pero hoy nada más, vaya.
— Gracias.
Pablo se levantó de su asiento como si tuviera un resorte y salió del aula seguido por las miradas envidiosas de sus compañeros.
Hacia una semana que se había mudado, a su papá lo transfirieron de sucursal y la familia tuvo que dejar el pueblo para ir a la gran ciudad. La sensación de pérdida lo acompañaba en todo momento, sus padres le explicaron la importancia del cambio, pero él seguía con bronca por haber perdido a todos sus amigos.
Pablo atravesó el patio sin apurarse, no quería perderse ningún detalle del nuevo colegio.
El baño quedaba en el fondo, junto al aula de segundo año B.
Al acercarse a esta división, vio algunas cosas extrañas que le llamaron la atención y caminó con mayor lentitud. Dentro del aula, todos los alumnos tenían puesto lentes oscuros, y las ventanas estaban cubiertas con cartones. Pero eso no era todo, el profesor era una montaña de nervios, sostenía la tiza con temblor y su cara estaba toda transpirada.
Por un momento, Pablo se olvidó del baño y se acercó más a la puerta. También le sorprendió la aplicación de los chicos. Todos prestaban atención en silencio y escribían el texto en sus carpetas.
Un joven pelirrojo de la primera fila, descubrió la presencia del curioso y con una sonrisa se bajó un poco los lentes.
— Dios mío...
Pablo retrocedió nervioso a punto de perder el equilibrio. Los ojos del estudiante eran tan rojizos como su cabello.
Pablo volvió a su aula y tomó asiento junto a su compañera. En su cabeza se repetían las imágenes del segundo año B, necesitaba respuestas urgentes, los nervios le quitaban el aire.
— Disculpame, Morena...
La joven levantó la vista de su hoja y le sonrió sin ganas.
— ¿Qué querés? —le preguntó de mala manera.
— ¿Por qué los chicos de segundo B tienen...?
—No preguntes.
Morena lo miró amenazante como si hubiera dicho una palabra prohibida. Los compañeros que se sentaban a su alrededor lo observaron temerosos y en silencio.
— ¿Por qué no puedo preguntar? — insistió Pablo.
— Porque no.
—¿Pero qué tienen? ¿Por qué usan anteojos oscuros?
Morena se mordió el labio inferior.
—¿De chico te pegaron con un martillo en la cabeza?
— ¿Qué decis?
— No tengo dudas.
Pablo se tragó la bronca y miró hacia otro sector. Los demás alumnos dejaron de observarlo. El chico nuevo estaba muy desanimado. En ese momento, hubiera preferido haberse quedado a vivir con su abuela. Extrañaba a su viejo colegio y sobre todo, a sus queridos compañeros.
Más tarde y después de varias horas de televi-sión, Pablo miró a través de la ventana, y al ver que oscurecia, sin ganas, decidió hacer la tarea. Como si le pesaran los pies, se bajó de la cama tan despacio como pudo, agarró su mochila del suelo, y al abrirla, encontró que su carpeta no estaba.
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Colegio Maldito 2
HorrorEn Colegio Maldito II, el autor revela cómo nació el cuarto 15/60 y qué fue de la vida de los que se animaron a entrar en él. También se manifiesta qué pasó con el resto de los personajes que aparecen en el primer volumen. Un aula llena de vampiros...
