Sabía que a una persona tan materialista como yo le iría mierda en el amor, pero ¿en serio?
Me recosté en el umbral de la puerta y solté un sonoro suspiro. Tanto Evan como su compañera dejaron de darse amorcito para mirar hacia mi dirección. Vi cómo ella palideció y creí reconocerla, era una de las chicas que hacía ayudantía voluntaria en el hospital. ¿Me había cambiado por una chiquilla de dieciocho? ¿Cómo se suponía que aquello debía sentarme?
—Melissa —Evan bajó los párpados—. Llegaste temprano.
Mi pulso se aceleró.
—Por suerte, no nos vimos en la obligación de operar al niño. Hubieras visto el alivio en los ojos de su madre.
Evan se alejó un poco de su amante. Su pecho desnudo estaba lleno de chupetones. El estómago se me revolvió.
—Era de esperarse —él extendió una mano hacia la mesita de noche y agarró su caja de cigarrillos—. Todas las operaciones pueden complicarse, incluso las tuyas.
¿A qué venía ese tono de desdén? Observé a Evan tomar el encendedor y prender su cigarrillo. Le dio una calada. Mis mejillas empezaron a arder.
—Y hoy no fue el anestesista con el que suelo trabajar, así que agradecí no hacer la cirugía. Tú te quedas ahí —le dije a la jovencita que había intentado salir de la cama—. Si tuviste los ovarios de meterte con un hombre con novia, tendrás el útero para soportar enfrentarte a mí.
A la chica le tembló el labio inferior. ¿Por qué parecía a punto de llorar? No fue a ella a quien el hombre de su vida traicionó. Volví a mirar a Evan, seguía fumando su cigarrillo.
—No la trates así, no fue culpa suya. Yo me dejé llevar. —Le dio otra calada, indiferente.
Tuve que sostenerme del armario cuando la visión se me nubló. Empecé a hiperventilar.
—¿Melissa? —Él me miró, sin embargo, no hizo ademán de salir de la cama. De nuestra cama. No, de mi cama.
—Este es mi puto apartamento, Evan. —No reconocí la voz que escapó de mi garganta.
El olor a humo me obligó a contener el aliento para no inhalarlo. Me sacaba de quicio pensar que podría sufrir las consecuencias del tabaquismo cuando nunca había puesto un cigarro en mi boca. Él lo sabía, sabía que odiaba que fumara, me dijo que ya no lo hacía.
—Sí —él soltó el humo y sonrió de lado. Apreté la mandíbula—. Lo sé.
Parpadeé una vez. Relajé los músculos tensos. Extendí mi mano hacia el florero de mi cómoda. Evan solo pudo dar un respingo antes de que lo lanzara hacia la pared junto a él. La chica chilló al mismo tiempo que Evan dejaba caer el cigarrillo sobre la cama. La sábana cogió chispas. Y, en esta ocasión, los dos empezaron a gritar.
Primero, esbocé una sonrisa; más tarde, mientras me servía una copa de vino en la cocina y los oía apagar el fuego de la habitación, comencé a reírme. Si los ojos se me cristalizaban, me reía; si sentía un nudo en la garganta, me reía; si pensaba en que me había traicionado la persona que quería, me reía; y si consideraba perdonarlo…
Me abofeteaba por siquiera pensar en ello. Le di un sorbo al vino y tragué. El dulce sabor desmoronó el nudo de mi garganta. Nada apagó la ira de mi corazón.
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La Villana Merece un Final Feliz.
Fantasía¡A la basura el amor y los sentimientos! Si me traicionan no tengo por qué perdonar a nadie. ¿Qué soy? ¿Un Dios que perdonará todos los pecados? Un día desperté en el cuerpo de la villana de la última novela que leí. Soy la hija de un duque, tengo b...
