Prólogo

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Todo comenzó en una mañana de la ciudad caótica de Los Angeles, del estado inclemente de California, EEUU. Cómo no se podría imaginar de otra manera, nadie haría nada al respecto sobre los crímenes... ¿O no es así? En el ambiente de un pequeño callejón, se escucharían gritos aturdidores, desgarrantes, tal como si estuviesen asesinando a un cerdo, seguido por al menos 6 estallidos.


— ¡Miserables! —Se escuchó al grito de un longevo señor, qué si podríamos calcular su edad, estaría en el rango de 70-90 años. Su edad no parecía ser impedimento alguno para defenderse, ya que en el piso yacían 3 tipos agonizando, a la par del anciano recargando su Colt 45 con una mirada penetrante, como para destruir cualquier voluntad solamente con aquellos ojos.


— ¡No nos mate, por favor! ¡No nos mate, señor! —Repetía una y otra vez suplicando en el piso el rapaz pandillero lleno de dolor y manchado de su propia sangre, mientras se iba cada vez desvaneciendo de este mundo, a oídos sordos del veterano, el cuál cada vez se iba alejando más de la zona, con una mirada poco apaciguada y guardando su confiable fierro en su pistolera del pantalón.


— Estos negros sucios abundan en la ciudad, no se puede ni siquiera caminar porque ya te quieren afanar. ¡Voten bien, ZURDOS DE MIERDA! —El anciano gritó saliendo del callejón a la populosa calle, dónde todos los transeúntes parecían ver confundidos o, inclusive, ofendidos. Él no quiso elaborar más, solo se subió a su vanidoso Ford Falcon con su color verde tan destacable y decidió partir, a otro lado de la ciudad.


En el cuál, se encontraba un hombre musculoso que con tan solo verlo transmitía testosterona. Era nuestro héroe, McBain. Se notaba que estaba bien dotado, no solo hacía la suficiente actividad física como para mantenerse firme, si no que demostraba una genética casi artificial.Se encontraba fumando un habano con lo que parecía... ¿Fidel Castro? Sí. El dictador cubano al parecer estaba relajado teniendo una sesión de masajes junto al actor y héroe más famoso de Vinewood: McBain.


— ¡Qué buena idea la tuya companiero! ¿Quién diría que los masajes de las negra' americanas serían tan placentero de sentí? —Expresó Castro en un acento cubano mientras mostraba una cara de satisfacción, el cuál se le veía muy a gusto, mientras que la masajista de tez oscura no se veía realmente sorprendida de verlo


— Y, ya sabés lo que dicen de mí. JAJAJAJ. SOY MCBAIN. TENGO TODO. —Castro se mostró extrañado a esta actitud de McBain, así que se fue parando de la mesa de masajes, expresando su disgusto poco disimulado


— Bueeno... Creo que me voy a ir, en Cuba tengo que atender asuntos. —Se dirigió algo incómodo a ponerse su chaqueta y agarrar el habano que le dieron, para guardarselo en el bolsillo, todavía prendido. Se vió una escena difícil de explicar para cualquiera que no la haya presenciado. El dictador se colocó a la espalda una mochila, que no parecería nada raro, hasta que empezó a caminar, y de la nada, salió volando destruyendo el techo y haciendo caer al joven aprendiz Ragnar Vulcanu del segundo piso de la casa, el cuál se puso a llorar como un maricón y apuntando desesperadamente al hombre de jetpack que se estaba yendo, gritando algo así de que lo banearía, entre otros quejidos extraños.


— ¡LA PUTA QUE TE PARIÓ! —Gritó nuestro héroe austríaco-estadounidense demostrando su enojo y total desprecio a las acciones erráticas de Fidel Castro. No quiso que esto se quedara así, así que decidió ir corriendo al segundo piso y recoger un lanzacohetes, el cuál de forma dramática quiso usar para asesinar a Fidel Castro. Se vió en la incómoda situación de que el arma no disparó, por lo que se quedó dando varios golpes. De la rabia arrancó el cohete del lanzacohetes y lo tiró con una sola mano tal como si fuese una granada hacía Fidel Castro, el cuál mientras iba volando, se dió cuenta tarde de que un cohete a toda velocidad se dirigía a él. No pudo hacer mucho más que maldecir a McBain pero siendo interrumpido por la explosión de su propio cuerpo.

 

— Eso te pasa por joder en América, putito comunista. — Dijo McBain, con un aura victoriosa. Ragnar, confundido por la situación tan bizarra que acaba de suceder, escuchó un auto llegar seguido de un timbre desesperado. Ragnar se quedó viendo a esa misma puerta. Sin saber qué se encontraría, y se quedó un rato pensando si valía la pena correr el riesgo de abrir la puerta y ser retado por McBain en caso de que sea alguien peligroso, o de perderse la oportunidad de su vida de ser útil.

McBain: El halcón y el buitreStories to obsess over. Discover now