Prólogo

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Meredith caminó encorvada por el jardín de los Steiner, siendo una pequeña niña de 7 años, que además, se encontraba sin supervisión, no le vio nada de malo a pasearse por el frondoso jardín de la familia más poderosa de su pueblo.

Tal huerto era tan grande y colorido que no dudó ni un segundo en echar a correr en busca de atrapar una de las tantas mariposas que revoloteaban por los aires, pero lo hizo con tanto entusiasmo que sus piececitos se enredaron y terminó por caer al suelo. Su mirada se movió nerviosa por todos lados, esperando encontrar a su madre, al no hacerlo las lágrimas saltaron de sus ojos y un puchero se formó en sus labios. Su madre no estaba, pero otra persona sí, Darek Steiner se hallaba parado justo frente a ella, él también era un niño de la misma edad de Meredith, pese a esto, no se comportaba como un niño, lo hacía como un adulto.

—¿Te dolió? —le preguntó con suma frialdad.

Meredith parpadeó, se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y acabó por asentir. El niño que estaba de pie delante de ella le extendió la mano y la ayudó a levantarse. Pero ella se quedó enfrascada en el color de sus ojos, eran de un ámbar precioso.

—Gracias —le dijo sin dejar de mirarlo.

Sin responder nada, le soltó la mano, se dio media vuelta y se marchó.

Esa fue la única vez que Meredith tuvo un acercamiento con Darek, aunque esto no evitó que por los próximos diez años pudiera sacar de su cabeza lo bonito que eran sus ojos y ese simple acto de amabilidad que recordaría hasta el final de sus días. 

No acercarse a DarekDonde viven las historias. Descúbrelo ahora