—¡Rebecca, maldición, espera! —grita Lucas detrás de mí. Ese maldito sinvergüenza se cree que yo me voy a detener a hablarle después de presenciar semejante espectáculo.
Las lágrimas me queman los ojos; más por la furia que se acumula dentro de mí que por tener el corazón partido en dos.
Seis meses creyéndome que el maldito de Lucas iba a cambiar, bien dicen que el que la hace una vez, la hace dos.
Sigo caminando a paso decidido y cuando alguien me pone una mano en el brazo, me suelto bruscamente. Yo espero que así pueda entender que nuestra relación o lo que sea que fuera, ha terminado y que me importa un comino la explicación que tenga que dar, porque ya he visto suficiente.
Me subo en el vejestorio que tengo por auto y cierro la puerta de un golpe que hace que todo el carro se mueve, de la misma manera que le digo a Esther que no lo haga, pero en ese momento no me importa si el pedazo de lata se parte en dos.
Pongo primera y salgo del parqueo a toda velocidad, respirando pesadamente. Y entonces en el semáforo rojo, acordándome de mi madre decir que uno no puede contener los sentimientos porque al final todo eso se acumula y muchas veces lleva a las personas al suicidio, pego un grito de esos que han sido hechos para dejar a la gente sorda. Respiro profundo una y otra vez para ver si así se me quita un poco el enojo, aunque no ayuda mucho.
Después de descargarme, observo por la ventana encontrándome con la mirada de un hombre en el automóvil a la par. Tiene los ojos abiertos, como si acabara de presenciar un acto de exorcismo. Le doy mi mejor mirada de muerte y piso el acelerador con fuerza cuando la luz cambia a verde, haciendo el carro brincar un poco en la salida.
Me detengo una vez más en otro semáforo cuando casi estoy llegando a la casa, ¿es que acaso también los semáforos se han vuelto contra mí esta noche?
Mi teléfono comienza a vibrar en el asiento del copiloto, le echo un vistazo rápido y puedo ver el rostro sonriente de Lucas.
—¡Maldito, idiota! —grito dándole un golpe al teléfono.
La luz cambia a verde, salgo esta vez un poco más despacio y entonces sucede lo que me faltaba para cerrar con broche de oro esta noche.
Un idiota en moto se brinca la luz roja y queda embarrado en el parabrisas del Maruti 800. El tipo no está muerto, se retuerce por unos segundos encima de mi auto y gime sobándose la pierna, luego se sienta en la trompa.
Abro la puerta con fuerza y salgo apretando los dientes.
—¿Qué mierda crees que estás haciendo? —le reclamo cuando lo tengo frente a mí.
—¿Qué te pasa a ti? —responde levantando la cabeza mientras se pone de pie, cojeando un poco. Es un chico de pelo castaño corto y tiene la mejilla raspada. Se agacha para levantar la moto, pero está metida debajo del auto—. Mira lo que has hecho, recién le cambié la puta suspensión.
—¿Disculpa? ¿Eres daltónico o algo así? Porque que yo recuerde mi semáforo estaba en verde —le digo furiosa.
—Eh, cálmate un poco, que el semáforo estaba en amarillo. Es obvio que a ti te han regalado la licencia. Ahora, mueve el puto carro para sacar la moto—exclama arrollándose las mangas de la camisa que lleva puesta.
Respirando profundamente, tratando de encontrar bondad desde los lugares más profundos de mi alma.
—No voy a quitar nada. Lo que si voy a hacer es llamar a la policía y llevarte a un hospital, ¿qué tal tienes una hemorragia? —exclamo y acto seguido abro la puerta del copiloto para agarrar el teléfono. Cuando lo desbloqueo, veo cinco llamadas perdidas de Lucas. La rabia me entra de nuevo.
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Dime que me quieres
Genç KurguEn una noche problemática, Rebecca se entera que su novio perfecto, le ha estado poniendo los cuernos. Ella misma lo ha encontrado con las manos en la masa y a pesar de eso, Lucas todavía cree tener una oportunidad de llevarla a la fiesta del año. A...
