El primer día de Estela comenzó con un silencio.
No el silencio vacío de las aulas antes del timbre, sino ese otro silencio, grueso y dorado, que se forma cuando algo está a punto de cambiar para siempre. La puerta del salón 6 se abrió sin prisas, y allí, recortada contra la luz del pasillo, apareció una figura que nadie esperaba: una niña con un vestido amarillo tan brillante que a Elian le ardieron los ojos.
El profesor Martínez levantó una ceja.
-Estela Vásquez. Se incorpora con nosotros para este nuevo ciclo escolar. Siéntate donde haya sitio.
Ella avanzó entre los pupitres como si ya conociera el camino, su Discman -un Sony con la tapa rayada y una calcomanía de un pájaro en vuelo- balanceándose en su mano derecha. Los chicos susurraban. No era solo el vestido, ni el pelo castaño revuelto como si acabara de bajar de una montaña rusa. Era la manera en que pisaba el suelo, como si cada paso fuera una promesa que solo ella entendía.
Elian, que hasta ese momento había sido experto en volverse invisible en su rincón del fondo, sintió un golpe seco en el costado.
-¿Te importa? -dijo Estela, señalando la silla vacía junto a la suya. Su voz no era aguda como la de las otras niñas. Tenía un rasguño, como la guitarra de una canción de rock que Elian había oído una vez en la radio de su padre.
Él apartó su mochila sin decir nada.
El Discman aterrizó sobre la mesa con un clic metálico. Estela desenredó los auriculares -morados, con el cable mordisqueado cerca del jack- y, sin mirarlo, le ofreció uno.
-No muerdo -dijo, aunque su sonrisa decía lo contrario.
Elian dudó. En sus once años de vida, nadie le había ofrecido escuchar su música. Ni siquiera su madre, que prefería el silencio después de trabajar doce horas en el hospital.
El auricular le quemó la oreja. Y entonces, el mundo estalló en colores.
"Look at the stars, look how they shine for you..."
Era como si alguien hubiera pintado el aire de amarillo. Como si las paredes del aula se hubieran derretido y ahora flotaran en un río de notas que olían a girasoles y a tierra recién mojada. Elian cerró los ojos. Cuando los abrió, Estela lo estaba mirando con una expresión extraña, como si acabara de descifrar un secreto suyo que ni él mismo conocía.
-Coldplay -murmuró él, como si pronunciara una palabra mágica.
Ella arrancó una hoja del cuaderno y comenzó a dibujar. Sus dedos manchados de tinta volaban sobre el papel, trazando líneas torcidas que poco a poco se convertían en dos figuras bajo un cielo lleno de estrellas. Una de ellas llevaba un vestido que brillaba más que todas las demás.
-Para ti -le dijo, empujando el dibujo hacia él-. Así no me olvidas cuando me vaya.
Elian frunció el ceño.
-¿Te vas?
Daniela no respondió. En ese momento, el Discman hizo click y la canción terminó.
El final del día los encontró en la puerta de la escuela. La tarde había vuelto el vestido de Daniela aún más amarillo, como si absorbiera los últimos rayos de sol antes de que cayeran.
-¿Vives por aquí? -preguntó Elian, tratando de sonar casual.
Ella señaló hacia el norte, donde las calles se empinaban y las casas se espaciaban.
-Por ahora.
Algo en su voz lo detuvo. Era la misma tonalidad que usaba su abuela cuando hablaba de su pueblo, como si el lugar al que se refería ya no existiera.
-Oye -dijo Estela de pronto, metiendo la mano en su mochila-. Toma.
Le lanzó algo pequeño y plateado. Elian lo atrapó al aire: era el CD de Parachutes, con la portada original pero las letras borrosas de tanto uso. En el borde, escrito con marcador negro, había una frase:
"Track 6: El día que encontré a alguien que también escucha el silencio".
-Guárdalo -ordenó ella-. Y no lo pierdas.
Antes de que Elian pudiera preguntar por qué, Estela ya se alejaba calle arriba, su vestido brillando como una antorcha en la penumbra.
Elian no lo sabía entonces, pero ese CD sería, en los años venideros, tanto un mapa como una maldición. La única prueba de que Estela Vásquez no había sido un sueño. Y la señal de que, en algún lugar, una canción seguía sonando para los dos.
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Fugaz
Teen Fiction"Algunas historias no están hechas para terminar, solo para repetirse en cada canción que duele recordar..." Elian nunca olvidó el día en que Estela apareció en su vida con un Discman y una canción que lo marcó para siempre. Desde entonces, sus cami...
