Conociéndote

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Un nuevo día se asomaba entre los árboles, el paisaje se iluminaba mostrando un radiante bosque lleno de criaturas que sólo podrían estar en la imaginación de los más pequeños, comenzaba nuevamente ese ciclo infinito de la vida en el que estaban sometidos con la mayor tranquilidad ignorantes de todo lo que sucedía a su alrededor, no tenían ni la más remota idea de lo que pasaba a su más grande guardián.

Soltó un pesado suspiro, debía recorrer el bosque como todos los días hacía, debía cumplir con esa misión por al menos unos tres mil años para que fuera enteramente reconocido por la Corte Mágica y posicionarse como uno de los magos más poderosos de toda su generación.

Pero le estaba costando muchísimo.

El pasar tanto tiempo solo comenzaba a generarle un terrible desgaste mental, aunque tratara de distraerse estudiando los más viejos libros de magia y hechicería algunas veces no se sentía del todo bien, pues tanto tiempo en soledad empezaba a calar muy dentro de él, al fin y al cabo al pertenecer a una raza bastante similar a la humana requería algún tipo de interacción social para mantenerse cuerdo.

Independientemente de lo inteligente que fuera.

Fue sacado de sus pensamientos al sentir un ligero peso en su hombro, miró a la nueva presencia y era una pequeña ardillita amarilla con ojos marrones, acarició con suavidad y cariño su peluda y diminuta cabeza siendo respondido por un ligero sonido de felicidad de parte del animal.

-¿Qué te trae por acá, Suika? -Susurró llegando a uno de los límites del bosque.

A lo lejos podía ver la zona inhóspita en la que el Mal había convertido ese lugar.

La pequeña ardilla se metió con rapidez al sombrero del hombre desacomodándolo en el proceso dejando a la vista sus llamativos cabellos blanquecinos con reflejos verdes, él rió entre dientes devolviendo a su lugar la copa puntiaguda de su indumentaria guardando los mechones que sobresalían.

Continuó su camino por el límite de la inmensidad de aquel bosque, pudo divisar en el suelo un poco más allá de aquel pequeño cerco algunas golondrinas que se habían convertido en piedra luego de pasar del límite protegido por él.

Y es que parte del tratado del Gremio de Magos era cuidar las pequeñas zonas que aun quedaban intactas y evitar que el mal terminara de destruir la vida como la conocían, y para ser honestos podría calcular que faltaban decenas de miles de años para poder terminar con todo eso.

Tomó esa pequeña ave guardándola en su gabardina, debía seguir con sus investigaciones con respecto a revertir esa poderosa magia, a decir verdad con los cientos de años que llevaba resguardando esa área no había avanzado en nada con sus estudios sobre la petrificación y las misteriosas estatuas de piedra de todas esas criaturas mágicas.

Volviendo de su ronda y que todo estuviera en orden decidió nuevamente sumergirse en sus estudios tomando muestras de piedra observándolas con un lente de aumento que sostuvo con magia para poder usar sus dos manos, parecía una roca ordinaria y todas sus propiedades eran de una por lo que era extremadamente difícil para él lograr entender cómo revertir aquel conjuro ideado por aquel malvado ser.

Cuando logró darse cuenta del tiempo que había pasado su hogar ya se encontraba en penumbras, Suika la pequeña ardilla ya se había marchado y él se encontraba solo en medio de la silenciosa y pequeña sala, con diferentes pergaminos y viejos libros desperdigados por el suelo de madera, movió su mano y las velas se encendieron y todo lo que estaba tirado en el suelo comenzó a levantarse y guardarse en su sitio.

Se estiró, ya le tocaba su ronda nocturna por el bosque, tomó una manzana fresca de la cesta de frutas de la mesa agradeciendo mentalmente a los animales de ese lugar por traerle diferentes alimentos que en su mayoría consistía en bayas y diversos productos de origen vegetal, mordió el fruto con fastidio emprendiendo su camino.

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⏰ Última actualización: Jun 19, 2022 ⏰

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