Leika

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Capítulo 1:

Leika... ese es su nombre. Su único úniconombre...

Y no fue única sólo por el nombre; podría jurar sobre esta puta existencia que era única en todo. Y sobre todo, era la única para mí:

Esa forma de mirarme; de abrazarme; de colgarse bajo mi hombro; de quitarse el suéter; de caminar oscilando la falda y la mochila con gracia; de ver las nubes; de reír, de sonreír y de los hoyuelos que se le hacían; de besar bajo la lluvia en las deshabitadas calles de un gris, frío y nublado mediodía y lograr que sea la lluvia la que está bajo los besos; de tararear canciones que nadie conoce; de tener su propio estilo de vestir y que todo, absolutamente todo, le quede bien; de enseñarle a bailar a la musa de la danza; de ese diente chueco; de ese instinto maternal; su aroma natural; ese lunar; de batir el café; de despertar con el cabello despeinado, y ser más hermosa que peinada; de decirme que me amaba con una ternura; de vivir con las mejillas sonrojadas, y aún más, cuando me arremangaba la camisa; las cicatrices de la varicela; de tirarme contra la cama con una fuerza que nadie imaginaría que semejante enana podría llegar a tener y decir: "Ya me cansé de que seas tan virgen"(aunque ella también, pero el problema era mío según parece); de modelar para mis fotos mentales; cuando me miraba fijo, para luego, apagar el velador; de reverberar bajo el sol; de leer y pasarse el dedo por los húmedos labios para pasar la página; de gemir; de bostezar; de meterme la mano cuando menos lo esperaba; de pestañear esos ojos de gato con botas para convencerme de lo que sea; de como la neotenia la envidiaba; de dibujar en mi cuerpo con el filo de sus uñas. En fin...

Todo eso era único e inigualable; irreproducible e irrepetible... Y era para mí. Sólo para mí... Como debía serlo; como debía estar escrito; pactado en alguna parte del oculto guión del destino. Pero la perdí...

— ¿Y por eso vino? — Preguntó la psicóloga cruzada de brazos y piernas tras el escritorio con mirada atenta.

— La verdad... es el motivo; pero no el asunto. No sé explicarlo...

— Tenemos tiempo.

— Sí, lo sé.

— Cuénteme si no es mucha molestia, ¿Cómo fue que la perdió?

— Me anticiparé diciendo que soy un imbécil. Soy del tipo de gente que cree que no merece afecto; menos del sexo opuesto. Si lo llevamos a un nivel más extremo, se siente como si ella hubiera elegido al cachorro feo en la tienda de mascotas, por entre varios más lindos y, "¿Quién sabe?" será la eterna respuesta. Soy alguien sin gracia. Opaco. Despersonalizado. Pero de alguna manera, fui elegido, y entonces, no puedo ser más que ese perrito fiel a su dueña y no parar de moverle la cola cada vez que la ve (bueno... cambiaría cola por falo). Pero no soy un perro; un perro es más inteligente. Olvidé varias veces lo que se siente ser agradecido con la dulzura que uno tiene al lado. No me arrodillé en el piso y miré al cielo para agradecer a Dios, o a lo que sea, tal anomalía en mi vida; lo hice lagrimeando para pedirle que regrese. Dime de que alardeas y te diré que carecerás. Di por sentado que ella estaría siempre. No sé hablar con mujeres, no sé tocarlas, ni seducirlas. Sólo a Leika, porque ella me dijo como. Y nunca sabré porqué me eligió... "¿Quién sabe?".

— Pero, ¿Por qué dejó de elegirlo?

— ¡Porque soy un imbécil! Siempre pensé que era demasiado para mí; pero a su vez nunca me esforcé por ser un hombre a su altura (aunque ni me llegue al hombro). Pensé que en cualquier momento miraría a alguien superior a mí, basta voltearse, y se iría. No pasó, pero temí que sí. Temía, a la par que me relajaba y pensaba que sería eterna. 

Pero si vamos al inicio de su pérdida, estoy seguro que fue cuando le jugué una broma pesada: Ella es aracnofóbica. Un día pasé por una juguetería y vi una tarántula realista. La compré y la escondí entre sus cosas — suspiró profundo y largo—. Fue un milagro que al caer se haya roto el fémur y no la cabeza... o el cuello... No sé cómo no me dejó en ese momento; de lo que estoy seguro es que desde ese momento sí pudo verme como un imbécil. Pasaron meses de dolorosa recuperación. Le hice perder muchos momentos de su alegre y activa vida ¿Lo peor? Lo peor fue que sabía hasta qué punto le temía a las arañas. Estuve ahí hasta que sanó; estuve ahí cuando recuperó la masa muscular de ese hermoso muslo; estuve ahí cuando volvió a ser esa ardiente gacela bípeda con garras felinas, y un día, de la nada, me dejó. Fue como un telegrama de despido sin aviso. No creo que me haya dejado por otro, ese tiempo lo pasó conmigo siempre; lo cual significa que es peor, porque prefirió no tener algo a cambiarlo. Pero si tengo la hipótesis de que ya pensaba buscar a alguien más. Creo que fue porque no le hice generar una necesidad, una dependencia de mí. Los imbéciles como yo son poco adictivos...

LeikaTahanan ng mga kuwento. Tumuklas ngayon