Juan es un chico normal y corriente que un día mata por accidente a un peligroso espía chino y por esta razón es perseguido hasta la muerte por agentes del Gobierno de China. Para poder restaurar la justicia tendrá que pasar por situaciones complica...
¿Qué harías si de repente te convirtieras en el enemigo número del Gobierno chino? ¿Si, de repente, fueras perseguido hasta la muerte por espías chinos altamente entrenados? Esta es mi historia.
Me llamo Juan y tengo 17 años. Vivo con mi madre en un pequeño apartamento del barrio de San Fermín, en Usera, Madrid. Se podría ir a mejor, pero también a peor. Estoy cursando el Bachillerato en un instituto de Orcasur, a ver si puedo conseguir algún cargo de oficina y aspirar a una mejor vivienda, aunque por ahora no voy muy bien.
Bueno, tras esta presentación, voy a contar las hechos que me han llevado a la situación en la que me encuentro ahora. Todo empezó una cálida noche de septiembre. Las clases empezaban en una semana y había salido con mis amigos para celebrar el fin del verano con unos tragos. Por desgracia, el bar donde nos reuníamos habitualmente, el Tío Pepe, estaba cerrado. Después de caminar sin rumbo por las calles, encontramos un bar cutre y pequeño donde servían tapas y bebidas muy baratas, y decidimos entrar. Por lo visto, bebimos de más y no recuerdo lo que pasó, por lo que me voy a basar en lo que me contaron después:
Resulta que, en una mesa pequeña de la esquina había un chino fumando, que no dejaba de mirar a todos lados. Según me lo describen, era gordo, medio calvo, llevaba un traje negro, como de oficina, y más feo imposible.
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Entonces yo, que estaba en la barra, hice un comentario sarcástico en alto sobre lo gordo que estaba, probablemente pensando que no sabía español. Pero resulta que el chino si sabía y se me encaró, y me devolvió el insulto. Entonces se montó una disputa de la hostia y acabé agarrándolo por las solapas de la chaqueta. El chino me empujó para atrás y yo le levanté la mano, pero se sacó una pistola enorme y me apuntó en la cabeza. Y luego me dijo en un español horrible:
—Ahora tú pedilme peldón, cablón
Conociéndome, yo no le iba a pedir perdón a nadie, y menos a un gordo chino, y como encima estaba borracho, me acerqué a él como para pegarle, y justo cuando el chino me iba a volar la cabeza mi amigo Javi se acerca por el otro lado y le intenta pegar con una botella. El chino, en un movimiento rápido le apuntó con la pistola y yo, aprovechando la oportunidad, me eché sobre él y le rajé la ingle con la navaja, mientras apretaba el gatillo de la pistola. El disparo sonó muchísimo, pero por suerte no le dio a nadie. El chino estaba gimiendo de dolor, mientras una gran mancha de sangre se extendía por sus ridículos pantalones. El dueño del bar, un latino bajito, entró en pánico y se puso a gritarnos para que nos fuéramos; ni siquiera nos mandó pagar. Entonces, llevamos al chino afuera y lo apaleamos en un callejón. Después, se supone que le robamos todo lo que llevaba encima y nos lo repartimos.
Eso explica que, al despertarme la mañana siguiente en casa de Adrián, con una resaca tremenda, hubiera sobre la mesa, a parte de veinte botellas y tantas rayas de coca que parecía un paso de cebra, un reloj de oro falso y un montón de billetes. Por lo visto, a mí me tocó un manojo de llaves, 5 € y su DNI. Aunque a Rafa le tocó el móvil y el carné de conducir, de entre todos mis amigos, fui el más afortunado, ya veréis por qué.
Al llegar a casa, sobre las 12 del mediodía, intenté mantener la compostura, aunque era obvio que casi no podía tenerme en pie. Entré sin hacer ruido, pero mi madre me oyó enseguida:
—¿Qué? ¿De parranda por ahí? Mira que no quedarte a dormir en casa... ¡A ver lo que has andado haciendo! — dijo con aire socarrón.
—Estuve en casa de un amigo—respondí con desgana.
Ella soltó una sonora carcajada, y dijo:
—Llego yo a hacer eso y mi padre me desloma... Anda, sube a tu habitación, que en un par de horas comemos. Y quítate esa ropa, que hueles fatal.
Subí cansadamente, me quité la ropa y me tumbé en la cama. Me puse a examinar el botín que le sacamos al chino. En su DNI ponía que se llamaba Ching Chong, nacido en Beijing, China, en 1983, vivía aquí en Madrid y trabajaba en una agencia de seguros extranjera. Esto me sorprendió un poco, porque la verdad es que ningún agente de seguros lleva una pistola consigo, más bien un agente de policía. Luego, examiné el manojo de llaves. En cada llave estaba escrita una dirección, todas en Madrid. Había una que estaba aquí en San Fermín, en la calle Fitero. En ese momento, se me pasó una idea brillante por la cabeza: si el chino trabajaba para una agencia de seguros, algo de pasta tendría. Y, qué mejor método de entrar en la casa de alguien que con la propia llave.