Capítulo Único

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Él sentía que algo no andaba bien con sí mismo, desde pequeño se había percatado de la sensación doliente y de vacío en su pecho. Sus padres eran cariñosos con él, se comportaban como verdaderos amigos sin descuidar su educación y aunque había cosas que no podía contarles, les tenía muy buena confianza. Sin embargo, aquel tema personal quedó vetado en cualquier plática que tuviese con ellos.

-¡Es que no deja de doler!

-Deja de llorar, Noppakao, te voy a dar un buen golpe para que tengas una verdadera razón.

Intentando contenerse en un puchero, falló, sintiéndose peor de triste porque ni siquiera con una advertencia había parado. Su madre le miró con fastidio, pero dejó un suave golpecito contra su boca para después abrazarlo con cariño. Sólo así pudo relajarse y calmarse, el calor de sus brazos le transmitía una paz que aunque no satisfacía aquel agujero en su pecho, por lo menos lo calmaba.

Con su padre no fue muy diferente, aunque una respuesta mucho más emotiva le acompañó, no llegó a ningún lado y para su edad no era capaz de comprender el trasfondo de las intenciones ajenas.

-¿Alguna vez te has sentido... triste sin ningún motivo?

-¿Sin un motivo? Nunca, debes conocerte muy poco para no comprender lo que te pasa, Kao.

-Es que no sé qué es, pero a veces sólo ya no quiero jugar. Me siento solo y triste.

-Estás caprichoso, tienes un montón de amigos. Pero cada que te sientas así puedes venir conmigo y jugaremos juntos, quizá es que ellos no te entienden.

Desde entonces había comprendido que ellos tampoco lo entendían, pero en esencia nadie lo hacía. Era tan difícil encontrar una persona que se percatara de una sensación tan aguda como aquella. Sí, era normal que todos en algún punto, sobre todo en la adultez, se sintieran solos al no tener una compañía de confianza. Pero a Noppakao el dolor le había perseguido desde niño y no se limitaba al querer conversar con alguien que tuviera sus mismos intereses, iba más allá, como si faltara una parte de su ser que no encontraba, como si hubiese olvidado algo muy importante por hacer y por más que pensara jamás daba con ello. Se entretenía en sus deberes, al hacer ejercicio, al jugar o ir a alguna fiesta con sus amigos, cocinando con su madre, viendo deportes con su padre... Nada parecía llenarlo y llegaba a considerar que no estaba siendo más que egoísta al no ser capaz de agradecer todo lo que tenía.

Lo intentó, entonces, escondió la sensación pesada para olvidarse de tonterías que jamás iban a tener respuesta. Era así porque todo terminaba en lo mismo, porque igualmente tenía novias preciosas y dulces que le hacían sentir bien por un momento pero tan pronto pasaba la emoción del romance inicial, decidía que no era lo que buscaba, no era aquello por lo que pudiera dejar de sentir aflicción.

-Te quedarás soltero por siempre. - Su madre le advertía, pero ello sólo lograba hacerle sonreír provocando que sus pequeños ojos formaran una línea.

No es que hubiera perdido las esperanzas, simplemente decidió continuar con todo en su vida hasta que llegara el final.

Pero lo encontró.

De entre tantas personas tuvo la dicha de encontrarle, cosa que no le pasaba a cualquiera. Muchos se quedaban esperando hasta morir jóvenes o incluso si llegaban a envejecer no era tiempo suficiente para conocer a quien les complementara.

-Soy Poompat Iam-Samang, ¿tú?

Aunque parezca trillado, de alguna forma tenían que conocerse.
Kao se inscribió a un taller de pintura. Reconoció que jamás había probado algo similar y se propuso como un reto aprobar. A como iba apenas pasados unos minutos de la primera clase, no lo conseguiría, era realmente malo y poco paciente para ese tipo de cosas, pero su nueva inspiración había llegado en forma de uno de sus compañeros que inmediatamente se había acercado a él viéndolo batallar con la paleta de colores.

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