1. En el borde

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Con el pasar de su vida y el agrave de su enfermedad, él juraba que podía oír la voz de la muerte susurrándole.

Pero en este momento no eran solo susurros.

Todo empezó al salir de clases, cuando un ligero punzón comenzó a martillear su espalda baja, solo lo ignoró y siguió con su rutina, ahora lleva más de cincuenta pesados minutos en la cafetería de su universidad, almorzando con sus amigos, en una mesa de seis, donde cuatro asientos estaban ocupados por ellos y él, el quinto asiento atiborrado de libros y mochilas y el sexto estaba vacío, o eso creyó, hasta que sintió que los punzones aumentaron de intensidad convirtiéndose en escozores y fue el momento en el que vio a la muerte ocupar el lugar sobrante, esta ya no le susurraba, ahora respiraba en su cuello. El pavor lo envuelve por completo, robándole sus fuerzas e impidiéndole pedir auxilio, por lo que se limita en esperar pacientemente por su colapso que según sus cálculos, sería pronto.

Y todo este batiburrillo en su mente lo mantiene alejado por completo de la conversación que desarrolla en sus narices.

Leila aprieta sus labios y acomoda un mechón de su castaño cabello detrás de su oreja. –¿Alguno de ustedes puede prestarme sus apuntes de Geometría?

No hay respuesta alguna. Eso la irrita.

–¿Perla? –cuestiona a la chica.

–No entré a esa clase esta semana. –responde la otra, un poco apenada.

Leila rezonga. –¿Y tú, Hugo?

El chico dejó de tomar su bebida. –No creo tener más apuntes que tú –afirma, sin ninguna señal de vergüenza.

–¿Es en serio? –exclama la mujer– ¡Es increíble que no hayan escrito nada este semestre!

–¡Tú tampoco lo hiciste! –defiende Hugo.

Leila decide rendirse con el moreno. –Aidan, dime que tú si tienes apuntes.

Pero este no la escucha, la desazón en su cuerpo y sus pensamientos lo mantienen ocupado.

Es un toque en su hombro quien lo regresa a la realidad, Hugo, quién está a su lado lo mira con recelo. –¿Te encuentras bien? –inquiere.

Él asiente en respuesta y luego acomoda sus gafas oscuras, las que se puso para ocultar sus ojos amarillentos, haciendo todo el uso posible de sus reducidas fuerzas, habla: –¿Qué sucede? –su voz es baja, pero no delata su dolor.

¿Puedes prestarme tus apuntes de Geometría? –ruega Leila, juntando sus manos sobre la mesa.

Él no parece moverse en absoluto, hasta que de la mochila que reposa en sus piernas saca una libreta y la desliza sobre la mesa.

¡Gracias! –pronuncia Leila, tomando el cuaderno y guardándolo entre sus cosas–, Te lo devolveré mañana.

Él se permite sonreír una última vez y se levanta. No dejaría que el miedo lo orillara a morir frente a sus amigos y sin fuerzas para despedirse o hacer alguna otra cosa, se va.

Los tres sujetos restantes siguen en lo suyo, desconociendo por completo el estado de su amigo, unos minutos después, también se levantan dispuestos a dejar el lugar. En el camino, Perla suspira pesadamente.

–Hubiera aprovechado para pedirle el informe de Urbanismo a Aidan. –comenta, llevándose la mano a la cara en una fuerte muestra de cansancio.

Vamos –anima Hugo–, aún podemos alcanzarlo.

No obstante, ya en el campus, se detienen al observar un cúmulo de personas reunidas alrededor de algo, la curiosidad los invade y se acercan al tumulto, un alarido sale de Leila cuando reconoce al sujeto desmayado en el suelo. Los tres reaccionan rápidamente y se arrojan hacia él tratando de comprobar si está bien, Hugo le retira las gafas y entra en pánico al notar el estado de los ojos del hombre.

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⏰ Última atualização: Dec 30, 2021 ⏰

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