Iba caminando sola por la playa. Estaba apenas obscureciendo. El sonido de las olas era muy relajador junto con un hermoso atardecer de esos que observas continuamente como intentado plasmarlo bien adentro de la mente; del tipo que te hace observar el cielo y hacerte cientos de preguntas sin algún tipo de respuestas posibles.
Sentía una satisfacción genuina. El olor me hacía reflexionar. ¿Alguna vez han olido algo que les trae algún tipo de recuerdo? Te transporta a aquella vez en la que corrías por la arena mientras tú mamá te gritaba que no lo hicieras, que tuvieses cuidado. No podías parar porque habían personas a tu alrededor observándote, sin que importase cuán caliente la arena estaba por el cálido sol. Intentando verme muy interesante ante los ojos de los otros niños. Corriendo como si correr en círculos te llevase a algún lugar, uno en donde solo existías tú y lo que tanto deseabas. ¡Que tan erróneo fue eso! Aún así, que rico era hacerlo.
Me mojaba los pies justamente en la orilla del agua. Sentir la espuma del mar y escuchar el sonido de las olas al romperse era reconfortante. Me senté para poder observar más de cerca la hermosa vista. Llevaba puesta una sudadera y un jersey negro; por supuesto, no podía faltar mi calzado favorito: mis Vans negras que colgaban en mis manos, aquellas cuyo eran parte de mí a estas alturas y nunca podían faltar. Y, aunque a través de los años mi estilo había variado, ahora este era el que me sentaba mejor. Es mi nuevo yo.
Cuando me aburría en casa decidía irme a caminar a la costa. Sentía el leve toque del sol contra mi piel; cabe destacar que no era caluroso, sino confortante. Llevaba conmigo mi diario y una pluma de tinta azul. Me gustaba escribir cuando todo parecía ir muy bien o muy mal. En esta ocasión las cosas marchaban bien. Al día siguiente comenzaría mi primer trabajo, justo en una cantina como mesera. Los nervios flotaban en el aire como saliendo desde lo más profundo de mí.
Necesitaba caminar, sentir la rara textura de la arena al tocarla con mis manos. ¿No les ha pasado que te encuentras a ti mismo en la soledad? Cuando te das cuenta de todo lo bonito que te rodea y de lo perdido que has estado. ¿Dónde carajos he estado? ¿Tal vez en el pasado? De seguro que si, allí andaba.
Miraba el mar; no podía ver un final, solo las cientas de olas que se venían encima como una eterna tormenta. Una tras otra, pero eso solo era arriba, la superficie de algo que lo es todo para otros. Esos peces que disfrutan de lo hermoso que es adentro. No está demás decir que me asusta que puede haber bajo esas olas, en la obscuridad, donde simplemente no se ha visto nada. Abunda el misterio, aquello que nos aterroriza, pues lo desconocido suele ser signo de miedo en la mayoría de las ocasiones. Así me siento, creo que estoy pasando la superficie y me he de sumergir lentamente. Tengo miedo, pero necesito hacerlo.
Las horas habían pasado y era tiempo de volver a casa. Me dirigía hacia la carretera, justo donde se encontraba mi carro...
¡No puede ser! ¡Mis llaves, mis llaves! ¿¡Donde están!? Aghhh, ¿por qué a mí? Ah ya sé, es que soy demasiado estúpida.
No tardé en comenzar a maldecir en voz alta. Tengo la costumbre de hacer cosas que no debo en momentos menos oportunos. Debía irme y prepararme para el trabajo y ahora me ocurría esto. Pero claro, ya es parte de mi ser una despistada y siento la necesidad de aprender cómo lidiar con eso.
Comienzo a pensar en dónde podría haber dejado las llaves y me desespero al no poder recordar. De repente, escucho la voz de alguien gritando.
—¿Se te perdió algo? —pregunta y yo me volteo asustada rápidamente. Él se da cuenta y se acerca poco a poco con las manos hacia arriba. —Tranquila, sé que en estos tiempos no se debe confiar, sin embargo, vengo a ayudar, nada más —dice y lo veo más de cerca. Entre la obscuridad pude percatar a este chico alto con un hoddie negro y, de hecho, unas vans negras.
—¿Cómo puedo estar segura de que no eres un asesino serial? —pregunto con una ceja alzada y él ríe.
—Porque no podría permitir que una belleza como tú se fuera de este mundo y menos por mi culpa —dice guiñando su ojo. Y, aunque cualquier persona estaría con miedo, por alguna extraña razón me sentía cómoda en el minuto que llevábamos hablando. Aunque el chico intimidaba, eso si.
—Haré como que no escuché eso —pongo cara de asco y él suelta una carcajada traviesa.
—Y entonces, ¿necesitas ayuda? —pregunta.
—Bueno, se me han perdido las llaves de mi carro, no recuerdo donde las dejé.
—Joder, pues déjame ayudarte —dice llevando su pelo delicadamente hacia atrás y mirando a su alrededor. —¿No recuerdas si lo dejaste en el lugar donde estabas?
—No. Tampoco recuerdo haberlas tenido conmigo cuando estaba por la playa —me recosté del carro y llevé mis manos hasta mi cara, cubriéndola toda frustrada.
—Bueno —comienza a rascarse la nuca pensativo y me da risa verlo tan concentrado por una persona que ni conoce. —¡Ya sé! ¿No estará adentro del carro?
—La verdad es que no sé. Pero déjame intentar, tal vez sí pueda verla desde aquí por el cristal —me acerco al carro y comienzo a mirar alumbrando con el flash light del celular. El comenzó a buscar conmigo. Después de un rato logré verlas desde la puerta trasera. Se habían caído al suelo. Tal vez cuando buscaba mi pluma al bajarme del carro.
—¡Las encontré! Están en el suelo.
—Lo supuse. Pero tranquila, son cosas que pasan.
<<Claro, solo a mí>>, pensé en mi mente.
Comenzó a forcejear la puerta con mucha brusquedad pero no funcionó. Se veía desesperado por conseguir abrir la puerta y eso me conmovió pues, ¿todavía quedan personas así en el mundo? La verdad es que creía que no y me sorprende. Gracias a él cambie de opinión.
—Necesito un gancho de ropa que sea de metal y que pueda desarmarse —dice serio.
—Joder, conseguir eso no será fácil. ¿Que tal te sirve mi pantalla?—digo con una sonrisa de sí, pero no con poca fe.
—No, debemos encontrar uno —responde y comienza a pensar. —¡Que estupido! Por aquí hay un kiosko que vende artículos de playa. Vamos, con suerte y encontramos alguno—asiento y comienzo a seguirlo.
Durante el camino apenas hablamos. Y de hecho que lo agradezco ya que no sé qué hago confiando en una persona que no conozco; pero la verdad es que no tenía cara de asesino serial, tan solo aparentaba ser un chico tranquilo, con buen estilo y que olía rico, eso sí que sí.
Llegamos a la tienda y fuimos donde la cajera. Gracias a Dios que sí tenía un gancho y nos lo regaló.
—¿Tienes la costumbre de ayudar extraños? Que lindo de tu parte.
—¿Tienes la costumbre de no pisar las líneas del suelo mientras caminas? —y me miró nuevamente con esa sonrisa traviesa como la de un niño chiquito. Siendo honesta pues si que evito el pisar las líneas. Dejémoslo en secreto.
Regresamos de prisa y él comienza abrir la puerta. Adentró el fino metal por la ventana y comenzó a moverlo intentando llegar a donde se abre el carro. Luego de unos minutos la logra abrir. Toma las llaves y me las da.
—No sabes cuánto te agradezco. ¡Muchas, muchas gracias! —le agradezco como si mi vida dependiera de ello.
—No tienes que agradecer.
—Por cierto, ¿acaso te dedicas a robar autos? —pregunto con los ojos abiertos. Suelta una carcajada y me mira profundamente.
—No, pero es buena idea, lo tendré en cuenta —dice guiñando su ojo mientras da la vuelta y se marcha con prisa, sin ni siquiera despedirse, como intentando huir de algo. Tal vez de mi o dirigiéndose a algún lado, no lo sé. No me dio tiempo ni de preguntarle su nombre. Pero ¿que más da? Solo debía marcharme cuanto antes y llegar a casa.
Durante el camino pensaba cómo jamás olvidaría al desconocido y muy misterioso chico que me ayudó a conseguir las llaves de mi auto y que no volveré a ver. La verdad es que no se por qué, pero pensar en eso último, la idea de haber sentido un dolor en el pecho, un vacío por el haberse marchado, me causó un sentimiento de tristeza. Justo como cuando conoces a alguien en un avión, crucero, concierto o cualquier lugar al cual no volverás y cuyo jamás volverías a ver. Maldito universo conspirado a joder los posibles futuros. Por aquellos que no fueron, no son y nunca serán.
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Solo Tú
RomanceHelena estaba llena de fulgor, no andaba en busca de él. Mucho menos sabía que lo necesitaría en su vida tanto como el día necesita del sol. Él era una estrella que viajaba a 1.200 km. por segundo. Si él no era capaz de detenerse a tiempo, la pe...
