1. Cruel

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Hace algunos años mis padres decidieron cambiarme de escuela al terminar la secundaria. Mi colegio tenía una preparatoria integrada y hubiera sido más sencillo continuar en la misma institución, pero ese no era el plan que ellos querían. Debía despedirme de mis amigos de toda la vida, y decirle hola a esta nueva situación que debía atravesar.

No me consideraba alguien tímida, pero...una nueva escuela es intimidante y pone en duda todo lo que eres y cómo te vas a presentar ante este nuevo grupo de personas que determinarán tu vida social y juzgarán tu persona por los siguientes 3 años.

Puedo admitir que no iba con la mejor actitud desde el inicio, pero es que también mi situación era complicada.

Sentía que se me caía el mundo encima y que todo lo que conocía no existía más; mis amigos, mi escuela, la casa en la que vivíamos antes y mis padres, o bueno, mi familia.

Mis padres habían comenzado a tramitar su tan esperado divorcio al comienzo de las vacaciones de verano.

Quedarme en casa significaba escuchar largas discusiones y gritos sobre lo que sucedería, los engaños, el dinero y otras cosas que terminaban rondando en mi cabeza aún largas horas después de que el sol bajaba y mis padres dormían. Pero, por lo mismo de la mudanza, no conocía a nadie en esa zona de la ciudad y mis amigos estaban demasiado lejos como para ir y venir y hacer planes (porque quería pasar el menor tiempo posible con mis padres, por lo que no les pediría un aventón a casa de mis amigas de toda la vida, resultando en un distanciamiento que comenzó el mismo verano que me fui).

Ese verano en mi cuarto causó un cambio en mi personalidad. Donde antes había ganas de participar y apertura a escuchar y conocer nuevas personas ahora solo quedaban ganas de ser dejada en paz y una visión al mundo cruda y pesimista que una morrita de 15 años no debería tener. Consideraba que no era feliz y que no lo sería próximamente.

Recuerdo que mi primer día no fue exactamente difícil, pero sí solitario. Estaba tan metida en mi cabeza por el divorcio de mis padres, sus peleas y argumentos, y como últimamente me invitaban a ellos, intentando que tomara una postura sobre quién estaba bien y quien mal, sobre con quien viviría cuando concluyera todo esto, que no me interesó hablar con nadie ni hacer amigos.

Tenía tanto en mi mente, que todo el día lo ahogué en música saliendo disparada de mis audífonos hacía mis oídos y una expresión facial que no intentaba ser amable.

Concentré toda mi atención en las clases, las tareas, proyectos, todo lo académico. Intenté darles a mis padres otra cosa de que hablar para no escuchar más peleas y gritos. Tratar de unirlos con un sentimiento positivo, que sintieran ganas de seguir conmigo a su lado. Al final, la universidad no tardaba tanto y nada de este esfuerzo me haría mal.

Un año y medio más tarde me di cuenta de que nada de esto los haría cambiar la opinión sobre el divorcio ni les acercaría más a mí. Si acaso, a mí me estaba reteniendo de vivir una experiencia de preparatoria parecida a esas películas que le gustaba ver a uno de mis dos únicos amigos.

La semana de mi cumpleaños 17, mis padres decidieron regalarme la noticia de que su divorcio estaba concluido y que ya no estaban juntos legalmente. No sabía qué pensar ni qué sentir. Había un vacío en mi pecho que no podía conectarse a ninguna parte razonable de mi cerebro. ¿Estaba feliz? ¿Triste? ¿Enojada? ¿Qué necesitaba?

Dentro de mi estado de confusión, esa semana decidí ser otra en la escuela. Si había tanto cambio en mi vida, podía haber otro más. Decidí intentar ser más sociable, conocer más gente, vivir la vida que quería vivir y que tanto veía en la tele. Pero, tener más de 2 años pasando por un proceso donde construía paredes que me rodearan y protegieran del mundo exterior para romperlas en un solo día era difícil.

Conocer y platicar con compañeros que se sentaban a metros de mí era pesado y me ponía de mal humor, sentía que tenía un enojo y malestar implacable dentro de mi corazón.

Odiaba que me vieran y supieran de mi existencia (que siempre habían hecho, pero ahora que hacía un esfuerzo por tener amigos me sentía consciente de estar siendo observada).

Mis esfuerzos dieron un poco de frutos y comencé a salir a fiestas con mis amigos y compañeros de clase, pero, nada parecía suficiente para llenar esa incertidumbre dentro de mi ser. Sentía que estaba siendo una farsa, odiaba quien era y todo lo que hacía.

En lo más profundo de mi ser, me sentía rota.

Sentía como si tuviera un pozo sin fondo; la familia que había conocido acababa de terminarse y no había nada que pudiera hacer al respecto.

Pasé mi cumpleaños número 17 sentada en la mesa de mi comedor, sola, comiendo una sopa instantánea que había guardado. Mi madre había pedido un turno extra para poder pagar las cuentas del departamento en el que ahora vivíamos y mi padre estaba ocupado terminando la mudanza a la nueva casa en la que ahora vivía.

"No importa," me dije a mi misma mientras tirabael envase de la sopa e iba a mi cuarto a acostarme para ver el techo por lassiguientes horas, absorbida por la oscuridad.

Dulces AgriosWhere stories live. Discover now