Esperaba sentado fuera del consultorio de terapia, mientras la tía Carolina hablaba primero con la psiquiatra. Probablemente le contaba que yo estaba impotente, insoportable, un imán para los problemas o algo así. Estuvo dentro un buen rato, cuando salió, me indicó que podía entrar.
- Volveré a recogerte en una hora, ¿de acuerdo? - Torcí un lado del labio hacia arriba en un patético intento de sonrisa. Me alcé de la silla y me encontré con la tía bajo el marco de la puerta, ella puso su mano sobre mi hombro por un momento, seguida de una ligera sonrisa, antes de retirarse.
- ¡Adelante! - Gritó una voz armónica, como de locutora radial. Me introduje a paso lento en la oficina.
No era muy grande, tenía un inmenso ventanal del tamaño de la pared con vista a la ciudad, cubierto a los extremos por largas y espesas cortinas de tela blanca. La pared con la que conectaba del lado izquierdo estaba cubierta en su totalidad por un librero de madera repleto de libros de diversos colores, grosor y tamaño.
Un escritorio de vidrio quedaba frente al librero, acompañado de una gran silla de cuero blanco. Sobre la mesa de cristal reposaba una lámpara de lectura, y a escasa distancia de esta, una serie de carpetas marrón, que supuse, eran los archivos de sus pacientes.
Llevé mi atención un poco más a la izquierda, donde una mujer con un cuerpo reloj de arena, pómulos marcados, uñas largas y rojas, labios carnosos carmesí, un vestido blanco ajustado a la silueta de su figura y tacones altos, estaba sentada, con las piernas perfectamente tonificadas cruzadas una sobre la otra. Su cabello dorado reluciente estaba recogido en un moño detrás de su cabeza, y sus ojos verdes estaban fijados en mí.
- Hola, Lucien, soy la doctora Alicia Stone. Toma asiento, por favor, Lucien. - Avancé detenidamente a través del corto espacio que había desde la puerta hasta el diván, encogido de hombros y con las manos en los bolsillos de mi pantalón, como si ahí fuese a encontrar algo que me ayudara a salir de aquella incómoda situación. - Dime, ¿Por qué estás aquí? - Prosiguió una vez que me senté.
- Porque mi tía me obligó. - La Dra. Stone sonrió.
- Eso lo noto. ¿Sabes por qué te trajo a verme?
- Porque murieron mis padres y ella cree que estoy deprimido y lo ocurrido es mi castigo por haber sido tan mierda con ellos cuando estaban vivos, y jamás haberme disculpado por ello.
- ¿Eso es lo que tu tía cree? ¿o es lo que tú crees?
- Ella.
- ¿De verdad? Por como lo describes con semejante exactitud, diría que eres tú quien lo piensa así. Pero, ¿Sabes qué? No tiene nada de malo. Después de todo, lo que confieses aquí, aquí se queda. - Me guiñó un ojo.
- No tengo nada que confesar.
- Entiendo que no será fácil para ti abrirte tan fácilmente a mí. Sospecho que siempre has sido así, desconfiado de todos. Intentaré hacerte las cosas más sencillas, ¿Qué te parece si tú me cuentas algo y yo te devuelvo el gesto contándote algo de mí? Como amigos.
- Creía que eso iba contra la ética, que debemos mantener una relación profesional.
- Bueno, en ciertos casos, creo que las reglas pueden romperse. Además, nadie lo sabrá, todo lo que digamos aquí dentro permanece entre estas paredes, ¿recuerdas? - No asentí, ni dije nada, ella simplemente dio por hecho que había aceptado su acuerdo.
Para mi sorpresa, al cabo de unas cuantas sesiones, terminé compartiéndole mis pensamientos más íntimos, aspectos de mi vida que nunca le había revelado a nadie, no a mis padres, ni a mis amigos. También, algunas de las cosas que ella me contó sobre su vida me resultaron asombrosas, al menos, para alguien de su edad y vocación.
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LUCIEN ALEXANDER
VampireEl rojo no es solo el color de la sangre, es el tono escarlata de la pasión, y la intensidad carmesí en sus ojos cuando me mira. Cada vez que la beso, en sus labios pruebo el peligro... Ella es un vampiro.
