Miami no era un lugar.
Era una sensación.
El aire tenía algo distinto ahí, como si el tiempo se moviera más lento. Las casas enormes, blancas, abiertas al mar. El sol cayendo sin pedir permiso. El olor a sal mezclado con flores y piscinas recién limpias. Miami Island era así: demasiado perfecta, demasiado tranquila, demasiado ajena al resto del mundo.
Ahí pasaba mis veranos.
El resto del año vivía en Nueva York, entre calles que nunca dormían y cielos que parecían siempre grises. Dos vidas distintas. Dos versiones mías. Pero era en Miami donde todo parecía más real, aunque durara poco.
Camille siempre decía que el verano era nuestro refugio.
Ella era lo único que no cambiaba. Mi mejor amiga desde siempre, la que sabía que tenerlo todo no significaba tenerlo lleno. Las dos crecimos rodeadas de lujos, pero aprendimos temprano lo que era estar solas.
La casa estaba casi siempre vacía.
Demasiado grande para una sola persona.
Demasiado silenciosa para alguien que pensaba tanto.
Y al costado, como si el destino lo hubiera decidido mucho antes que nosotras, estaba la casa de Nate Tesma.
Nunca supe cuándo empezó a importar.
Solo sé que siempre estuvo ahí.
Verano tras verano, Nate aparecía como si Miami también fuera su secreto. A veces llegaba tarde, otras veces simplemente estaba, apoyado en algún lugar, mirando el mar como si pensara en algo que no decía. No era como los demás chicos. No buscaba atención. No hacía ruido.
Había cosas que todos parecían saber de él.
Cosas que flotaban en el ambiente sin necesidad de ser dichas. Yo las escuchaba, las intuía... pero nunca vinieron de su boca.
Conmigo, Nate era distinto.
Más callado.
Más lejano.
No hablábamos de más.
Nunca pregunté.
Nunca explicó.
A veces estaba tan cerca que parecía fácil decir algo.
Otras, tan lejos, que parecía no estar.
Y aun así, cada verano, algo se repetía.
No era una historia.
Pero tampoco era solo un verano más.
Y eso —con el tiempo— fue lo que más me confundió.
Porque hay personas que no llegan para quedarse,
pero tampoco se van del todo.
Y Miami...
tiene la mala costumbre de hacerte creer
que el verano puede cambiarlo todo.
