La mayoría de las historias de amor comienzan iguales: con una chica que no se quiere enamorar, o que no cree en el amor, o cualquiera de esas pendejadas. Comienzan en lugares esperados, lugares comunes, que parecen sacados de películas filmadas por Universal Studios entre 1990 y 2005. Las historias de amor que leemos en los libros y vemos en la televisión no comienzan con la chica cagando en un baño público o mientras el chico se corta las uñas de los pies.
Deben empezar luciendo lo mejor o lo más exótico de cada uno, para que sintamos que no hay manera en que podamos ser como ellos. Para que deseemos ser como ellos. Para que creamos que ese amor es inalcanzable, y lo prefiramos frente al amor real y cotidiano. Para que sigamos comprando esa fantasía. Pero no me quejo, porque yo disfruto todas esas mierdas igual que ustedes.
Las disfruto tanto, que estoy dispuesta a regalarles mi sábado por la noche.
Bien, tampoco es que tenga algo mejor que hacer, ¿bien? Mientras la mayoría de las chicas de mi edad se llena la cara de capas y capas de maquillaje para salir a bailar o comer o tener sexo, yo luzco mi más cómodo pijama en la tienda de la esquina más cercana a mi departamento. Frente al refri lleno de gaseosas, tengo un debate interno: no sé si prefiero té negro con limón o té verde.
Miro las dos botellas, mordiéndome la parte interna de la mejilla, como si aquello fuese una decisión de vida o muerte. Acabo agarrando uno de cada uno, y una bolsa grande de papas fritas. Una aburrida bolsa de papas fritas.
A esa hora, cuando falta poco para las 10:00 p.m., el que atiende la caja y yo somos los únicos en la tienda. Como les digo, la mayoría de la gente en una ciudad grande como la nuestra a esa hora se divierte. Yo también quisiera divertirme un poco, de vez en cuando.
—¿Efectivo o tarjeta? —pregunta el de la caja registradora, guardando mi compra en una bolsa de plástico transparente.
Busco en mi bolsillo, para sacar mi billetera.
—Uhm, creo que ninguna de las dos —bromeo, un poco avergonzada. Mis bolsillos parecen estar vacíos.
El cajero me mira con los párpados caídos.
—¿Puedes guardarme esto un momento? Dejé la billetera en mi depa. Vivo aquí mismo en la esquina.
Sin responder, toma la bolsa y la guarda en algún lugar misterioso debajo de su mostrador. Le sonrío. Aunque sé que falta hora y media para el cierre de la tienda, salgo a paso de caminata-casi-carrera. El aire frío me da en la cara, y me hace temblar. Sólo a mí se me ocurre salir a la calle en una noche de otoño en chanclas. Corro hasta mi departamento, y encuentro mi billetera sobre la mesa, exactamente donde dije que la dejaría para no olvidarla.
Los siguientes hechos estoy segura de haberlos repasado al menos unas 200 veces en los últimos seis meses, por lo que estoy casi segura de no haber olvidado ninguno. Para mayor comodidad, esta vez los enumeraré:
1. Me cambio los zapatos.
2. Bebo agua directamente de la jarra.
3. Busco mi celular y miro las notificaciones recientes.
4. Dejo mi celular sobre la mesa.
5. Tomo mi billetera.
6. Salgo del depa otra vez.
7. Saludo al portero del edificio, y le digo que olvidé mi billetera.
8. El portero se burla de mí.
9. Camino hacia la esquina. A un lado del cruce peatonal, está la anciana.
10. Pocos pasos antes de alcanzarla, me doy cuenta de que a su lado hay un hombre alto, vestido de negro.
11. Noto que el sujeto extraño tiene las manos en los bolsillos, pero no le doy importancia.
12. "Hace frío", pienso, y luego me siento culpable por observar tanto a la gente.
13. El semáforo cambia a verde para los peatones.
14. La anciana cruza la calle, pero el hombre no. Esto es importante.
15. Escucho la bocina desesperada de un automóvil, y veo sus luces delanteras rebotar sobre la anciana.
16. El sonido de un disparo repentino me estremece.
17. Giro mi mirada al hombre. Tiene el brazo levantado, sostiene un arma.
Después de eso, todo es gritos. Yo estoy paralizada. La gente corre hacia la anciana. El conductor del auto también. Y el hombre con el arma... él ya no está.
Para el domingo, las huellas del accidente apenas se notan. Si no hubiese estado ahí anoche, hoy no me hubiese enterado de qué pasó. No hay policías ni cadaver. No salió en las noticias. Una persona murió, y la única evidencia es una mancha borrosa y oscura en el pavimento. Una mancha que seguramente, con el pasar de los días, se va a borrar. Y cuando se borre, será todo. Soy yo la única que no lo puede olvidar.
Desde la ventana de mi departamento, observo la esquina donde todo pasó, junto al paso peatonal. Estoy segura de lo que vi.
Anoche, alrededor de las 10:30 p.m., había un hombre parado allí. Sostenía un arma, y le disparó a la anciana antes de que el automóvil la matara. Pero, ¿cómo sería eso posible? Si el cuerpo que la ambulancia se llevó no tenía heridas de bala.
Una versión instrumental de Take on me me saca del loop de la noche anterior. Busco mi celular, hundido bajo los cojines del sofá de la sala.
—¿Estás bien? —pregunta una voz masculina, al otro lado del teléfono. Una voz incómoda.
—Ajá —respondo, mirando el cruce de la esquina por el rabillo del ojo.
—Ayer me asustaste —confiesa la voz, algo insegura—. Sonabas...
—¿Loca?
—Angustiada. ¿Segura que está todo bien? Puedo pasar por allá, si quieres. Hablar un rato. O recogerte y tomar un café.
—Pensé que ya no nos veríamos más —digo, y me sabe amargo en la garganta—. Dijiste que ya no nos veríamos más.
—Esto es diferente... —insiste la voz, que empieza a entrecortarse.
Está perdiendo la señal. ¿Estará saliendo de la ciudad? ¿O pasando bajo un puente? Hay algunos puentes entre su casa y la mía.
—Anoche estabas diciendo cosas muy raras.
—Lamento haberte llamado, ¿está bien? —respondo, con cierta nota hostil—. No fue como que lo pensé. Eras el primer número en la lista de llamadas, y simplemente... en fin, no volveré a llamar.
Antes de que pudiese responder algo cortés e hiriente, alejo mi oido del auricular y presiono el botón rojo. Llamar a tu ex-novio en medio de una crisis de ansiedad no fue una de mis mejores ideas. Me giro hacia la ventana otra vez, y observo a la gente cruzar la calle. El sonido de un disparo vuelve a resonar en mi cabeza, pero estoy segura de que esta vez es mi imaginación.
Esta vez sí fue mi imaginación. Anoche, no.
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Pase de almas
General FictionUn alma que debía pasar, no pasó. Ahora, se resiste a su inminente destino: la muerte.
