Capítulo 01

55 4 1
                                        


El martes, después de tres días sin parar de llover, por fin amaneció soleado. El cielo de Alcalá de Henares, cansado de las tonalidades grises, se había ataviado con un deslumbrante color celeste. Un par de nubes distraídas y con una textura semejante al algodón de azúcar se habían separado del grupo y emprendían su camino en solitario.

Bajo dicha cúpula, las calles se veían sumidas en un modesto ir y venir de gente ocupada. El centro histórico de la ciudad seguía siendo el lugar más concurrido de toda la localidad y por eso no era de extrañar que en cuanto el tiempo hubiera despejado, ésta hubiera vuelto a su habitual bullicio.

A pesar del ir y venir, de los murmullos y, en ocasiones, los gritos de los ciudadanos, lo que más le molestaba al individuo acostado en el interior del apartamento era el pájaro que se había instalado en el tejado del dúplex y que parecía encontrarse enfrascado en un interesante soliloquio que ningún humano entendería. La luz del exterior se colaba por la ventana, puesto que había olvidado bajar las persianas la noche anterior, y prendía de vida el color blanco de las paredes. Ni las cortina crema podían retener los rayos del sol y éstos bañaban el pie de la cama de color ébano. Bajo el pesado edredón de plumas descansaba un varón. Al menos, lo intentaba.

Aunque tenía la cabeza prácticamente enterrada bajo el nórdico, parte de su cabellera rubia asomaba enmarañada. También tenía un pie fuera que ahora se encontraba a merced del sol. Un gruñido gutural se alzó y, ya más despierto, estiró el edredón para cubrirse por completo. Poco le duraría aquella paz, se lo anunciaba el sonido de pasos por el pasillo. Cuando la puerta se abrió, el chirrido del pomo se le incrustó en la cabeza y, una vez allí, resonó con doloroso eco por toda su calavera.

— ¡Bella durmiente, es hora de despertar! —exclamó la voz del recién llegado, cargada de buen humor.

De la cama emergió un lamento al que, después de seis meses, se había acostumbrado. Mientras, caminó por la habitación y se plantó delante del espejo que había justo en la pared que quedaba en frente de la cama. Se pasó la mano por el rostro, notando bajo su piel los primeros puntos oscuros de la barba. Sus ojos verdes, aunque reflejaban la energía que le caracterizaba, dejaban entrever el cansancio, enmarcados por ríos rojizos, pequeñas venas reventadas del estrés y el esfuerzo al que les había sometido durante la noche. Se pasó la mano por el cabello castaño y tras esa rutina, empezó a quitarse la ropa.

Para ese entonces, salió a flote de entre el mar de sábanas el hombre de la cama. Tenía 29 años, trabajaba de asesor de moda y se llamaba Francis Bonnefoy. Había nacido en la renombrada París, la ciudad del amor, y cuando le escuchabas hablar de ello, podías perfectamente situarle en la explosión cultural, formando parte del cartel bohemio de la urbe metropolita. Le había conocido hacía veinticuatro semanas y media, en un evento organizado por una firma extranjera en el centro de Madrid. Había recibido una invitación de un asociado de su padre, que le debía un favor.

En aquel lugar con olor a marisco y champán, conoció a un hombre incansable que, con el tiempo, había logrado conquistarle. De su personalidad destacaría eso y, por supuesto, el romanticismo. Francis era la persona más cariñosa con la que se había topado. Bueno, también era un presumido redomado y cuidaba al milímetro su apariencia. No obstante, hoy no lucía precisamente perfecto. No sólo por estar recién despierto, también por lo que había visto en la cocina.

Despeinado, adormilado y con una sonrisa de bobo, Francis le dio los buenos días. Le miró con los ojos entrecerrados, cegado por la luz del exterior y él había tenido que ahogar la risa en su garganta por no ofenderle.

— A veces careces de delicadeza, amor —murmuró Francis. Había dejado caer la cabeza sobre la almohada y había cerrado los ojos otra vez.

— ¿Es que te duele la cabeza? Porque, teniendo en cuenta que te has bebido mi reserva de cervezas y que has asaltado el mueble bar, yo diría que ahora mismo debe ser como si te la estuvieran serrando por la mitad.

Perdido en tiWhere stories live. Discover now