El Crítico

10 2 0
                                        


¿Cuál era su apellido? No lo recuerdo ahora. Estaba confuso, extasiado. Mi vista fija en su rostro, mis manos en su garganta, oprimiendo con furia salvaje. ¿Qué hubiera ganado al seguir discutiendo? Nuestras diferencias eran insalvables. No tenía derecho a hacer lo que hizo, arrojar críticas hacia mi trabajo de esa manera: "Eran solo dos o tres grabados sin ningún valor; en realidad, toda tu obra es una porquería. No vale la pena perder tiempo en ellas", había escrito en su columna.

Meses interminables de un proceso meticuloso, ansiando terminar lo que creía era la obra de mi vida, para que este individuo la destruyera en dos líneas con su mirada severa y desmedida. Cierto es que en el pasado no había logrado trascender más allá de una simple mediocridad, pero la diferencia de calidad en mis últimas creaciones era absolutamente notoria. Finalmente había logrado lo que todo artista desea: conectar con lo divino y transformarme en un nexo para que todas esas ideas extraordinarias quedasen plasmadas. Ahora ya era tarde. De nada serviría seguir esforzándome después de que este crítico, considerado uno de los mejores, me hubiera destruido por completo.

Fue entonces que planeé confrontarlo. Bajo el pretexto de una diligencia, obtuve su dirección en su lugar de trabajo. No fui con la intención de matarlo; no, en absoluto. Solo quería hacerle una pregunta: ¿Qué había hecho yo para recibir tal insulto hacia mi obra?

Toqué el timbre de su puerta. Me atendió. Estaba solo. Ni siquiera me reconoció al principio. Después de presentarme, hizo un gesto para que entrara. Nos sentamos a conversar como dos personas civilizadas, aunque la tensión era evidente. Entonces, le hice la pregunta:

—¿Por qué yo? ¿Qué hice para merecer una crítica tan devastadora? ¡Es la obra de mi vida!

—Usted no me hizo nada. Es lo que usted le hace al arte con esas abominables creaciones. Acéptelo, hombre. No sea necio. No es apto para esto. Dedíquese a otra cosa. Nadie va a comprar semejante porquería para exponerla, salvo que quiera quemarla. - Fue su respuesta, acompañada de una sonrisa irónica, hiriente.


Todo ocurrió en un instante. Era como si estuviéramos en una función de teatro, donde el público espera la tragedia inminente después del coloquio desafiante de los actores.

Tomé una lámpara de pie, bastante pesada, de bronce, y empecé a golpearlo allí, sentado en su sillón, mientras el hombre chillaba como un cerdo, intentando proteger su cabeza con las manos. Una y otra vez lo golpeé hasta que su sangre salpicó los muebles, el piso, las paredes y mi propia persona. 


Cayó al suelo. Dejé caer la lámpara de bronce y, a horcajadas sobre él, comencé a apretar su cuello hasta que sentí que mis uñas se incrustaban en su carne.

- ¡Ya no vas a hablar mal de nadie, hijo de puta! ¡Nunca más!

Dejé de apretar. Mi caótica respiración se fue normalizando. El crítico quedó con los ojos bien abiertos, la lengua azulada, fuera de su boca. Empecé a reír. Quizás tenía razón acerca de mi obra, pero, ¿qué importaba? Gracias a su crítica, había descubierto algo nuevo al matarlo, un placer y un gozo inexplicable. Tal vez le haría caso y me dedicaría a algo distinto.

Por cierto, su apellido era Espósito. Finalmente, lo recordé.


Fin

El críticoStories to obsess over. Discover now