Alice era rubia, no castaña clara, ni castaño rubio, ni rubia teñida. Su pelo era tan claro que a veces se veía blanco. Pequeños mechones de distintas tonalidades ambarinas se mezclaban entre su melena. Tenía el pelo largo, tal vez demasiado para una niña de once años. Pero mamá amaba tanto su pelo que siempre sufría al cortárselo.  Solía llevarlo sujeto en dos largas trenzas, pero como comprenderéis no dormía con ellas, así que normalmente su pelo se extendía por toda la cama, envolviéndonos, como dos alas enormes. Y he de reconocer que me encantaba esa sensación. Mi hermana tenía la piel pálida, bastantes pecas y los ojos verdes. Era lo único que compartíamos físicamente. Mi  pelo era castaño claro, bastante sencillo, eso sí, difícil de domar. Ni rizado ni liso, así que siempre parecía estar despeinado. Solía llevarlo algo largo, porque aunque a mamá le traía más de un dolor de cabeza a mí me gustaba así y yo era bastante testarudo.

La luz empezaba a filtrarse por la ventana mientras miraba a Alice dormir. Tenía los labios gruesos y la nariz pequeña y respingona. Sus dientes no eran perfectos ya que sus paletas estaban ligeramente separadas y a veces me recordaba a un conejo, o cualquier otro animalito del bosque. Era guapa. Aunque supongo que siendo yo quien lo dice no tiene mucha veracidad, pero os lo juro que lo era. Allí con once años ya tenía algo que la hacía especial.

Me giré y mire al techo. La humedad se agolpaba en las esquinas. Eran machas verdes violáceas que parecían comerse la habitación. El invierno iba a ser horrible. Me quedé un rato allí con la mirada perdida cuando de pronto las manchas del techo empezaron a moverse. Se deslizaban grácilmente formando figuras fantasmagóricas y aún a la luz del amanecer parecían siniestras. Estoy perdiendo la cabeza, pensé. No eran reconocibles. Tal vez animales o una mezcla de ellos. Monstruos. Todos me sonreían desde las alturas y todos parecían reírse de mí.

Di un bote en la cama cuando Alice me zarandeó. En algún momento me había quedado dormido.

-          ¡Llegamos tarde, Nemo! - Ella tan agradable como siempre. Desde que cumplió los 6 años le dio por decirme Nemo. Mis padres pensaban que era gracioso por que le recordaba al protagonista de Disney. Yo, en cambio, sabía que era una palabra encubierta para insultarme. Una manera más fina de decirme memo.

Me dolía cada musculo de mi cuerpo como si hubiera estado corriendo toda la noche. Notaba cómo mi cuerpo hacía un gran esfuerzo por ponerse en marcha. Apenas podía abrir los parpados y no me reaccionaban bien las articulaciones.

-          Vamos, vamos - me agarró de la camiseta del pijama y empezó a tirar de ella - perderemos el bus y papá y mamá ya se han ido. Joder, vamos, faltan cuatro minutos.

-          Uf, Alice, creo que estoy enfermo - Dije con los brazos en alto mientras ella tiraba de mi camiseta.

-          No seas idiota, estás dormido como todas las mañanas. Tienes muy mal despertar ¿No lo recuerdas? - Me quitó la camiseta de un tirón y saltó del sofá cama. Abrió el armario empotrado y sacó una camiseta gris gastada, una sudadera negra y unos vaqueros. 

-          ¡Vamos!, o te juro que te saco de casa como vas vestido ahora.

Me levanté a regañadientes y me metí la camiseta y la sudadera como pude, agarré los vaqueros y me los empecé a poner mientras buscaba las zapatillas. Alice ya estaba abriendo la puerta.

-          ¡Nos vamos! – gritó y me agarró del cuello de la camiseta. Salí a trompicones, con los pantalones a medio abrochar y un deporte puesto y otro quitado. En el último momento pude coger una manzana de la encimera de la cocina americana. 

Escuchamos un pito. 

-          Oh no, ¡corre! 

Bajamos cuatro plantas a toda pastilla. Yo aún descalzo. Saltábamos los escalones de dos en dos. Cuando llegamos a la parada del  bus este nos cerró la puerta en la cara. Empezó a llover justo en el momento en el que el automóvil se puso en marcha. Nos quedamos allí parados como dos idiotas bajo la lluvia.

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