PRÓLOGO

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Ya era de noche, las carreteras de la ciudad de Blackburn estaban tan desoladas que uno podría jurar era un pueblo fantasma, la niebla podía decir a simple vista que esto podía ser tomado como una verdad. Un automóvil conducía por esas antiguas autopistas mientras el conductor refunfuñaba constantemente acerca de lo malo que había sido su día mientras le gritaba al teléfono.

- ¡Escucha Marta, no sé qué carajo estabas pensando, pero tu hijo es un criminal, un vagabundo y no pienso sacarlo de donde sea que se haya metido ahora, es lo suficientemente mayor para hacerse responsable de sus propios actos!

A pesar de que la otra persona le contestaba, él decidió ignorarlo y colgar, le importaba poco lo que fuera que estuviera ocurriendo del otro lado de la línea, era de ese tipo de personas encargadas de culpar a los demás y quitarse así la responsabilidad de los hombros.

-Ya es media noche y no pude tomar mi puto café. - Continuaba hablando entre dientes mientras su velocidad iba acelerando. - ¿Habrá algún maldito lugar abierto a esta hora?

Tras unos cuantos minutos se encontró con una antigua cafetería del pueblo, está claramente estaba fuera de servicio, pero no le importó ya que miró otro automóvil oscuro estacionado en la parte frontal del restaurante. Se estacionó, apagó su automóvil. Tomó su celular, su chaqueta y sus llaves. Al abrir la puerta de aquel auto antiguo este tuvo que empujarla fuertemente debido a que esta ya no funcionaba como era de esperarse. Escuchó un pequeño golpe cercano a sus piernas, parecían ser sus llaves, se percató que estas se le acababan de caer así que se agachó con dificultad para agarrarlas. Su respiración era agitada, no respiraba por su nariz, únicamente por la boca haciéndolo algo ruidoso. Tocó la puerta una, dos, tres veces. Nadie contestó a su llamado así que procedió a golpear un poco más fuerte la puerta esperando que alguien apareciera mágicamente y le brindara el servicio, después de todo, afuera del local había otro auto, posiblemente era de una de las empleadas del local según su razonamiento. Al estar 3 minutos tocando y gritando se percató que nadie iba a abrirle. Justo antes de retirarse escuchó algo en la parte trasera del restaurante, él, impaciente, decidió ir a ver quién era, después de todo seguía con la esperanza que alguien le brindara lo que él tanto quería.

- ¿Hola? - Preguntó desde la esquina derecha del restaurante esperando ansioso una respuesta. Nadie contestó así que prosiguió. –Quiero un café, vi tu auto aquí afuera, si eres una trabajadora sírveme, no importa si ya acabo tu turno.

No hubo respuesta alguna, decidió caminar hasta la parte trasera debido a que aún escuchaba las bolsas moverse. Al llegar y dejar de escuchar las bolsas moviéndose y una puerta cerrándose supuso que la persona acababa de entrar. Cuando este iba a ir a la parte frontal comenzó a escuchar el movimiento dentro de una bolsa, volteó a esta misma y sintió como su corazón comenzó a acelerarse poco a poco, creía que quizá podría abrir esta misma y ver su interior, pero decidió contenerse por unos segundos. Volvió a ver la bolsa moviéndose lentamente de un lado a otro. Decidió acercarse poco a poco, apestaba, era un olor horrendo, creyó que era pescado, quizá era por la cantidad enorme de bolsas de basura que estaban en ese lugar, a pesar de su asco decidió tocar brevemente la bolsa que ya había cesado su movimiento, con una llave de su auto decidió abrirla y ver su interior. Un gato salió de esta misma disparado de aquella comisura que el sujeto acababa de hacer. Él cayó sobre su trasero asustado y enojado por aquello que acababa de pasar.

- ¡Puto gato de mierda! - Gritó desde el suelo mientras miraba al felino correr a la distancia a toda velocidad.

El hombre apenas se levantó se percató que acababa de caer sobre un líquido rojizo y había manchado su pantalón café. No sabía cómo, pero esa bolsa generaba un olor muy extraño, era cómo perfume y metal, no podía describir esa extraña combinación, sólo sabía que esa bolsa destacaba sobre las demás, era mucho más alargada que las otras y además el líquido en el suelo era de un tono carmesí, muy diferente al marrón, negro o verde que se veía emanar de las otras bolsas. Nuevamente se acercó a verificar con sus llaves, abrió una parte ahora un poco más grande. Una bella dama de dorados cabellos, ojos muy abiertos, de tez pálida y una extraña sonrisa en su rostro le miraban fijamente sin parpadear. Volvió a caer y gritó del miedo, sobre el cuello de esa bella joven se encontraba un corte muy ligero que atravesaba la mayoría de este, de este corte brotaban aquellos colores rojizos vividos aún. No perdió el tiempo, se levantó, corrió directo a su automóvil y vio que el otro vehículo previamente estacionado frente al restaurante había desaparecido.

Su respiración aumentó, su pulso estaba por los cielos, comenzó a sudar y sus sentidos se agudizaban, no quería estar más allí. Intentó abrir la puerta de su auto, pero falló en repetidas ocasiones debido a que la llave no entraba ya que su mano no reaccionaba cómo él quería. La llave entró, abrió la puerta lo más rápido posible y se sentó cerrando todas las puertas del auto. El silencio y penumbra de la noche caía sobre él, las viejas farolas aledañas no dejaban de titilar y él comenzó a intentar saber que había sucedido, no podía dejar de ver esa extraña sonrisa en el rostro de aquella mujer. Se calmó lo suficiente y decidió marcar de manera inmediata a emergencias.

Sonó un el primer timbre, el segundo, el tercero, nadie respondía así que encendió su vehículo y se retiró del lugar lo más pronto posible, antes de salir por dónde vino se escuchó el quinto pitido y alguien contestó, una mujer de voz calmada le pidió explicaciones tras pedirle que se calmara.

-Yo. Muerta. Restaurante Amnesia. – El pobre hombre apenas podía articular sus palabras y no podía mantener sus pensamientos en sintonía para expresar lo que pasaba.

Justo cuando iba a comenzar a hablar bien sintió algo frio en la nuca, viniendo desde el asiento trasero del auto que había olvidado revisar a subir a este mismo.

-Apaga ese celular ahora. – Una voz calmada de un hombre provenía desde su espalda en el asiento de pasajeros.

Lo intentó ver, pero este tenía una máscara oscura con bordes rojos en lo que parecía ser su boca y una chaqueta oscura. No podía ver su cara, no podía entender qué estaba sucediendo, pero decidió cortar la llamada de inmediato.

-Los pecadores cómo usted señor Russell deben pagar un precio para que pueda existir una nueva transformación, quizá no sabe quiénes somos, tampoco lo sabrá, así que sólo conduzca. - Le dio un pequeño golpe en su cabeza con el arma indicando que continuara.

El automóvil de aquel hombre continuaba rodando, no sabía qué carajo pasaba, estaba asustado, llorando, pero tenía que mantener la compostura e intentar escapar. Desafortunadamente volteó a ver de nuevo en el espejo retrovisor y se percató que entre la oscuridad yacía otra persona enmascarada. El pobre hombre no sabía que estaba a punto de venir.

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