Catorce semanas llevaba el joven Leopold fuera de Londres. Había recorrido más ciudades que calles en la capital Británica, y en menor tiempo. A su parecer, era algo abrumador y agotador.
Su prometida, Helena, es una mujer agradable. Los largos días de viaje en carruaje se hacían amenos a su lado, siempre tenía algo que contar y los silencios incómodos eran evitados a toda costa. Además de conversadora, Helena era todo un modelo a seguir, por lo que se había dado cuenta, por la nobleza de todos los reinos que visitaban. Era admirada por las nobles y alta burguesía, así como demás princesas. Y ella adoraba esa atención.
Sin embargo, Leopold no podía ser más diferente. Apenas sabía que contestar, ella hablaba y el asentía y reía con sus comentarios y anécdotas, pero suyas propias no contaba nunca. Leo se había aprendido el árbol genialogico entero de la princesa y casi la vida de cada uno de sus miembros de escucharla hablar, sin embargo ella no sabría decir un solo dato sobre la familia de Leopold que no fuera de sabiduría general.
Leo lo sabía, Helena era una mujer perfecta y sería la princesa que su país merecía, además de ser un matrimonio terriblemente ventajoso. Leo se esforzaba de verdad por enamorarse de ella, pero no conseguía siquiera que le gustase. Todavía correteaban por su memoria los recuerdos de Bea, el roce de su piel, su sonrisa tan peculiar, su pelo enredado nada más levantarse, la voz que la salía cuando se reía tanto que no podía respirar... todo esto le perseguía en sueños día sí y día también, lo tenía grabado a fuego. Y no es que quisiera olvidarlo, pero era tan doloroso el amor que en ocasiones deseaba que nunca se hubiese ido.
-Leopold, ¿has escuchado acaso lo último que he dicho?
La voz de la princesa Helena interrumpió el hilo de sus pensamientos como unas tijeras. Volvió a ser consciente del ruido del carruaje, los baches en el camino y la mirada de la princesa sobre él, con una ceja curiosa alzada, aunque ella ya sabía la respuesta. Leo negó, mirando hacia el suelo y jugando con sus pulgares, había desconectado desde la segunda frase de ella: "Hace tres o cuatro veranos en el palacio de Invierno..." Lo demás ya era incapaz de recordarlo.
-No importa. De todas formas ya hemos llegado a la posada, nos vemos mañana Leopold.
El carruaje paró y la princesa salió de él como había salido de su mente en cuanto había pensado en Bea. Al menos ahora podría estar solo.
La posada era muy sencilla, había sido vaciada de público y gente común con previo aviso, entera a la disposición de los dos príncipes y rodeada de varios pares de guardias que les custodiaban.
Leo se dejo caer en la cama, que claramente llevaba más de 50 años sin cambiarse y pasó toda la noche pensando en sus amigos de Londres, sin ser consciente de las lágrimas que caían por su rostro cual río caudaloso.
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The Irregulars of Baker Street
FanficEsta historia se sitúa unos meses después del cierre del Rip. Leopold está terminando su tour por Europa junto a su prometida, se encuentran en su última parada, el Palacio de la Zarzuela de Madrid. Los otros cuatro amigos siguen con sus rutinas no...
