PRÓLOGO

21 1 0
                                        

"Cuando tenía nueve años"

Un desgarrador grito rompió el rotundo silencio de la noche, despertándome de mi sueño al instante. Escasos segundos después, mi hermano ya había entrado a mi habitación con un semblante preocupado. Caminó hasta mí, y como me había levantado por la conmoción, me volvió a acomodar en la cama, y luego él se acurrucó a mi lado colocando su mano sobre mi brazo en un gesto protector.

Escuchaba los murmullos de mis padres, que seguramente estaban en la planta baja. Lo miré con la duda pintada en la cara.

—¿Qué está pasando, Jack? Escuché un grito espantoso.

—Nuestros vecinos están teniendo problemas.

—¿Nuestros vecinos? Pero si nadie vive cerca de nosotros.

—Solo duérmete. No te preocupes —dice, mientras me arropa con la colcha.

—No entiendo qué sucede ¿Está bien? La mujer que gritó hace un momento... ¿Quién era?

—Fue...la señora Jones.

Oh, no, la señora Jones ¿Qué le habrá pasado? Es cierto que no tenemos vecinos, pero los Jones son la familia  más cercana a nosotros en cuanto a distancia se trata. A decir verdad no he visto a la familia Jones muchas veces, solo sé que tienen un hijo algunos años mayor que yo, aunque por alguna extraña razón, dadas las pocas veces que lo he visto ya que ni siquiera asiste a la escuela, luce muy serio, al igual que su padre. Por otro lado, su madre, es decir la señora Jones, la he visto con más frecuencia puesto que de vez en cuando me la encuentro en el mercado del pueblo; es una mujer amable, aunque siempre me ha dado la impresión de que tiene una cara triste.

Me intento incorporar apresudaramente, pero él me sostiene con fuerza, impidiendome realizar algún otro movimiento.

—¡Debemos ir a verla! Seguro le pasó algo malo.

—Debes quedarte conmigo y dejar que los adultos se encargen.

—Pero... —hago el amago de protestar pero él me corta en seco.

—Ya... —me silencia y acaricia mi cabeza con una pequeña sonrisa—. Necesito un favor, Ainhoa.

Asiento, aún confundida por lo que está pasando.

—Quédate conmigo. No me siento muy bien.

Él frecuentemente sufre de dolores de cabeza, a veces leves o muy fuertes, y cada vez que le sucede me pide que me quede con él. Lo extraño es que nunca se lo ha pedido a mis padres ni a ninguna otra persona además de a mí. En cualquier caso, siempre me está protengiendo y ayudando en casi cualquier cosa, así que lo mínimo que puedo hacer por él es acompañarlo.

—Está bien... —sonríe y vuelve a colocar la colcha sobre mí.

—Ven —crea un espacio entre sus brazos, y yo me acerco para abrazarlo.

Intenté dormirme, pero no podía tranquilizarme. Mis padres seguían hablando alterados, los escuchaba caminar de un lado a otro, moviendo cosas.
De repente, a la lejanía se comenzó a escuchar un débil sonido de sirenas, las cuales rápidamente comenzaron a intensificarse hasta el punto de que tuve que fundirme en la camisa de Jack para de alguna forma alejar el ruido de mis oídos.

Por alguna razón, ese sonido me produce náuseas. No sé de donde proviene, o a qué se debe, pero no soy capaz hablar, simplemente me aferro Jack con fuerza.

Las sirenas se fueron silenciando una a una, para mi gran alivio. Luego, fui capaz de escuchar unas voces en la casa, además de las de mis padres. Saqué la cabeza de mi escondite, y me sorprendí mucho al ver que mi habitación estaba siendo iluminada por relucientes luces de colores azulados y también rojos.

Indestructible Donde viven las historias. Descúbrelo ahora