El aroma a cerezo que desprendía su rosado cabello impactó una vez más en mi mente, tan suave y letal como lo era ella. Desnuda, durmiendo a mi lado. Comencé a recorrer su cuerpo con mis dedos por millonésima vez, sintiendo cada milímetro de su piel. Al llegar a sus labios me detuve para contemplar las facciones de su rostro. Tenía por costumbre quedarme embobado al mirar sus labios aún pintados de rojo, o al escuchar su voz angelical. Me senté apoyado sobre el cabecero de la cama, deseando que ese momento no se acabase nunca. Cerré mis ojos esperando obtener un nuevo poder que me permitiese retroceder quince minutos en el tiempo una y otra vez para hacer ese momento eterno, pero no conseguí nada. Como de costumbre comencé a ver su olor. Tan fluido, como una dulce y delicada niebla rosa. Desde que conseguí mis poderes podía verlo casi todo. Pasando por el olor de las personas hasta las vibraciones musculares de las personas que atentaban contra mi vida día tras día. Pero... si pudiera retroceder quince minutos...
Me levanté con cuidado de la cama, evitando hacer ruido. Me deslicé lentamente hasta la cocina, donde encontré nuestra vieja cafetera de filtro. Calenté un poco de agua, y coloqué el papel en su sitio. Agarré la pequeña bolsa de café de Kenya AA, su favorito. Lo molí con cuidado y silenciosamente, lo metí encima del papel, tras humedecerlo. Dejé caer un pequeño hilo de agua en círculo sobre el café creando ese precioso efecto de un millón de pequeñas burbujas conviviendo unas con otras como si fueran estrellas postradas en una noche despejada. El goteo del café recordaba a nuestras tardes de tranquilidad en el sofá, contemplando el usual aguacero por la ventana. Ella tocaba la guitarra mientras cantaba Hey Jude, su canción favorita. Yo me limitaba a hacer ver que leía un libro, mientras en realidad escuchaba y me enamoraba de su desafinada melodía. Cuando los veintiséis gramos de café filtraron los cuatrocientos dieciséis mililitros de agua, serví el contenido en su taza favorita y la llevé con cuidado a donde se encontraba ella.
Despierta, vamos. Estoy aquí. -susurré a su oído.
Abrió los ojos lentamente, y bostezó como lo haría un oso panda. Adoraba cada parte de ella. Me sonrió con media cara hundida en la almohada. Dejé el café en la mesita de noche y me estiré a la altura de sus ojos, chocando nuestras narices de lado a lado como solíamos hacer. Toqué su mejilla suavemente, sintiendo el calor de su cuerpo.
Buenos días. Estamos una vez más tirados en la cama, perdiendo nuestro valioso tiempo juntos. Yo podría estar abriendo la cafetería como cada mañana, y tú preparando esos maravillosos ramos de flores que tanto enamoran a tus clientes en la floristería. Pero aquí estamos, a treinta y ocho segundos de despertarme. Ni siquiera sé si alguna vez volveré a este lugar, a este momento. No sé si volverás a despertarme a besos o si en algún momento te pediré matrimonio con el anillo que dejé guardado en el cajón el día antes de que murieras en mis brazos. Pero mira, lo único que sé es que aún hay esperanza. Si mis ojos pueden verlo todo, encontraré la manera de verte de nuevo. Aunque tenga que cruzar mil dimensiones para ello. Te lo prometo. Voy a encontrarte, y a traerte de nuevo a este instante. Te quiero. Hasta que nos volvamos a ver... -mi voz se cortó en ese momento, soltando unas palabras vacías que nadie escucharía jamás.
No sé cuánto tiempo pasé estirado en la cama. Solo, completamente solo. Me sequé las lágrimas de la cara, e intenté levantarme de la cama. Me arrastré hacia la ventana, dónde en un marco reposaba una fotografía del día que mi vida cambió. Agarré la taza de un café que ya se había quedado frío, y me senté en el sofá, dispuesto a contarme a mí mismo una historia que me había repetido un total de seis mil seiscientos treinta y cuatro millones ochocientas cincuenta y dos mil ciento una veces.
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Blumes and Bullets
RandomImagina que si no hubieras tomado ese café de más, no hubieras llegado al trabajo. Imagina que si no hubieras ido a trabajar, no la hubieras conocido. Imagina que si no te hubieras enamorado, no hubieras condenado al mundo.
