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—Te va a gustar —aseguró nervioso, apretando el volante y haciéndose a la idea de que a él también le gustaría —, ahí pasé buenos veranos y tiene un patio trasero que te volerás loco en cuanto lo veas —mirando que estaba cerca, sonriendo porque no estaba mintiendo, era una casa grande con un patio igual de increíble. Sus manos estaban heladas, su piel erizada por el frío de fuera y el poco calor de dentro. El viaje había sido corto, a comparación del tiempo que le llevó aceptar que era lo mejor para él.

Llegó de noche de mediados de enero, agotado, con todo lo que pudo caber en las doce cajas que compró y con Lenni, un collie de pelo corto como copiloto. La parte de atrás del coche estaba a tope de ropa sin ordenar, directo del armario con las perchas todavía. Estaba enfundado en una abrigo que cubrían por debajo de sus rodillas y llevaba un gorro de lana grueso en color gris. No había nadie alrededor, la única casa de la calle que no tenía luces amarillas iluminando cada habitación. Miró la casa, había llegado en el invierno más cruel y frío que jamás había vivido. Estaba descuidada, desde el césped largo hasta la bombilla de la entrada que estaba rota.

—Venga, echemos un vistazo —abriendo ĺa pierta del copiloto y viendo como Lenni bajaba directo a la entrada para olfatear a su alrededor.

No era una pesadilla, a pesar de lo oscuro de la noche y la ausencia de ruido, era un sueño que había terminado mal. El silencio corría entre el frío de la casa cuando abrió la puerta; las sábanas blancas que cubrían algunos muebles desentonaban con el resto de la casa; con pisos de madera y texturas gruesas en tapetes y cortinas. No había luz ni agua corriente, había más trabajo incluso antes de dormir. Vio a Lenni revisar cada espacio a pesar de la ausencia de luz. Miró la chimenea del salón, un lugar diafano donde la luz de la luna entraba por la enorme puerta de cristal que daba al patio, era lo mejor que tenía para comenzar. Hurgó en su mochila en busca de su mechero y sus cigarrillos, mientras los encontraba se topó con varios papeles con los que podría iniciar el fuego. Miró cada rebujo de papeles y envolturas de chuches que solía comer cuando estaba nervioso, serían de poca ayuda para su propósito. Encendió un cigarrillo y salió a su coche a por algunas cajas. Podía presumir de que era incapaz de cargar una caja pesada por si mismo sin problema alguno, a pesar de no tener a nadie cerca que viera lo triste que era verlo intentarlo.

Dio una calada y sostuvo con su boca el cigarrillo y buscó en una caja que ponía en una cara biblioteca un par de libretas viejas que conocía bastante bien y había atesorado por cientos de razones que ahora carecían de importancia ante la necesidad de calor. Cogió cinco de sus viejos diarios y se puso de pie para abrirlos y desojarlos a tirones para hacer una pila de alimento para el fuego. Al principio lo hizo sin pretencion alguna pero al ir viendo por encima cada fecha lo hacía cada vez más enfadado, arrancado cada hoja con cierto dolor. Lenni tomó asiento cerca de su mochila y miró lo que su amo hacia.

Cuando vio que el fuego se volvió estable regresó a su auto por el cobertor de invierno y la almohada que tenía debajo de la ropa. Cerró la puerta principal y se acercó envuelto en el cobertor. Ignoró el polvo y puso la almohada y el cobertor improvisando una cama frente a la chimenea. Dio otra calada y acercó a Lenni para entrar en calor, sacó otro diario y de este cayó una nota. La miró con cierta indiferencia, no podía creerse que un objeto inanimado tuviera tanto poder como para cambiar el rumbo de la vida de alguien.

Recordó esa mañana, cuando despertó solo hace tan solo un par de días, cuando solo apareció una nota arriba de la almohada de a lado. La misma nota que ahora tenía en sus manos, no había leído una composición de palabras tan dolorosa que tuvo a mal memorizar que no tuvo que abrirla para saber qué decía:

No confío en ti.
Te quiero y no sé qué más hacer para no cambiarte. No tengo la energía suficiente como para enamorarte todos los días.

Lo peor vino después, cuando no contestó sus llamadas, cuando todo su mundo se había quedado vacío, cuando el departamento de Madrid, que era demasiado pequeño, se volvió asfixiante. No podía odiarlo, porque era cierto, lo vio proponer opciones y él tuvo que ceder a alguna de ellas, como vivir en un departamento pequeño que lo sofocada o como dejar de trabajar de voluntario y buscar un empleo que lo obligaba a vestirse de traje.

Miró a su alrededor: estaba solo. Dio una calada y exhaló decidido que aquello no sería una derrota que aventó la nota al fuego. Incendiaría todo lo que le provocaba dolor, no quedaría rastro de todas las cosas que lo hicieron caer en esa situación. Sintió a Lenni alejarse para rasguñar la caja donde estaba su plato y su comida. Toda la casa era como la recordaba, ahora se veía aún más grande, con todo el espacio necesario para volver a empezar. Puso un poco de agua en el plato de Lenni y lo vio comer mientras sacaba la bolsa de mini wafles que había comprado antes de salir de Madrid.

—Creo que lo vamos a hacer bien —acariciando el lomo de Lenni.

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