Izumi nunca terminó de entender cómo se había enamorado del «Prodigio Uchiha». No fue un instante, sino una acumulación. La primera vez que lo vio entrenar solo en el patio del clan, cuando ella tenía ocho años y él ya dominaba katas que los adultos repetían con torpeza. Luego fue la forma en que bajaba la mirada cuando alguien le alababa, como si el elogio le pesara más que el silencio. Después, el rumor de que solo sonreía frente a su hermano pequeño.
Una certeza le creció en el pecho como una planta silenciosa: lo veía pasar, y el mundo se le reducía a sus pasos. Pero también había otra verdad que le ardía: no sabía si él podría llegar a sentir algo por ella. Esa incertidumbre era un nudo que apretaba cada vez que intentaba acercarse.
Una tarde, el destino le sonrió con la candidez de un rumor bien cazado. Se enteró —por una amiga de una amiga que había escuchado a una dependienta— de que la comida favorita de su amor platónico eran los dangos. Y por un capricho del universo que ella decidió llamar «señal», su madre regentaba la única tienda especializada del distrito.
No lo dudó. Esa semana, los dangos comenzaron a agotarse misteriosamente justo cuando él llegaba.
---
Itachi regresaba de una misión. La fatiga le colgaba de los hombros como una capa invisible, pero el ritual era sagrado: antes de volver a casa, se desviaba hacia la tienda de la calle principal. Un palillo de dangos. El único placer pequeño que se permitía.
Pero llevaba tres días encontrándose con el cartel de «agotado». Le parecía extraño. Su madre siempre le decía que sobraban hasta el cierre.
—Itachi-kun… ¿Qué haces acá?
La voz de Izumi lo sacó de sus pensamientos. Estaba apoyada en el marco de la tienda, con una expresión que intentaba parecer casual y lograba ser todo lo contrario.
Él la miró con la calma habitual, aunque algo en sus ojos parecía estar siempre calculando.
—Vine a comprar dangos, Izumi-chan.
Izumi sonrió por dentro. Justo como lo planeé. Pero por fuera solo se encogió de hombros con un gesto que ensayó frente al espejo quince veces esa mañana.
—Se han agotado todos. Qué mala suerte.
Hizo una pausa. Luego, como si acabara de recordarlo, abrió la mochila que llevaba consigo.
—Creo que me sobraron algunos. Mi madre me dio una caja para que compartiera con mis amigas, pero al final no nos vimos.
Itachi observó la caja que ella sostenía. Madera barnizada, con el sello de la tienda. Era la misma de siempre.
—¿Aún tienes dangos?
Izumi abrió la tapa. Por dentro, sus emociones eran un vendaval de nervios y esperanza; por fuera, apenas una sonrisa que le costaba sostener.
—Sí, aún tengo. Vámonos a comer al lago. Es un día bonito.
Itachi la miró un momento más. Ella sintió que sus ojos negros la desnudaban, no con malicia, sino con esa forma de mirar que él tenía, como si leyera entre líneas todo lo que no se decía en voz alta.
—Está bien —respondió al fin.
Izumi contuvo el suspiro de alivio. Primera fase completada.
---
El lago Nakano estaba tranquilo. El sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste, tiñendo la superficie de tonos anaranjados. Se sentaron en la base de un viejo sauce, lo suficientemente cerca para que el diálogo no fuera un grito, lo suficientemente separados para que no pareciera deliberado.
Izumi volvió a sacar la caja con un cuidado casi ceremonial. Le ofreció el primer palillo. Itachi lo tomó con un gesto que rozaba la reverencia; para él, los dangos eran una de las pocas cosas que aún saboreaba sin culpa; y lo probó despacio. Masticó en silencio, con la mirada perdida en el agua.
ESTÁS LEYENDO
「El Último Dango」
FanfictionIzumi tiene doce años y una certeza: está enamorada del prodigio Uchiha. Entre dangos cuidadosamente agotados y tardes fabricadas en el lago Nakano, logra lo que nadie había conseguido antes: que Itachi se detenga lo suficiente para preguntarse qué...
