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Hoy me ha pasado algo muy bestia

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HOY ME HA PASADO ALGO MUY BESTIA, por Daniel Estorach Martín

La amistad de un solo sabio vale más que la de un gran número de locos - DEMÓCRATES

Martes 20 de marzo de 2007, 16:03 - Hoy me ha pasado algo muy bestia

No sé qué me pasa.

Esta mañana me he levantado con una migraña infernal, una de esas que te provocan arcadas si intentas moverte demasiado. He decidido quedarme en casa y pasar de ir a currar; tampoco es que hoy tuviera mucho trabajo y nadie lo notará, ni siquiera mi bolsillo a final de mes. Una –quizás la única– ventaja de ser autónomo.

Me he tomado un Espidifén y me he vuelto a la cama. No sabéis lo que jode, cuando te ataca una migraña asesina, tener una peluquería canina dos pisos por debajo del tuyo.

Finalmente he conseguido dormirme cubriéndome la cabeza con la almohada. Parece mentira, pero sentir una ligera presión sobre las sienes alivia algo el dolor.

 

Por cierto, no me he presentado: me llamo Daniel García. Tengo 32 años y las migrañas me acosan desde que tengo memoria, así que ya las considero como un mal menor. A pesar de lo terribles que son, uno termina habituándose. De hecho, si hay gente que sigue adelante a pesar de sufrir hambre u otras penurias, cómo no me voy yo a acostumbrar a una ridícula migraña.

Desgraciadamente la cosa hoy no ha quedado ahí. Ojalá sólo hubiera sido eso.

 

Al desvelarme por segunda vez, el reloj despertador de la mesita marcaba las 13:30. Me he levantado con hambre y medio mareado y he entrado en la cocina. He husmeado en la nevera y en el armario y al final me he decidido por algo fácil: macarrones con salsa de tomate.

 

Mientras el agua se calentaba, me he tumbado en el sofá y he encendido la tele. Nada interesante, para variar. Entonces ha sido cuando he visto la sangre. Primero en el sofá, luego en mis pantalones y en el suelo. Goterones de sangre que marcaban mi recorrido por el piso. Pero algo escandaloso. El sofá y los pantalones los he puesto perdidos. He ido corriendo al cuarto de baño y me he mirado en el espejo. La sangre salía de la nariz. Por las dos fosas nasales a la vez y de forma constante. Me he asustado un poco, pero no soy un tío al que la visión de la sangre le afecte, por lo que rápidamente me he limpiado con agua bien fría y cogiendo un buen puñado de papel higiénico he tirado la cabeza hacia atrás y he cubierto con él la nariz. Así, andando como un mayordomo anquilosado, me he vuelto al sofá.

 

Y entonces han empezado los vecinos del piso de enfrente. Discuten día sí, día también. Supongo que también se han acostumbrado, al igual que yo a las migrañas. Pero hoy ha sido diferente. Han empezado como siempre: gritando, insultándose, mandándose a la mierda mutuamente... A mi migraña le ha venido de cojones el jaleo, vamos. He intentado centrarme en lo que decían en la tele e ignorarles. Mis ojos repasaban el techo mientras una de esas paparazzi insultaba a un famosete por haberle roto el micro o no sé qué, cuando la voz del vecino ha alcanzado un nivel de decibelios intolerable. Mi ojo derecho parecía que se me fuera a salir de la órbita a causa del dolor, cada vez más agudo. El vecino ha dicho, a grito pelado:

 –¡Te voy a partir los morros, so cerda!

 La frasecita debe haberse oído a través del patio de luces por todo el edificio y casi seguro que habrá llegado a la calle.

 

Estas situaciones me hacen sentir incómodo e impotente a la vez. Piensas en lo que debe estar pasando allí al lado, a sólo unos metros de ti. Te imaginas cosas malas, pero siempre llegas a la conclusión de que seguramente serán las bravuconadas del machito de turno. Que no le va a hacer daño. Luego un buen polvo, y la reconciliación perfecta.

 Hasta que oyes el golpe y el grito de ella, luego un segundo golpe, cuando su cuerpo se da contra el suelo o algún mueble. A lo que siguen más gritos de terror.

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