DOS PALABRAS
Apoyado sobre el rompeolas, dejo que mi mirada vague ausente por el mar. Una racha de frío aire otoñal me saca un momento de mi ensimismamiento, pero sólo para subirme el cuello de la cazadora y volver a sumirme en mis negros pensamientos, en mis recuerdos.
- Maridito, este Beach Club es realmente genial, debo reconocer que esta vez te has esmerado con mi regalo de cumpleaños, sólo me falta un masaje en la espalda para que todo sea perfecto.
- Será que no te conozco -exclamé riendo. ¿Ves aquella chica que viene hacia aquí?
- ¿Cual? ¿La monada de la bolsa amarilla?
- Esa misma. Pues es la masajista que viene a charlar con tu espalda y alrededores durante los próximos sesenta minutos.
- Dios mío, es un sueño, seguro que es un sueño, pero por favor ¿podría despertarme dentro de una hora? -Dijo mi mujer con los ojos como platos y una gran sonrisa en la boca.
- Señora, soy Lucia, su masajista. ¿Quiere usted acompañarme, por favor?
Mi mujer se volvió hacía mi, con los ojos entrecerrados por el sol.
- Pero cariño, ¿Qué vas a hacer tú mientras? Me dijo en un tono de culpa que en modo alguno sentía.
- No te preocupes, Ana. Yo me quedo aquí en la tumbona, leyendo un rato, tomándome una cerveza bien fría con algo de picar y ...
No pude continuar, sus labios se apretaron contra los míos en un intenso beso, mientras me susurraba un prometedor –luego más-.
Y allí me quedé, tumbado en una comodísima hamaca, disfrutando del sol y de la pereza. Ni siquiera me apetecía leer, así que pedí una cerveza helada con algún aperitivo y me puse a contemplar el idílico panorama que se ofrecía ante mis ojos.
Tras un buen rato de llenarme de mar… y de gambas –todo hay que decirlo- me dediqué a mirar a mí alrededor. ¡Que preciosa terraza! no pude por menos que pensar, metida totalmente en la arena de la playa, sembrada de gruesos colchones, blancos como la nieve, protegidos por altos doseles de lino también blanco y un precioso mar azul al fondo. Poco a poco, la belleza, la tranquilidad de aquel pequeño oasis y, a que negarlo, la cerveza que me estaba tomando, fueron haciendo su efecto, y me fue invadiendo una placentera modorra, hasta que entré en una especie de estado catatónico, muy parecido al sueño, diría yo, y del que sólo me hicieron salir unas alegres risas a mi espalda.
Dios, que pereza moverme –dije para mi coleto- pero como las risas que oía solfeaban en femenino plural, lentamente me dí la vuelta en la hamaca. ¡Esto es el Paraíso, no, mejor dicho, es el Walhalla! –pensé extasiado. Frente a mí, estaba ahora un grupo de cinco chicas, la mayor de la cuales no superaría los 25 años y de evidente ascendencia nórdica. Debían ser modelos o bailarinas en su tiempo libre, por que eran todas bellísimas, con unos cuerpos de escándalo y no paraban de reír mientras libraban una incruenta batalla de cojines en la enorme colchoneta vecina de la mía.
A que negarlo, de inmediato sentí como el deseo me invadía, sólo podía pensar en sexo –menos mal que estoy bocabajo, me dije aliviado- ya me veía retozando con aquellas chicas, soñaba en como desataba las tiras de sus minúsculos bikinis, en como todo mi cuerpo se llenaba de sus caricias y en como mis manos no sabían ya que curva recorrer. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo de voluntad, para parar aquella onírica orgía que me arrastraba a los límites de mis fantasías más alocadas.
Pensar en mi mujer me ayudo. -Desde luego, como eres Alfonso –sonreí falsamente escandalizado- tienes a tu mujer a punto de llegar, dispuesta a cumplir su deliciosa promesa y te pones a fantasear con esas chicas. Bah, no tiene importancia, es sólo soñar, pero es que son realmente preciosas.
Inmediatamente pensé en mi amigo Jorge -mi más mejor amigo, que diría Forrest Gump. Ojalá estuvieras aquí y pudieras compartir esto conmigo –me dije con un punto de nostalgia-. Cuernos –exclamé para mi interior- para eso están las cámaras de los móviles y, sin perder de vista el grupo de chicas, cogí a tientas mi teléfono.
No tendrás tanto morro de hacerles una foto por las buenas –me dije cargado de prudencia- imagínate que se enfadan y te montan un numerito, la bronca con Alicia puede ser de época. Maldita sea –pensé con fastidio- pues algo tengo que hacer, Jorge tiene que ver esto.
Y mientras todavía pensaba que hacer, sin saber muy bien como, me encontré enseñándoles el teléfono a las chicas y preguntándoles –en inglés, claro- si podía hacerles una foto, todo ello con una tonta sonrisa que debía tirar de espaldas. Pero el caso es que debí caerles en gracia –o les dí pena, quien sabe- y por señas me dijeron que si, que hiciera la foto. Nervioso como pocas veces en mi vida, traté de conectar el teléfono. Y digo que traté de conectarlo, por que al manipular los botones, sólo puede obtener un rotundo y desesperanzador mensaje “low battery” y el teléfono se apago al mismo tiempo que mis ilusiones.
Mi evidente cara de consternación, llevó a las chicas a un paroxismo de risas, si antes ya se reían, ahora todo era ahora una verdadera algarabía de carcajadas, se revolcaban por la colchoneta y se sujetaban unas a otras para no caer a la arena. Y yo allí, con la cara de tonto de los domingos y sin saber que hacer.
Quizá sea por que Dios aprieta sin llegar a ahogar, pero lo cierto es que sobre la marcha pensé en usar el teléfono de mi mujer – ya borraré las fotos más tarde, contesté a mis no dichas objeciones- y me puse a buscar en su bolso como un terrier en una madriguera. Todos los hombres que lo hayan intentado alguna vez, saben lo diabólico que puede llegar a ser, encontrar algo en el bolso de una mujer, pero esta vez los hados definitivamente estaban conmigo y, en pocos segundos, mi trémula mano emergió victoriosa del abismo, enarbolando el teléfono móvil de mi mujer.
Sin perder la cara de tonto que ya tenía de antes, les mostré el teléfono a las chicas lleno de orgullo, vamos como si aquello sólo lo hubiéramos logrado David Copperfield y yo. Pero enseguida se me bajaron los humos, por que como era la primera vez que tenía ocasión de usar el teléfono de mi mujer, no tenía ni idea de cómo conectar la cámara de fotos, así que, cada vez más nervioso por las risas burlonas que escuchaba de las chicas, fui perdiendo algún minuto y un poco de autoestima, hasta que conseguí que en la pantalla apareciera la imagen de la bendita cámara y volví a mostrar el teléfono con un grito de victoria algo fuera de lugar.
En fin, que las chicas se agruparon nuevamente para la foto –con una alegría algo más fingida que antes, debo reconocer- y yo pude hacer media docena de fotos y un pequeño video antes de que se dieran cuenta y consideraran que me estaba pasando.
Así que cuando se levantaron hacia mi, con las manos por delante de sus rostros y hablando todas a la vez con gestos de desaprobación, yo me limité a cerrar el teléfono y retroceder sin dejar de mirarlas.
- Thank you, thank you girls –les dije, mientras sonreía y me deshacía en inclinaciones más propias de una geisha- muchas gracias guapísimas –finalicé en castellano, volviendo a mi colchoneta.
Jorge no se lo va a creer –pensé, en tanto que me recreaba una y otra vez en las fotos- que pedazo de pibones.
- JAJAJAJA –reí realmente divertido y contento- Vamos a darle envidia a nuestro amigo Jorge. -Pobrecito, que pena me da, con lo soso que es, seguro que está allí sólito en Madrid y sin perrito que le ladre- No podía parar de reírme de mis propias gracias, vamos que estaba disfrutando como pocas veces.
Sin parar de reírme y lleno de malicia, marqué el teléfono de Jorge para recrearme más aún en la jugada y avisarle que le iba a enviar las fotos. Un tono, dos, tres, cuatro tonos y no descolgaba, así que miré la pantalla del móvil para ver que pasaba, para encontrarme con que, en lugar del número al que llamaba, en el display aparecía la identificación con que mi mujer tenía gravado aquel número en la memoria del teléfono, Mi amor.
Dos palabras, sólo eran dos palabras, seis letras, apenas tres sílabas, pero se clavaron en mi interior y helaron para siempre mi alma.
- Hola cariño –escuché que decía Jorge- no sabes lo que te echo de menos, esto es una mierda sin tus bes…
Jorge dejó de hablar -quizá intuyó que algo iba mal- y ambos permanecimos en silencio, sin nada que decir, hasta que unos repetidos pitidos me dijeron que él había colgado.
Volví a Madrid esa misma mañana, sin hablar con nadie más, no hacía falta. Desde entonces, solo la soledad comparte mi vida.