Mentiras reales (Descontrol e...

De marion09

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Robert Van Helmont es uno de los solteros más codiciados de Sourmun, pero el joven príncipe y heredero no mue... Mais

Mentiras reales
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¡AVISO! MÁS BESOS, SIN MENTIRAS
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CAPÍTULO FINAL
EPÍLOGO

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De marion09

Ada abrió la puerta y habló incluso antes de ver el rostro de Robert. —Vete a tu cuarto y déjame en paz por una vez —demandó pero casi en tono de ruego.

—Solo vine a pedir que me perdones —balbuceo él y Adelaine se impresionó. Estaba peor que antes, apestaba a alcohol y tenía los ojos vidriosos.

—¿Has seguido bebiendo? —No pudo evitar preguntar.

Rob arrugó la frente. —Un poco —dijo negando con la cabeza—, pero me ha aclarado las ideas. Si me escu...

Ada soltó una risa antes de que él terminase de hablar. No había escuchado nunca algo semejante, ¿embriagarse le aclaraba las ideas? Robert estaba peor de lo que ella imaginaba.

—Vete a dormir, Robert. Vete antes de que alguien te vea y empiece a hacerse preguntas.

—No, no voy a irme. Quiero que me escuches —insistió el príncipe a lo que Ada no tardó en reaccionar.

—Y yo quiero que te vayas. ¿Qué crees que me importa más, lo que quieras tú o yo?

A Robert le tomó un momento contestar y parpadeó varias veces mientras parecía procesar sus palabras. —Me gustaría mucho que me escucharas, por favor. No sé si por la mañana voy a seguir teniendo el valor para decirte esto.

Ahora le tocó a Adelaine quedarse muda. ¿Cómo podía negarse cuando le hablaba así y tenía esos ojos tan tristes? Debería cerrarle la puerta en la cara como había pensado al levantarse de la cama, pero no tenía el corazón tan duro como le gustaría.

Así que se resignó y abrió la puerta un poco más para dejarlo entrar. Rob ni siquiera sonrió, aunque sí soltó un suspiro de alivio al ver que le estaba dando la oportunidad que pedía.

Para estar tan borracho, podía caminar bastante bien. Se abrió paso por el cuarto y terminó sentándose en la cama. Ada lo siguió, pero se quedó de pie frente a él y de brazos cruzados.

—¿No te vas a sentar? —Inquirió Robert.

—No.

Él asintió lentamente. —Te ves muy alta desde aquí —divagó con el ceño apenas arrugado.

Ada soltó un suspiro. —Robert, ¿tenías algo importante que decirme o solo estabas fingiendo para que te dejara entrar?

—No... no. Tengo algo que decirte —declaró pero volvió a hacer una pausa eterna.

—¿Y cuándo vas a decirlo?

—¿Puedes sentarte? Me marea tener que mirar hacia arriba y quiero verte mientras hablo.

No era una buena idea, porque estar tan cerca de él hacía que la propia Ada se sintiera mareada, pero si no lo hacía, estarían allí toda la noche. Terminó cediendo y se ubicó dejando toda la distancia que el largo del colchón le permitía. Como Rob estaba sentado en el medio, ese espacio no fue muy grande.

—¿Así? ¿O necesita algo más, Alteza? —Lo atacó.

Rob sonrió. —Eres mala conmigo. Y me lo merezco, claro que sí.

—Por supuesto.

—Pe... pero he venido a pedirte disculpas por todo lo que he hecho. Sé que hice mal, siem... siempre hago todo mal, Adelaine. No sé cómo hacerlo distinto —compuso contemplándola con una mirada que parecía realmente arrepentida—. Tengo muchas cosas por las que pedirte que me perdones, quise anotarlas pero no puedo ver las letras de mi celular y la lapicera se me caía cada vez que la agarraba.

La rubia estuvo a punto de soltar una risa, pero se contuvo y solo sonrió con un asentimiento. —Está bien, puedes pensar ahora e ir contándome tus razones para pedir perdón.

—Sí, primero por ser un imbécil cuando llegaste al palacio —enumeró y comenzó a contar con los dedos de una mano—. Te traté muy mal y no tengo excusas. Y luego desde el sábado, desaparecí por ca... casi dos días y no me comuniqué contigo. Eso... Eso tampoco estuvo bien.

—No, no lo estuvo. Para nada —replicó ella—, pero no somos nada, no tenías por qué darme explicaciones. De la misma manera que yo no tengo que dártelas a ti.

Él hizo una mueca. —Ada... Sabes que eso no es cierto. Si tenemos algo y ese es el problema —dijo, y cuando ella abrió la boca para intervenir, Rob levantó una mano y la detuvo—. No, eso después o voy a olvidar todo lo que dije. Te pido perdón por no haberte protegido de Daphne en el brunch, por haber sido grosero cuando llegaste de tu cita con Walden anoche y por haberte besado sin tu permiso.

Llevaba la cuenta con los dedos de la mano, pero en algún momento perdió la cuenta y terminó mirándoselos con intriga.

Adelaine negó con la cabeza y le habló para mantenerlo concentrado. —¿Y por qué iba a perdonarte? Siempre estás diciendo que lo sientes y en dos minutos vuelves a hacer algo igual... o peor.

Rob dejó caer la mano en el colchón. —Porque lo siento de corazón. Te lo acabo de decir, no sé cómo hacerlo bien. Esta mañana pensé en hablar con Daphne porque creí que así iba a hacer que me perdonaras. Si lograba que ella fuera amable, sería como... un héroe.

—Pero te pedí que no lo hicieras. Fui muy clara, Robert, pero tú no me escuchaste —le apuntó enojada.

—Te escuché, pero pensé... —vaciló y terminó haciendo silencio mientras cerraba los ojos y bajaba la cabeza—. No importa, no es excusa. Lo siento. Nina decía que era muy obtuso, me lo dijo por años. Tenía razón, siempre tenía razón.

Ada ladeó la cabeza y sonrió. —Sí —respondió—, pero era demasiado amable. La palabra que tendría que haber utilizado era otra. Eres un idiota. Un idiota que cree que el mundo gira a su alrededor y se mueve al compás de su propia música.

El príncipe asintió. —Sí, tú también tienes razón siempre. ¿Sabes por qué soy así contigo?

—¿Por lo que acabo de decir?

—Porque me gustas, porque me importas más de lo que soy capaz de admitir. Y no se suponía que esto me ocurriera, Adelaine —declaró llevándose una mano al pecho como si le doliera. Además empezó a hablar más fuerte y el tono de la conversación cambió—. No puedo permitir que me ocurra esto, porque si... si me importa alguien más, podría olvidarla a ella.

Ada sintió un nudo en la garganta. —Robert, nunca vas a olvidarla —musitó dejando a un lado su enojo porque él parecía tan sincero, tan frágil y dolido que no podía evitar sentir su dolor.

—Sí, si lo haré. El sábado... Pasé toda la noche pensando en ti después de besarte y cuando desperté la había olvidado —murmuró muy bajito, con la voz ahogada y mirando un punto fijo.

—Seguro que estás exagerando. Robert...

—¡Lo hice! Si Geraldine no me lo recordaba, no habría ido al cementerio a llevarle flores. Después de un mes sin ir a verla... La... la olvidé. Nunca me había ocurrido antes.

La joven lo contempló sin poder dejar de sentir su sufrimiento. Se sentó un poco más cerca de él y le tocó una mano. —Eso no significa que te hayas olvidado de Nina. Yo no voy al cementerio y no quiere decir que no recuerde a mi madre a cada momento. Ella siempre está en mi corazón. Ella no está en... una lápida.

Rob giró la cabeza hacia ella y la contempló con una mirada llena de confusión. —Pero ella está ahí. Yo la enterré, Ada.

—Su cuerpo está allí —susurró la rubia esperando no sonar demasiado dura—. Pero su alma está contigo, con todos los que la querían. Si necesitas conectarte con ella puedes hacerlo desde cualquier parte en la que estés. Cuando cierras los ojos, cuando miras al cielo... Deberías intentar recordarla como cuando estaba viva, pensar en lo bueno y dejar atrás lo malo y lo que no puedes cambiar. Pero sentarte junto a una tumba todas las mañanas no va a hacer que eso ocurra. Yo creo que así lo único que estás recordando es el momento en el que dejó de respirar y por el que tanto te castigas.

Él se quedó en silencio y en un momento dejó de mirarla y giró la cabeza hacia otro lado. Ada se preguntó si había ido demasiado lejos. Quizás no era el momento para decírselo, pero daba la impresión de que nadie se lo había dicho en años y alguien debía hacerlo alguna vez.

—Puede que tengas razón —murmuró Rob al rato.

Ada esbozó una sonrisa. —¿Puede? ¿Pero si hace unos segundos dijiste que siempre tenía razón?

Y así lo hizo reír. Se volvió hacia ella y la contempló alzando una mano como si quisiera tocarla, pero deteniéndose a mitad de camino. —Sí, la tienes. ¿Entiendes por qué me comporto así contigo? Mi... corazón me dice algo, pero mi mente otra cosa distinta. No sé a quién escuchar... Y tengo miedo, Adelaine. Tengo miedo de olvidarla y tengo miedo de hacerte tanto daño como le hice a ella. El único que tendría que sufrir aquí soy yo, no puedo ser feliz cuando por mi culpa...

Adelaine terminó colocando un dedo en sus labios para silenciarlo. —Me parece que has sufrido demasiado, Robert. ¿Cuánto tiempo más te vas a castigar y ser así de miserable?

—Por siempre, ¿no es lo justo? Si ella no puede vivir, si su madre no puede verla caminar hacia el altar... ¿por qué yo debería tener esa oportunidad?

La joven sentía ganas de llorar. —Porque tú sobreviviste. Porque la vida te dio una segunda oportunidad para que la aproveches y no para que la tires a la basura.

—Es difícil... —articuló Rob—. No sé cómo hacerlo.

—Nada es fácil en esta vida. Y si no puedes hacerlo solo, tal vez deberías pedir ayuda —ofreció, aunque ella no era el ejemplo más adecuado cuando se trataba de aceptar la ayuda de los demás.

—¿Tú me ayudarías? —Pidió el príncipe con la expresión de un niño esperanzado.

Ada abrió la boca para decir que sí, pero su cerebro se activó y pudo refrenarse para cambiar sus palabras. —¿Yo? ¿Y qué hay de Daphne, no sería más apropiado que te ayudase ella?

Robert arrugó la frente. —¿Por qué dices eso?

Dejando escapar un bufido de molestia e indignación, Adelaine se puso de pie. —Oh, vamos. No me vengas con esas. Creí que estábamos siendo honestos.

—Sí, pero...

—¡Pero pasas la noche del sábado con ella, te bebes todo el contenido del bar por ella y ahora me sales con esa pregunta! No seas hipócrita.

Parpadeando, se llevó una mano a la cabeza porque tener que mirar hacia arriba provocaba que todo empezara a darle vueltas. —¿Quién te ha dicho eso?

—Eso no importa, ¿han mentido? ¿Vas a negar que pasaste la noche con ella?

—No, pero... —farfulló él y se dejó caer en la cama con la espalda sobre el colchón porque estaba tan mareado que comenzaba a sentirse descompuesto—. No es lo que tú crees o lo que te hicieron creer. Fue Daph... Daphne quien te dijo lo del sábado, ¿verdad? Sí, estuve con ella, dormí en su casa. Pero solo eso, dormí en una habitación de invitados.

Robert seguía hablando mirando el techo y Ada lo contemplaba desde lejos con total reticencia. —Te sentías mal y la buscaste, es obvio que te sientes bien con ella. ¿Por qué no le pides ayuda ahora también? La conoces más que a mí y confías en Daphne mucho más, ¿qué otro motivo necesitas?

Él suspiró. —Es que no la busqué. Nunca lo hago, Daphne siempre... está allí. Me llamó y me invitó a su casa. No quería volver aquí, así que fui y cenamos juntos. Tomé unas copas de más y me invitó a quedarme allí. No le dije que me ocurría, solo que era uno de esos días malos que a veces tengo.

—¿Y por qué? ¿Por qué no se lo cuentas? Si tienes la confianza para quedarte en su casa... —dejó escapar. No quería demostrar que le importaba, pero la conversación la estaba conduciendo a ella y no al revés como debería ser—. Y si sientes algo por... Daphne, deberías ser honesto acerca de lo que te ocurre, tal vez así aclararías todo y no tendrías que beber por ella y tus penas de amor o lo que sea que tengas.

Sentándose en la cama de golpe, indignado por no poder explicarse adecuadamente para que Adelaine entendiera lo que él estaba tratando de decir, Rob sintió una puntada en la cabeza, y por un instante lo vio todo borroso.

Pero se las ingenió para ignorar todo eso y ponerse de pie con cierta estabilidad. Parpadeó y ubicó donde se encontraba Ada para acercarse a ella.

La tomó por los brazos y la miró a los ojos intentando enfocar la vista todo lo que le fue posible. Esa emoción intensa que lo atravesaba parecía ayudarlo a que la lengua no se le trabara y las palabras fluyeran. —No estoy así por ella, Adelaine. ¿Por qué no lo ves? He venido a tocar tu puerta esta noche, no la de Daphne. Estoy así por ti, porque no puedo controlar lo que me haces sentir. Me matan los celos al verte con Walden, pero no puedo dejar de pensar en que él es mucho mejor para ti que yo, en que es obvio que serías más feliz con él y lo odio. También me odio a mí mismo por el desastre en el que me he convertido.

Adelaine contuvo la respiración mientras lo escuchaba hablar. Tenía los ojos brillosos y la frente húmeda, sus manos estaban calientes y no tardaron en calentarla a ella, no solos los brazos, sino todo el cuerpo. —Robert —consiguió pronunciar sin saber qué más agregar.

—Entiende, por favor —musitó él con un tono de voz más suave y colocó ambas palmas abiertas sobre sus mejillas—, que tú eres la única mujer que ha logrado que sienta todo esto en el pecho. Te ruego que me creas, Adelaine.

Ella lo contempló y terminó por poner las manos sobre las suyas. Esas tontas mariposas que vivían en su estómago comenzaron a revolotear una vez más. —Estás ebrio, Robert. ¿Cómo voy a creerte? ¿Cómo sé que mañana cuando despiertes no negarás esto, saldrás corriendo y me ignorarás hasta la próxima vez que tengas un ataque injustificado de celos?

—Sé que no confías en mí y con toda razón. Pero te pido un poco de fe.

—¿Fe en qué? —Replicó Ada enternecida por su expresión, quería creerle, pero su mente le decía que se resistiera, que no era seguro.

—En mí. En que si me das la oportunidad, lo haré mejor. Quiero intentar ser bueno para ti y... para mí. Pero no puedo hacerlo solo, ni siquiera lo había con... considerado antes de que llegaras. Necesito que me ayudes.

La rubia no necesitaba indagar mucho en su corazón para darle una respuesta, deseaba ayudarlo a pesar de lo mucho que temía salir lastimada.

—Yo también tengo miedo, Robert —susurró—. No soy tan fuerte como parezco.

El ceño del príncipe se arrugó. —Entonces seamos más fuertes estando juntos.

Ella soltó una risa al tiempo que tenía ganas de llorar. Era muy bonito, pero si aceptaba y por la mañana él lo olvidaba todo, le rompería el corazón.

—¿Podemos hablar de esto cuando estés sobrio? No puedo confiar en ti o tus palabras cuando hueles así.

Rob sonrió. —Pero mira, se me da mucho mejor hablar cuando estoy borracho. Casi no te he hecho enojar y hasta estás sonriendo por mí. Nunca consigo eso estando sobrio.

—En eso tienes razón —reconoció Ada con un asentimiento—. Ahora vete a tu cuarto y duérmete.

Retrocedió un paso y se alejó de él, dejando que solo sus pies los sostuvieran. Robert se sintió mareado de repente y apretó los ojos para que se le pasara, pero no lo consiguió.

—Necesito sentarme un momento y enseguida me iré —musitó volviendo a la cama que por fortuna no estaba a más de un metro de distancia.

Ada se colocó a su lado y lo observó con temor a que el alcohol hiciera efecto y terminara por descomponerlo. —¿Estás bien? ¿Quieres un vaso de agua?

Abriendo un solo ojo y atisbando hacia ella, Rob asintió. —Sí, por favor. Me vendría bien.

—Está bien, iré a buscarlo. No tardaré nada. Trata de no ensuciar toda la cama por favor. Si te sientes mal, el baño está por allá —señaló mientras se ponía de pie.

Antes de que se alejara, Rob le tomó una mano y la retuvo. —Tengo algo más que decir —compuso.

Alzando una ceja, Ada lo miró con suspicacia. —¿Si?

—Si vuelvo a portarme como un idiota contigo, dame un golpe fuerte en la cabeza.

La joven soltó una carcajada. —Hecho. Aunque si fuera tú, temería por tu cabeza. ¿Cuántos golpes crees que puede soportar antes de que el daño sea irreparable?

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