Inflexión

By SofiDalesio

177K 19.9K 3.2K

Michaela Servadio está segura de una cosa: su alma se encuentra muy lejos de la salvación. Condenada por su s... More

Prólogo
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
Epílogo

XIX

4.9K 655 100
By SofiDalesio

Firenze era aburrido. Sus construcciones estaban demasiado juntas, los callejones apenas eran lo suficientemente anchos para poder deambular y no dejaban de dar vueltas y más vueltas hasta que uno regresaba por error al mismo punto del que había partido. Y no sabía si era a causa de su mala suerte, o el clima era simplemente así, pero desde que había puesto un pie en la ciudad que no dejaba de llover.

Lo cual era irritante. Todos los edificios eran de piedra, construidos en la historia, y atrapaban la humedad de un modo insoportable. Sus botas de cuero ya estaban arruinadas por tantos charcos. El empedrado le había jugado demasiadas malas pasadas al ser piedra resbaladiza. Y, como si eso fuera poco, no había nadie en las calles.

Firenze vivía de sus mercados callejeros al aire libre. No se podía avanzar dos calles sin cruzarse a vendedores con sus carros y gritando su mercancía. El clima convertía el sitio en una ciudad fantasma. Incluso la catedral lucía triste y gris, apenas visible en medio de la constante llovizna.

Se negaba a quedarse encerrada. Su cuerpo simplemente no lo permitía. Le eternidad estaba comenzando a pasarle factura. ¿Cuánto podría tardar en encontrar algo que hacer? La Iglesia había sido amable al adoptarla y darle trabajo, pero todo no era más que una repetición de lo mismo. Un demonio aparecía, ella tomaba el asunto, lo mataba, y volvía a aburrirse hasta el próximo llamado.

El mundo necesitaba una nueva plaga, o época de oscuridad. Pero el renacentismo se había instalado en los ducados y hecho que todo fuera tan aburrido. Casi extrañaba sus malos días, cuando todo era mucho más emocionante. Entonces era tratada como una igual o superior, ahora apenas podía tolerar los sermones de la Iglesia sobre cómo una señorita debía ser sumisa y educada.

Ya había perdido la cuenta de cuántas veces había sido detenida por disturbar el orden público. Estaba cansada de tener que pasar por hombre, para que no la arrestaran por usar pantalones. Y mejor ni hablar de cuantos problemas había tenido, por no poder controlar su lengua al momento de responder. Si Lilith no se había sometido a Adan, ella ciertamente no se sometería a la voluntad de un hombre.

Solía ser el cuento favorito de su madre para el momento de ir a dormir. Si cerraba los ojos, algunas noches, casi podía escuchar su voz arrullándola al ritmo de esa historia. Lilith había sido la primera bruja de la que se tenía constancia, demonizada por la Iglesia al no ceder su voluntad ante el primer hombre, una mujer independiente y segura de sí misma. El peor peligro que el hombre conocía, su madre siempre había dicho con una sonrisa.

No era la única historia que solía contarle. Le gustaba escucharla hablar sobre como la Virgen María había sido una bruja también, dotaba con poderes curativos y escondiendo magia bajo supuestos milagros divinos. Su madre amaba hablar de herejías que habrían hecho que la Iglesia la demonizara también. Y ella adoraba escucharla.

Siglos después, tan solo estaba más segura sobre las historias que había oído de niña. Había leído todo el santo libro, porque la Iglesia lo permitiera, tenía demasiado tiempo libre y mucho aburrimiento. Había marcado cada frase y pasaje en donde la verdad era lo dicho por su madre. Había reído cruelmente ante padres matando a hijos por orden divina, y la hipocresía de la piedad junto a la ira divina.

Incluso se había permitido burlarse de los ángeles. El chismoso Gabriel, el cruel Michael, el hipócrita Uriel, el frío Raphael, el desinteresado Raguel, el tempestuoso Remiel, el duro Sariel... Había insultado a todos y cada uno de ellos, en especial al último por haberle fallado. ¿No se suponía que él velaba por los niños originados del pecado para que no siguieran el camino de sus padres?

Mentiras. Falacias. Calumnias. En su aburrimiento, había leído suficientes libros como para tener mil modos de referirse a lo mismo. Engaños, a fin y a cabo. Puras blasfemias, porque lo cierto era que estaba sola en vida como siempre lo había estado y eso nunca cambiaría. Su espíritu ya estaba condenado, sin importar las promesas de la Iglesia del paraíso a cambio de una eternidad de servicio.

Pero era todo lo que tenía. Lo único que tenía, para ser honesta. Y si el mismo Lucifer se había atrevido a intentar engañarla para someterla en el infierno, entonces ella se aseguraría que ningún demonio pudiera poner un pie en la tierra sin temor de ser ejecutado. Se lo merecían. Nadie la timaría, menos una sucia escoria como ellos resultaban. Y si eso implicaba trabajar para los chicos santos... Bueno, con gusto dejaría su repulsión de lado a cambio de su venganza.

No iría al cielo, y no aceptaría el trato con el infierno, pero la tierra se regiría bajo su voluntad. Y quien se atreviera a poner un pie sobre esta para desafiar su autoridad... Más le valía estar preparado, porque no perdonaría ninguna vida, fuera culpable o inocente, fuera consciente o inconsciente, fuera un ángel o un demonio.

—Podrías cambiar tu nombre mil veces, y tus ojos seguirían delatando tus oscuros pensamientos.

Se dio vuelta enseguida al escuchar esa voz, una mano inútilmente sobre la pistola que cargaba en su cinturón. Era en vano. Ese cuerpo estaba demasiado corrompido como para que una bala pudiera afectarle y Azazel lo sabía. El demonio le sonrió ante el encuentro. No era casual. Nada con él lo era. Pero Firenze era un asco, y la lluvia había escondido el olor a azufre que siempre lo acompañaba.

—Siempre disfrutaste de una buena matanza —concluyó él—. La sangre siempre fue más fuerte en ti.

—Solo sueño con exterminarte a ti junto a todos los de tu clase.

—Eres un demonio también.

—Mitad demonio.

—¿Y aun así insistes en traicionar a tu propia clase?

—No soy como tú.

—Eres igual de fría y sanguinaria en el fondo, y lo disfrutas. Regresa a donde perteneces.

—Mi aldea ya no existe por tu culpa.

—Fuiste tú quien la quemó hasta que no quedó nada.

—Fue un error.

—Fue venganza, porque mataron a tu madre. Puedo darte esa venganza.

—Mientes.

—No.

—Mientes. Tal como lo hiciste siempre. Tal como lo hiciste al convencerme de hacer todas esas atrocidades cuando tú hiciste que mi madre fuera quemada en la hoguera.

—Los tontos humanos actuaron por su cuenta.

—Luego que un demonio los convenciera de que ella era un mal.

—No fui yo, lo sabes perfectamente.

—Pero fuiste quien movió las cuerdas para que sucediera.

Eso era suficiente para condenarlo frente a sus ojos. Directa o indirectamente, Azazel era el único responsable, y ella había sido una ingenua al creer en su palabra y dejarse engañar antes de descubrir la verdad. Todo lo que estaba mal en su vida, era su culpa. Todo el mal que había causado, su consecuencia.

Debió haberlo previsto. Debió haber sentido al otro demonio antes que este lograra acercarse por atrás. Pero Firenze era horrible, el diluvio escondía sus hedores, y hacía tiempo que ella se había rendido ante la aburrida inmortalidad. El golpe en la nuca la noqueó por completo. La próxima vez que abrió los ojos, estaba encadenada de pies y manos, el suelo a su alrededor lleno de símbolos demoniacos demasiado antiguos como para que pudiera reconocerlos.

Bianca la observaba desde el otro lado de la habitación. Siseó con odio al reconocerla. La mataría, había jurado sobre su propia vida que no descansaría hasta exterminarla. Pero Azazel protegía demasiado a su estudiante, y ella de momento no había logrado pasar de él para matarla.

—Es una verdadera lástima. Me gustas, en serio me gustas, serás siempre la estudiante más prometedora que alguna vez podría haber tenido —Azazel se detuvo a su lado y puso una pesada bota sobre su espalda—. Pero has estado contándole nuestros secretos a la Iglesia, y eso a los demás príncipes no les gusta. Podrías haber reinado la tierra y el infierno con nosotros, habrías hecho a tu padre tan orgulloso.

—Lo mataré también, luego que acabe contigo.

—Temo que escogiste el bando equivocado. Yo te entrené para ser tan poderosa, y es mi responsabilidad corregir este error.

Azazel se agachó a su lado. Sintió el calor del hierro ardiente sin necesidad de verlo, escuchó la tela de su camisa rasgarse y vio a Bianca sonreír con oscuro placer por lo que seguía. El metal quemó su espalda. El dolor fue más intenso que cualquier otro. Gritó sin poder evitarlo. Bianca se regocijó al oírla. Azazel mantuvo su calma y lentitud mientras escribía en cicatrices sobre su piel.

—No podemos seguir jugando de este modo —continuó él con tranquilidad a pesar de sus gritos de agonía—. Sin que tú mueras y sin que yo lo haga tampoco. No te culpo. Pero no puedo permitir que continúe. Si piensas jugar para los chicos buenos, entonces deberías hacerlo con sus reglas también. Y eso implica un cuerpo tan mortal como cualquier otro. Así será más divertido para mí. Y la memoria se vuelve limitada cuando tienes tantas vidas, así dejarás de revelar nuestros secretos. Disfruta de tu final, te veré de nuevo en tu próxima vida.

Lo que siguió fue el insoportable dolor del hierro atravesando su columna vertebral y alcanzando su corazón.

Mica se despertó de un salto. El sudor la empapaba por completo, su pecho dolía como si el hierro ardiente todavía la atravesara, su corazón se retorcía en agonía ante el recuerdo. Su primer cuerpo. Así había perecido su primer cuerpo. Así la inmortalidad se había convertido en reencarnación, y su memoria había comenzado a fallar. Azazel le había puesto una correa, para controlar a la asesina que él mismo había creado.

No estaba lo suficientemente bien como para moverse. La debilidad llevaba días manteniéndola constantemente al borde de la inconsciencia. No podía pensar con claridad. Había estado en tantas celdas, que le tomó más tiempo del debido recordar que se encontraba en tiempo de meditación. El hambre le jugaba pasadas horribles. ¿Cuántos días habían pasado desde su última comida? ¿Desde su último vaso decente de agua? Migajas y gotas, eso era lo único que recibía. Lo suficiente para no perecer, pero tampoco para vivir.

Las heridas en su espalda no se estaban curando. Sus manos tenían nuevas marcas de nuevos azotes. Su cuerpo no se estaba recuperando. ¿Ellos notarían lo que el cautiverio le hacía? ¿Siquiera alguien pensaría en ella o habría notado su ausencia? No, los demás especialistas nunca se preguntaban esas cosas. Ninguno iba contra los deseos de la Iglesia.

Pero por cada día encerrada, sus oscuros pensamientos solo aumentaban. Escaparía de allí, quemaría el Vaticano hasta las cenizas, asesinaría a todos y cada uno de quienes la habían lastimado. Eran pensamientos fugaces, susurros de Arabella deseando complacer sus eternos deseos homicidas, pero existían y ese era el problema. Ella esperaba a que Mica se encontrara en su estado más vulnerable para intentar seducirla con ideas impensables.

Escuchó el ruido de una puerta seguido de los fuertes pasos. Se enderezó enseguida. Sus piernas estaban demasiado débiles como para levantarse, sus manos plantadas en el duro suelo para sostenerla, pero mantendría su cabeza en alto tanto como pudiera. El ministro que se detuvo frente a su celda la miró con odio como si fuera el mismísimo anticristo, y Mica apenas se contuvo de sonreírle como tal.

Lo odiaba. A él, a todos, incluso al padre David. Algún día pagarían, todos lo harían. Quemaría el mundo con tal de saciar su venganza. Ira divina o furia demoniaca, poco le importaba cual fuera, solo sabía que todos merecían pagar por lo que le habían hecho. Empezando por ese odioso hombre que no dudó en lanzarle agua bendita antes de coger su vieja Biblia.

Mica ya conocía la rutina. Si ella siseaba como amenaza, le seguirían azotes y ahogamientos. Su garganta también estaba demasiado seca como para emitir algo que gruñidos, así que debía controlarse hasta de respirar si no deseaba ese fin. Cerró los ojos y juntó sus manos. Sus labios estaban demasiado quebrados, moverlos dolía un infierno, pero debía pretender si no deseaba un castigo peor.

Mentalmente le prometió a su madre que seguiría siendo amable, al menos durante el tiempo suficiente hasta que todos se acercaran para cortarles los tendones de sus rodillas y obligarlos a arrodillarse ante ella como debían. Con esos pensamientos, tenía para un largo rato encerrada. Y sabía, muy en el fondo, que en realidad no planeaban dejarla ir pronto a menos que surgiera una emergencia.

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuánto tiempo le quedaría? ¿Ya habría soportado más de la mitad o era mayor lo que le quedaba por delante? Su cuerpo no aguantaría mucho más. Sería incluso peor cuando fuera libre, y tuviera que recuperarse. La comida siempre era lo peor, su garganta muy maltratada como para ser capaz de tragar algo, su estomago demasiado abandonado como para soportar contenido, su cuerpo rogando comida solo para rechazarla al instante por ser demasiado.

La luz la cegaría, sus ojos demasiado acostumbrados a la oscuridad. Su piel se quemaría luego de semanas sin un rayo de sol. Sus pies difícilmente la soportarían todo el camino a su piso. Debería haber huido cuando había tenido la oportunidad. Debería haber cogido la mano del pagano y subido a ese avión. Debería haber huido con los gitanos antes de tomar ese caso. Debería haberse oculto cuando la Iglesia fue a buscarla años atrás, solo para que ella cometiera de nuevo el error de jurarle servicio.

Quizás eso era lo peor. Al menos, durante sus primeras reencarnaciones, debió disfrutar un poco de su niñez, o quizás la amnesia no había sido tan fuerte entonces y el rencor demasiado latente como para ir directo a los brazos de la Institución que le ofrecía su venganza. Pero, en algún momento, la Iglesia había aprendido a identificarla y desde entonces había perdido cualquier libertad u opción de escoger.

Una muerte y un nacimiento en el mismo instante, siempre en la ciudad donde siglos atrás había estado su aldea, siempre una mujer muriendo durante el parto y dejando a una niña huérfana, siempre la Iglesia sonriendo como si hacerse cargo fuera una obra de caridad. Su memoria no ayudaba.

Quizás Azazel le había hecho un favor al cambiar las reglas del juego, quizás era mejor si no recordaba el verdadero dolor que había sufrido y las atrocidades que había hecho en consecuencia. Los demonios eran capaces de recordar a la perfección todo lo que habían vivido, y así eran. Tal vez él había cometido un error, porque por cada vida que pasaba, ella solo estaba más segura de que no regresaría del otro lado.

Cuando el ministro se retiró, Mica se desplomó sin soportar mucho más. ¿Sería de día o de noche? No había ventana, no había modo de saber cuándo comenzaba un día y terminaba otro, y eso la estaba enloqueciendo tanto como el hecho de pasar más tiempo inconsciente que consciente. ¿Sería mucho pedir por una ventana? El aire viciado estaba arruinando sus pulmones y lo sabía. ¿Habría sido el aislamiento pensado para empujarla al borde de la locura?

Eso no era tiempo de meditación. Los azotes no curarían nada. Y su espalda dolía tanto, sus hombros sufrían como si sostuvieran un peso extenuante. Quería cerrar los ojos y tomar una interminable sesión de masajes, sin decapitaciones o demonios entrometidos. O tal vez simplemente quería cerrar los ojos, y que Luc la sostuviera. Daría cualquier cosa por escuchar una sola de sus notas de violín, sabiendo que ese simple sonido sería suficiente para apaciguarla.

No le había mentido. No le había fallado. ¿Por qué le preguntaría él algo así? Pero no la había abandonado, y tampoco engañado al final, y hasta le había dado la pluma que ella había pedido a cambio de sus servicios. Casi sonrió al imaginar lo que él diría de conocer los métodos de la Iglesia para purificar su alma tras todos sus pecados, lo hubiera hecho de tener la fuerza para curvar sus labios. Maldeciría en francés, siempre insultaba en francés.

Hubiera dado cualquier cosa, por una simple palabra en inglés con ese acento, en vez de más cánticos en latín o acusaciones en italiano.

*

Luc estaba seguro que debía existir una infinidad de cosas mejores que hacer un lunes por la mañana, que una reunión de estatus. Eran tediosas, y sospechaba fuertemente que Zed escogía el peor horario y día posible por simple placer de molestarlo, y a todos quienes pensaran como él. La innata rebeldía de la juventud, o algún cliché igual de infundamentado para justificar los insultos de quienes odiaban levantarse temprano los lunes.

Odiaba los encuentros del tipo corporativo, donde todo eran gráficos y estadísticas cuando la realidad no podía ser explicada con simples números. Le hubiera gustado más que nada saltársela, el simple hecho de asistir implicaba mucho trabajo como pedirse el día en el café y encontrar alguien que lo cubriera, ponerse un traje y peinarse, manejar su lengua para que Zed no lo lanzara por la ventana y mil contratiempos más. Pero New York era una ciudad enorme y demasiado importante, demasiado poblada también, y él uno de los pocos que se había instalado allí de modo definitivo, por lo que no podía no asistir.

Envidiaba a Rufi y su habilidad para tolerar las formalidades. Estaba sentado frente a él en la larga mesa de negocios, luciendo tan calmado como si no hubiera dejado su caótico departamento esa mañana. Luc apenas podía contenerse de golpear su cabeza contra la mesa de caoba mientras escuchaba la monótona charla.

Y la preocupación, la cruda preocupación siempre estaba allí.

Contra cualquier instinto familiar, había seguido el consejo de Rufi y dejado de usar su violín para fines personales. Poco a poco, había logrado dejar a su madre sola por las noches e intentar volver a la rutina antes que todo comenzara. Si ella alguna vez en serio se sentía mal, siempre podría llamarlo y él iría a verla enseguida de ser necesario. No sería una recuperación sencilla, y mucho menos corta, pero era algo que ella debía hacer por su cuenta y él no podía hacer mucho más que acompañarla.

Y, lo cierto era, no se preocupaba por su madre. Era una mujer rota, pero una mujer a salvo y rodeada de amor, y tan persistente como para sonreír y actuar como si nada hubiera ocurrido aunque algunos golpes siguieran sobresaltándola y su cuerpo luciera demasiado dañado tras el cautiverio.

Era Mica quien le preocupaba. Dos meses de silencio, eso era demasiado viniendo de su parte. Había intentado contactarla de cualquier modo posible, sin resultado alguno. Incluso había investigado sobre ese bosque que ella había mencionado que le gustaba visitar en vacaciones, solo para frustrarse más y sentir la cruda desesperación susurrarle los peores escenarios.

Ella no era en nada como Joanne, no podía serlo. Ni siquiera compartían naturaleza. Joanne estaba rota más allá de cualquier curación, su alma muy sensible como para tolerar el mundo actual, pero Mica le había mostrado aún ser capaz de sonreír y disfrutar de la vida. Y la extrañaba. Lo cierto era, que la extrañaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Extrañaba sentir el calor de su cuerpo en sus sabanas, su caro perfume en su almohada, sus suaves manos atreviéndose a tocar su piel.

Extrañaba su voz y sus tonterías y el tintineo de sus armas. Extrañaba la franja de color de su ropa interior siempre asomándose debajo de sus prendas, su insaciable apetito, su rápido acento. Se arrepentía de no haberla besado en el aeropuerto como había deseado, de no haber ido tras ella como su madre había sugerido, de no haber luchado por esa chica como ahora sabía que debería haber hecho.

¿Estaba mal pelear por lo que uno quería y consideraba correcto? ¿Era un error desear a alguien que estaba en quién-sabía-qué con otro? No era como si fuera a forzarla, ni ella se hubiera mostrado completamente en contra, pero quizás debería haberlo intentado al menos. Pero Zed había impuesto el tiempo de abstinencia, Ace había estado acechando en busca de una presa tentada por lo indebido, su madre había estado en peligro, y él en ningún instante había creído que Michaela Servadio sería capaz de robarle el corazón.

Solo necesitaba aguantar un poco más, las semanas suficientes para mostrarle a Zed que nada había cambiado y seguía tan fiel a la causa como al principio, y entonces podría tomarse unas vacaciones. Si Michaela no daba respuesta para entonces, y su pensamiento no abandonaba su mente, entonces iría a buscarla. No era como si pudiera hacerlo ahora con todo el trabajo extra que estaba teniendo para compensar su indisciplina, de lo contrario ya hubiera corrido al aeropuerto.

Ni siquiera podía disfrutar del gráfico mostrando que la incidencia del nexus meus había bajado en el último mes. Ese debería ser su momento, el instante perfecto para echarle en cara a Zed que había tenido razón al patearle el problema a la Iglesia, el minuto para disfrutar de su logro y recibir las palmadas en la espalda. Y solo podía pensar que eso quizás le había costado demasiado a Mica.

—¿Es esta charla demasiado aburrida para ti, Lucien? ¿Acaso hay algo que sea más importante que esto?

La voz de Zed, desde la cabeza de la mesa, fue dura y sepulcral. Luc se enderezó al oírlo, el silencio fue absoluto. Cuando el líder hablaba, nadie se atrevía siquiera a parpadear. No en reuniones formales, no cuando el trabajo estaba de por medio. No podía no responder. Nada era más importante con la causa, lo sabía mejor que nadie, sin importar cuan egoísta fuera su mente al preocuparse por otra cosa.

—La salud de McKenzie sigue estable —comentó Rufi.

La mirada de Zed permaneció sobre él un momento más de lo necesario antes de desviarse hacia el nuevo tema. Luc movió sus labios en un silencioso agradecimiento, Rufi solo lo miró de un modo que dejaba en claro que su lista de salvadas solo se extendía más y más con cada día. Le debía demasiadas a esta altura.

La salud de McKenzie, y como esta no empeoraba, tampoco era un tema que le llamara la atención. Se sentía mal desear que el anciano nunca se recuperara, aun más el escuchar que lo más seguro sería matarlo, pero él había husmeado de más y el silencio era lo más valioso. Quería que su madre jamás le hubiera contado sobre lo que sabía, porque esa era otra inquietud más que agregar a la bolsa.

A diferencia de lo que Zed pensaba, nada de eso significaba que en realidad no estaba oyendo. Hizo una mueca al ver las cifras de asesinatos y violaciones, fue incluso peor en suicidios y mutilaciones. Actualmente, New York tenía casi ocho millones y medio de habitantes, en promedio Luc tocaba su violín en cinco puntos de gran congestión durante un día. Era insuficiente. No había modo posible en que su música llegara a todos quienes la necesitaban.

Tal vez era todo en vano, quizás lo mejor sería hacerse a un lado. Tal vez solo estaba cansado, quizás un poco frustrado. La agenda siguió por otra tediosa hora, antes de caer en instituciones. El fanatismo religioso estaba sacando lo peor del ser humano, el miedo empujando a la ignorancia. Unos pocos años más, y sería como regresar a la edad oscura cuando se quemaban brujas y enviaban niños a la guerra.

Ignoró el video mostrando cómo la iglesia apostólica romana manejaba un exorcismo, sus métodos más crueles que los del judaísmo, hasta que un nombre le heló la sangre por completo al reconocerlo. No era posible. Pero cuanta más atención prestaba, más evidente era que el poseído estaba repitiendo el mismo inconfundible nombre para presentarse como la entidad dominante.

La sesión terminó con ese último caso. Contra cualquier acto propio de él, Luc no escapó a la primera oportunidad. Tenía que estar equivocado, porque de no estarlo... Se puso de pie y se acercó hasta Zed. Las personas no podían ser tan crueles a cambio de poder, tan manipuladoras solo para retener lo que deseaban.

—¿Este material es legítimo? —preguntó y Zed apenas le dedicó una molesta mirada mientras ordenaba sus papeles.

—Así fue registrado de manera oficial. ¿O no prestaste atención durante el comienzo del video?

—No, no es eso a lo que me refiero... ¿Quiero decir, de dónde sacaron este video?

—Esto es resultado de trabajo bien hecho y siguiendo las reglas, Lucien —Zed cerró su maletín de un golpe seco—. Algunos sí cumplen mis órdenes, y eso es un trabajo bien hecho. Nuestros infiltrados son nuestros bienes más valiosos en la actualidad.

—Hasta que intentan conseguir info de más y entonces no resulta tan bien. Créeme, sé de ese tema —Rufi apareció a su lado y se colgó de su hombro—. Vamos, Luc. Tenemos un almuerzo pendiente.

—La comida puede esperar —Luc se deshizo del agarre de su amigo y le sostuvo la mirada a Zed—. Te he preguntado algo de buen modo, no merezco que me eches tu mierda encima.

—La información se comparte con los soldados disciplinados, no con críos rebeldes que son impulsivos e irresponsables con su actuar.

—Me he infiltrado con éxito en el nexus meus cuando ningún otro ha podido.

—¿Llamas a lo que hiciste un éxito?

—Has visto los números.

—Tenemos a un anciano que eliminar antes que despierte y revele lo que no debe, permitiste que una enviada del Vaticano se acercara lo suficiente a ti como para haber puesto en riesgo todo nuestro negocio, la Iglesia se ha metido en el juego.

—Lo está reduciendo.

—Lo está haciendo público, Lucien. Entre nosotros, estamos seguro que el silencio es absoluto. ¿Cuánto tiempo crees que pasará antes que el nexus meus aparezca en las noticias? ¿Cuántos crees que querrán buscarlo y jugar para ver si es cierto lo que se dice? —Luc respiró profundamente para mantener el control sobre su voz a pesar de todo lo que deseaba responderle.

—Te he hecho una sola pregunta, y una sola respuesta es lo que espero en retorno. ¿El Vaticano supo dónde se encontraba Zabulon y lo tiene identificado?

—La heterocromía es la marca demoníaca de Zabulon, eso no deja muchas opciones de identificar cuando tienes un puñado de poseídos.

—¿Siempre fue un demonio?

—Demasiado egoísta como para seguir con su servicio.

—Bien, ahí tienes tus respuestas, y yo todavía tengo hambre —Rufi volvió a pasar un brazo sobre sus hombros para alejarlo—. Todos estamos de los nervios esperando ver cómo responderán los demonios a esta situación, creo que deberíamos tomar un merecido descanso.

Se dejó llevar por su amigo, porque supo que de lo contrario no había modo en que eso terminara bien. Su relación con Zed nunca había sido de lo mejor, los últimos eventos habían sido para peor, y era mejor no seguir poniendo a prueba hasta qué punto podrían llegar. ¿Hubiera sido mucho pedir que le respondiera sin tener que echarle en cara todo lo que consideraba mal?

—¿Qué parte de mantener al jefe contento no entiendes? —susurró Rufi mientras salían de la sala—. ¿Acaso no tienes instinto de autopreservación? ¿Quieres que te cuelguen?

—No es mi culpa que él sea tan abominable en su modo de responder, le pregunté una sola cosa.

—Y ya tienes tus respuestas, ahora deja el tema.

—No. Porque si la Iglesia siempre supo de Zabulon... —Rufi se detuvo delante de él y lo tomo por los hombros.

—No es nuestro asunto.

—Hay algo que no tiene sentido en todo esto, una pieza me está faltando. Tú dices que la Iglesia tiene registro de ella a partir de cierta fecha, pero Joanne menciona que existía de un siglo antes. Y tengo que ayudarla. Par Bleu, no tengo idea de cómo explicarte esto, pero sé que necesita mi ayuda.

—Es una chica grande, creo que ya demostró bastante bien que puede cuidarse por su cuenta.

—No entiendes.

Sintió cualquier peso abandonar su cuerpo. ¿Si su mejor amigo no comprendía, entonces a quién recurrir? Lo había apoyado en todo momento cuando se trataba de Joanne, acompañado en todas sus imprudencias por esa chica, guardado su secreto aun si era contra la voluntad de Zed al considerarlo un accionar innecesario e inútil. Contra cualquier orden de Zed, Rufi había actuado y Luc lo había ayudado. ¿Entonces por qué no podía recibir lo mismo en retorno?

Su amigo debió notar la absoluta decepción en su mirada. Rufi suspiró al bajar la cabeza, mascullando una maldición. Tiró de él dentro del ascensor más cercano, y no permitió que nadie más se subiera hasta que las puertas se cerraron. No dudó al momento de presionar la tecla para que el ascensor se detuviera en medio de dos pisos. Lucía igual de contrariado que la noche que Luc había cargado a Mica a su piso y rogado porque la salvara, y Luc fue precavido como para guardar silencio hasta que Rufi se decidió.

—¿Sabes por qué existe el botón de reinicio? —preguntó.

—Las partidas deben jugarse con el tablero en blanco.

—Es lo más seguro, de ese modo tu visión no estará sesgada porque cada partida se sentirá como una nueva. Si un soldado recordara los horrores de la guerra, no habría modo en que volviera a pisar el campo de batalla, y si lo hiciera, sería con demasiado rencor y odio como para resultar un monstruo. Un demonio. La memoria de un demonio es perfecta.

—Ya conozco todo el discurso ese.

—Francia, mil setecientos ochenta y nueve, el violinista del rey debió morir cuando tomaron Versailles. Una novicia enviada directo desde el Vaticano lo ayudó a escapar —dijo Rufi mirándolo a los ojos y Luc calló enseguida—. Post revolución, un músico burgués estaba en la fila para la guillotina. Una sicaria italiana mató al verdugo y a todos quienes estaban llevando a cabo la cadena de ejecuciones. Primera guerra, joven pacifista debía ser fusilado por traidor al negarse a pelear, de nuevo salvado por una mercenaria antes que cumplieran la condena. Segunda guerra, un chico de la resistencia tampoco fue asesinado cuando debió y fue salvado por ella.

—¿De dónde sacaste esta información?

—La memoria de Joanne es perfecta cuando está consciente, su dolor es demasiado como para que aguante mucho en ese estado sin querer quitarse la vida. Ella estaba allí para verlo. Zed guarda registros de todas las partidas por si quieres chequearlo. Puedo seguir así, tenemos unos buenos años que cubrir.

—¿Zed sabe?

—¿Por qué crees que te insisto en que dejes el tema estando cerca de él?

—Aun así, tengo que ayudarla. Si lo que dices es cierto, entonces...

—Luc, hay algo que es muy importante que entiendas y sé que puede llegar a ser complicado, pero a veces las personas no quieren que las ayudes. Puedes gritarles la verdad, señalar toda la evidencia, pero si no quieren escuchar...

—Solo sirve a la Iglesia, para encontrar a Zabulon, pero si esta siempre supo del demonio y no se lo dijo...

—Cada quien es libre de elegir lo que quiere en esta vida. Deja que Michaela decida qué es lo que quiere. No te entrometas.

—Merece saber la verdad.

—¿Y acaso te creyó cuando se la dijiste la primera vez? —Luc apretó los labios al escucharlo.

—No sé a qué te refieres.

—Te conozco desde siempre, eres quien traía heridos a mis manos creyendo que podían salvarse cuando los sujetos estaban casi muertos cuando llegaban. No me es difícil imaginar lo que piensas sobre ella. ¿Te creyó?

—¿Cuál es tu opinión profesional sobre esto? —preguntó Luc y Rufi suspiró al apoyarse contra el muro al otro lado.

—Mi opinión, como médico, es que ella padece una enfermedad autoinmune y solo ella puede decidir cuál será el resultado. Mi consejo, como amigo, es que dejes de llamar la atención de Zed porque Joanne está convencida que Michaela volverá a pasear por aquí en algún momento, y sabes que ella es una estratega perfecta.

Suspiró al echar la cabeza hacia atrás, era fácil para Rufi decirlo cuando no la había visto tan quebrada como Luc lo había hecho. Pero si Michaela no se amaba lo suficiente como para cuidarse y mejorar, no había nada que se pudiera hacer desde afuera. Sin importar cuánta impotencia sintiera por eso. Solo era cuestión de esperar, y desear lo mejor.

—En serio quiero ayudarla —murmuró.

—Lo sé.

*********************************************************************

Por favor no te olvides de dejar tu voto, y puedes encontrar más historias de todo tipo en mi perfil.

Continue Reading

You'll Also Like

162 12 56
Segunda parte de la Trilogía PARA SIEMPRE "Cierra los ojos. Concéntrate en el espacio que te rodea. Siente la desesperación de esas almas. Siente sus...
96K 8.9K 23
Contrario a lo que se cree, el infierno no fue creado por Lucifer, no, el infierno existió a la par que se creó la luz y la oscuridad, las estrellas...
383 22 13
La vida de un solitario joven adolescente, va a cambiar drásticamente al ser asesinado por un ser alado, auto llamándose ángel caído. Pensando que ha...
167K 15.1K 36
■ Esta historia será brevemente editada para no ser eliminada por las nuevas reglas de la plataforma, agradeceré su comprensión ■ ◇ Esta historia fue...
Wattpad App - Unlock exclusive features