ESPACIOS
Fabián Buelvas
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ÍNDICE
Desde el día que te fuiste, Alicia, las cosas han cambiado mucho 9 Espacios 19 Ojos de video tape Mientras camino 39 Informe 51 En construcción 61 31
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DESDE EL DÍA QUE TE FUISTE, ALICIA, LAS COSAS HAN CAMBIADO MUCHO
Desde el día que te fuiste, Alicia, las cosas han cambiado mucho. Para mal, creo yo. Mi medrosidad, que tú apenas empiezas a conocer, me impide resolver hasta el más pequeño inconveniente sin ti. Yo sé que te marchaste por eso, Alicia, nunca te dije qué estaba pasando conmigo. Seguro lo sospechabas. Esperabas que me rasgara las vestiduras delante de ti, que arrodillado me diera golpes de pecho pidiéndote perdón por ser como soy. Jamás haría algo así, no porque niegue que tengas razón, sino por-
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que pensarías que soy una mala persona y yo no soy una mala persona, Alicia, sino un hombre confundido, o mejor, que aparenta estar confundido para evitar asumir las consecuencias de sus actos. Alicia, ese mismo día, el día que te fuiste, en el instante en que sentí que mi corazón era picoteado por buitres invisibles, alguien llamó a la puerta. Nunca pensé que fueras tú, pero desde antes de abrir creí que, al menos, la persona que se hallaba afuera te reemplazaría de un modo imperfecto. Frente a la puerta estaba una señora, Alicia, una señora muy fea, sucia, harapienta y flaca. Me pidió una moneda y -aunque no me creerías- yo accedí. Tú bien me dijiste muchas veces que nunca le diera dinero a mendigos y yo te decía que no, que no lo haría y tú con-
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fiaste en mí, pero las veces que me negué a dar plata a alguien era porque tú estabas a mi lado, haciendo las veces de juez y testigo, convirtiéndome con tu presencia en una mejor persona. Pero ya no estás, Alicia, y yo corrí a buscar una moneda. No encontré ninguna. Supongo que te llevaste todas las que estaban encima de la nevera, el lugar en que reuníamos todas las monedas que llegaban a nuestras manos, bien sea por los vueltos de la tienda o los del bus. Tú siempre imaginaste que yo no contaba esa pila de dinero, que me daba igual, pero lo cierto es que revisaba a diario y me percataba de que tú tomabas casi todo, dejando lo suficiente para que yo no sospechara. Siempre lo supe, Alicia, pero callaba para no incomodarte.
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Me tocó darle a la señora un billete de diez mil, que era lo único que tenía en el bolsillo. Lo tomó y se fue, y yo me sentí tremendamente triste porque no quería obsequiar semejante cantidad de plata. Supongo que ella agradecerá mi gesto por siempre. Tú, si supieras lo que hice, te asombrarías de mi falta de carácter. Ya recogí las cosas que olvidaste al partir. Dejaste cuatro blusas, dos pares de medias, un paquete de toallas higiénicas, tu bolsa con maquillaje, tres anillos de plata y un montón de aretes. Guardé todo en una caja que, de no ser por esa señora que llegó justo cuando te fuiste, ya estaría en la basura. Sí, la señora regresó al día siguiente, Alicia. Quería otra limosna, pero esta vez yo no tenía billetes ni monedas ni nada, salvo esa
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caja tuya que ya no quieres o no necesitas. Dudo mucho que algo de lo que allí hay le sea útil, aunque tal vez ella tenga hijas o nietas con un físico similar al tuyo. Sé qué si pudieras ver lo que hago ahora me reprobarías aún más que si me hubieses visto anoche, porque esta vez he regalado cosas tuyas; o quizá son mías ahora, me las obsequiaste antes de partir y apenas caigo en cuenta. En todo caso no las quiero, está bien que las regale. Siento que así me congracio contigo, que actúo sinceramente ante el recuerdo que de ti tengo. Tú lo sabes, de alguna forma lo sabes, te enteras de cómo me estoy comportando. No es así. Mi sinceridad me aleja más y más de ti. Te repugnaría verme tan débil, tan fácil de manipular. Lo sé, quisiste forjarme a tu
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imagen y semejanza. Yo, al aceptar ese trato, comencé a tejer una red falsedades que se deshizo con tu partida. Me desconocerías si me vieras nuevamente. Dejé de ir al trabajo, ese que tanto te hizo feliz cuando lo obtuve; nunca me gustó, lo odié en secreto. Cuando suena el teléfono miro el identificador de llamadas: si es de la oficina no contesto. Memoricé los catorce números telefónicos de la compañía para evitar caer en la trampa de que me llamen por un número diferente y contestar pendejamente. El celular lo arrojé por la ventana; supuse que quienes me llamaban querrían escuchar mis excusas. Me he vuelto precavido, Alicia, no quiero darle explicaciones a nadie. Tampoco las pido. No quiero que mi vida sea un
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ajuste de cuentas con las vida de los demás, así no funciona ahora. Aquella señora pedigüeña ha venido por tercera vez. Entró al apartamento sin mi consentimiento. Ha husmeado todo el apartamento: revisó los armarios, la nevera, los cajones, la biblioteca, todo. Yo siempre iba tras ella, esperando no se qué. Una orden, tal vez. La señora me miraba ocasionalmente, a la expectativa de un juicio mío. Luego, como yo no decía ni hacía nada, dejó de determinarme. Se dirige a mí cuando tiene hambre. Llamo por teléfono a la tienda y pido un domicilio. Hace días que se me acabó la plata, así que me toca pedir fiado. No sé cómo voy a pagar la cuenta de la tienda, los servicios públicos, la televisión por cable, las suscripcio-
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nes de las revistas y los diarios. Las cuentas se acumulan; yo sólo atino a recoger las facturas del piso y dejarlas sobre la mesa, como si observarlas tanto me diera alguna idea para conseguir dinero y pagarlas. La señora ha dejado entrar más gente. Llegan, comen y se van. El muchacho del domicilio me mira extrañado cuando trae algún pedido; yo también lo observo, le digo que siga apuntando todo a la cuenta, que pronto pagaré. Ya no tengo cama, ni televisión, ni libros: todo se lo han llevado, me siento cómplice de un robo. Nada de esas cosas las considero mías, Alicia, por eso no las cuido, aunque me entristezco al saber que todo se derrumba bajo mi tutela, que este apartamento de locos no podrá sostenerse, que no soy nada sin ti y
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que te necesito para ser otro, ese que no soy pero que ahora extraño. No sé qué hacer Alicia, o sí sé pero no me atrevo. Te necesito para ser una sombra de mí mismo. ¡Alicia, Alicia! ¡Te digo que se están llevando todo, las cosas, nuestra vida! Cientos de personas sucias y harapientas destrozan el apartamento y yo veo, veo cómo lo hacen. Ya no sé, no sé cómo llamarte, ven a salvarme, Alicia, ven pronto, te lo ruego.
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ESPACIOS
Estela y yo somos como hermanos. Nos es difícil precisar hace cuánto tiempo habitamos esta casa porque ni a ella ni a mí nos interesaba llevar la cuenta. Ahora sí nos preocupamos por ello, pero nuestros recuerdos conjuntos están tan llenos de bruma que determinar la fecha en que fueron concebidos es difícil y doloroso. Por el espacio ya no disputamos. Hemos dividido la casa por segmentos: módulos de no agresión, vallas divisorias, imaginarias, tan efectivas como si estuviesen electrificadas. La costumbre, en condiciones hostiles, crea un apa-
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rente efecto de respeto entre las partes beligerantes, que en este caso somos ella y yo. Por razones evidentes la cocina es territorio neutral; aún así, evitamos encontrarnos. Nuestra dieta se ha visto afectada por esta situación: yo como dos veces al día, entre el ocaso y el crepúsculo, mientras que ella lo hace –supongo- en algún momento del tiempo restante. Los alimentos los trae el chico de la tienda, ella los reclama por la entrada principal y yo por la pequeña puerta de metal que está en uno de los extremos del frente de la casa, colindante con el callejón. Pagamos todo de contado, la pensión que cada uno recibe es suficiente para cubrir gastos de alimentación por separado. Los servicios públicos siguen siendo mutuos; como no
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hayamos una forma satisfactoria de separar los recibos, dejamos la mitad del dinero sobre la mesa de la sala el tercer día de cada mes y nos turnamos en los pagos. Así que creo que, al igual que yo, Estela únicamente abandona la casa una vez cada dos meses. El día en que ella sale mi soledad es inconmensurable. Su ausencia, que debería ser el indicativo de mi victoria, es algo que me perturba. Podría no dejarla entrar, cambiar las cerraduras mientras ella no está, gritarle desde dentro que por fin la casa es mía, pero no. Me urge que regrese, que justifique con su hostilidad mi presencia en este lugar. *
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Recuerdo la última vez que estuve con ella. Estar, es decir, juntos, cerca y sin precauciones mutuas. Fue en un velorio. Ella lloraba desconsolada frente al pequeño féretro. Yo la miraba de lejos, como si al ser testigo de su dolor éste fuese a aliviarse. Debí acercarme más, decirle algo, convencerla de que su sufrimiento era también mío, hallar por fin una forma de congraciarnos entre la muerte. No. Después de aquel día ella nunca volvió a ser la misma. En realidad, no volvimos a ser los mismos. Cada momento que compartíamos juntos nos alejaba hasta hacernos desconocidos. Yo le reprochaba el estado de postración en que había caído luego del funeral: comía poco, hablaba menos, estaba irascible. Dejó de tinturarse el pelo, de regar las plantas. El punto más álgido de
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su drama fue cuando no volvió a cantar en la ducha. Cada uno de sus nuevos y extraños comportamientos me obligaba a estar cerca de ella, infructuosamente. Yo le reprochaba lo sucedido. Sin saberlo, aquel féretro sirvió de coraza para ambos. Fue, en parte, lo que permitió que usáramos la casa como un campo de batalla; en guerra, pero juntos. * Sé que regresó de la calle porque escuché el ruido de sus llaves, de la puerta que se abre y que se cierra. Con sigilo, sube a su habitación en el segundo piso. De ahí en adelante no puedo percatarme de nada. Empieza a protegerse.
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* Hay una habitación vedada para ambos. Allí están guardados la ropa, los juguetes, la cuna y demás enseres. En su momento decidí que era mejor conservar todo por si podía ser utilizado en el futuro. Ella quería botar todo a la basura pero yo me negué. La imposición de mi criterio fue otro duro golpe para ella quien, en retaliación por lo sucedido, juró nunca más darle uso a esos objetos. Aquella habitación no es custodiada. Tampoco tiene candados: no hace falta, ninguno de los dos desea entrar allí. Es el terror, no lo prohibido, lo que es capaz de detener a las personas. *
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Estela sale hoy. Quisiera que viviéramos en una isla desierta para no tener que pagar la luz, el agua, el gas. En casa no hay relojes pero yo, irremediablemente, calculo el tiempo cuando Estela no está. Observo el movimiento de las sombras, la afluencia de gente en las calles, hasta el ruido intempestivo de la vieja nevera me permite saber el paso del tiempo. La prolongación de los segundos, los minutos, las horas, saber que todo fluye es lo que nos indica a Estela y a mí el avance de la vida y el mundo a pesar de nosotros mismos. * Ha llegado tarde e inusualmente acompañada. El hombre, un polic-
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ía, tiene dos bolsas en cada mano. Las deja frente a la puerta y se marcha. Estela abre, toma las bolsas y cierra. Me ve agachado en la ventana, casi al lado de la puerta, cruzamos miradas y me preparo para la guerra. Camino con rapidez por todos los rincones que están bajo mi custodia, esperando con ello intimidarla. Ahora está en la cocina. Ha cerrado la puerta. * Alguien toca el timbre. Estela abre. Son dos hombres. Los invita a seguir y suben al segundo piso, parece que se dirigen a la habitación vedada. Temo. Llegan más policías, uno de ellos es el de las bolsas. Traen cerveza, carne y mujeres. Estela enciende el viejo equi-
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po, va a la cocina y trae pasabocas. Las personas caminan por la casa, irrespetan el acuerdo tácito que hice con ella. Los dos hombres que subieron al segundo piso bajan las escaleras cargando pesadas cajas. Es evidente que están vaciando la habitación vedada. Todo lo que van sacando lo ubican en el jardín si en menor cuidado. Los adornos se rompen, los peluches se ensucian, la madrea se quiebra y con ella el pasado. Estela, al pie de la puerta, observa: es inútil, no puedo leer su rostro, me es incomprensible ahora, la desconozco, sus movimientos son nuevos, ella es otra. Yo me escondo bajo los muebles, detrás de los estantes, esperando que todo esto termine y mi vida con Estela sea normal de nuevo.
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* Estela está rompiendo nuestros pactos. Baila, ebria y vieja, sobre la mesa: todo el peso de los años se le vino encima, de golpe, cuando decidió modificar las reglas y traer el tiempo a esta casa. Ya todo es tangible, objetivo, cierto. Los viejos fantasmas ceden ante las nuevas personas. Los policías me buscan bajo la mesa, me sacan de allí a empujones, me patean, me escupen y me gritan. No sé qué hacer, quedo inmóvil a la espera de que todo vuelva a la normalidad pronto. Levantan entre todos mi cuerpo y me arrojan por la puerta. Caigo sobre los enseres del que fuera el cuarto vedado. Hace frío, me siento extraño. Estela sigue bailando
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sobre la mesa. Es hermosa. Todas las luces de la casa están encendidas, la gente camina de un lugar a otro, conversan, ríen. Me tumbo boca arriba y contemplo las estrellas.
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OJOS DE VIDEO TAPE
No ves que espero resucitar mientras miras esos ojos de video tape Charly García
Postrado ante ti me encuentro. Una frase cursi para una patética historia. Vivo en un segundo piso, justo en frente de la casa de Lucía. Ignoro si se llama Lucía: yo le he asignado provisionalmente ese nombre mientras averiguo el verdadero. Es posible que nunca lo haga.
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Me dedico a espiarla desde la ventana de mi habitación. Arrodillado, observo por una rendija de la persiana todos sus movimientos. Mi campo visual incluye la puerta de su casa, la ventana grande del primer piso (que deja entrever detalles de sala y comedor), la de su cuarto y la del cuarto de sus padres. Conozco todos sus movimientos: a qué hora llega, se va, o almuerza. Sé cuándo hay fechas especiales, qué día hacen la compra o salen de paseo familiar. Poseo un control casi total sobre la vida de los individuos de la casa de enfrente y, por supuesto, de Lucía. Me despierto a las 5:30 a.m. En casa de Lucía lo hacen entre 5:45 a.m. y 5:54 a.m. Aprovecho ese tiempo para cuadrar el zoom de mi cámara de video y acomodarla en
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la parte inferior izquierda de mi ventana, mientras yo hago lo mismo en la parte inferior derecha. Persiana abajo, rendijas casi cerradas. Lucía enciende la luz de su cuarto y yo presiono REC. Al principio no pasa nada; ella tiene la costumbre de quedarse sentada en la cama por unos siete u ocho minutos, luego se levanta, se desviste, toma un baño rápido, se arregla y baja a desayunar. Ignoro a qué se dedica, si trabaja, estudia, o ambas. Sea lo que sea regresa a su casa a mediodía, entre las 12:00 p.m. y las 12:08 p.m. Los lunes, martes y jueves vuelve a abandonar la casa a la 1:45 p.m., 1:50 p.m. máximo, y no tiene una hora fija de llegada. Los miércoles por la tarde se queda leyendo en su cuarto. Me es difícil tener un registro ordenado sobre sus actividades durante los fines de
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semana, pero es posible concluir que toma cerveza (dejó alguna vez una lata vacía en el andén de su casa) y baila (se pone curitas adhesivas en sus pies los domingos y lunes por la mañana). Tengo mil ciento treinta y dos grabaciones. Setecientos treinta y nueve fotos y cientos cuarenta y cinco relatos escritos -obtenidos antes de comprar la cámara- complementan el material recogido hasta el día de hoy. También poseo un bonus track con eventos especiales como cumpleaños, navidad, reuniones familiares y parrandas con amigos. Categorizo el material según lo que creo son los estados de ánimo de Lucía, registrando el día y la hora en que fue tomado. Mi vida transcurre escondida entre la suya. Me adapto a su tiempo y a su espacio. Soy su tercera
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persona, la voz en off, el narrador omnisciente de sus trivialidades. Lucía es mía: yo la creé juntando los trozos de la historia de una mujer que desconozco. Mi labor es ser productor y espectador en simultáneo; conozco los detalles, ignoro el final. Edito los videos que grabo. Tengo múltiples segmentos de Lucía comiendo, abriendo la puerta de su casa, o atendiendo a algún indigente que se acerca a la reja pidiendo dinero o comida. Sus gestos son los mismos en cada una de las imágenes, casi se diría que sólo cambia de ropa. A veces me masturbo con las tomas de Lucía vistiéndose, o Lucía desnuda. Lo hago para reafirmar mi conexión con el personaje, cerciorándome así de su credibilidad. También tengo reproducciones completas
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de ciertos días de Lucía, sobre todo de aquellos en los que pasa más tiempo en su casa, bien sea porque está enferma, de vacaciones, o porque simplemente no salió. Conozco sus secretos. Sé, por ejemplo, que algunas veces por la madrugada deja entrar a un hombre que parece ser su novio. Él, frente a su ventana, la llama a su celular. Ella enciende la luz del cuarto, se asoma, le hace una señal y apaga la bombilla. Tres minutos después, sigilosamente, abre la reja y la puerta de la casa. El tipo sube a la habitación, hacen el amor y Lucía lo deja salir a las 5:00 a.m. En ciertas ocasiones dejan la luz prendida; he notado que la iniciativa es de él. A ella no le gusta chuparla pero él insiste. Lucía, complaciente, accede casi siempre. Dos veces él se ha corrido en su boca:
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cuando eso pasa ella le manda un puño al pecho, se levanta y corre hacia el baño. Tiran tres veces seguidas en un lapso de una hora u hora y diez minutos. Él no usa condón. Lucía toma pastillas regularmente. Ha habido una discusión familiar en la sala, durante la cena. Creo que Lucía inició todo porque los primeros que empezaron a mover las manos de forma exagerada fueron sus padres. Hay gritos. La madre llora. Lamento no haber comprado un micrófono parabólico. Sea lo que sea es grave, la situación es irregular; no tengo registros de algo parecido. Lucía se levanta de la mesa, corre a su cuarto y se lanza sobre su cama. Está boca abajo, seguramente llora. Horas más tarde llegó el supuesto novio de Lucía. Se paró
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frente a la casa y empezó a gritar su nombre, el cual no mencionaré por considerarlo una blasfemia, un artificio de la realidad de Lucía que intenta colarse a empujones por la mía. Los padres salieron a la puerta, le dijeron que se fuera, que no joda, que ya su hija ha sufrido mucho y no le van a permitir que se acerque a ella. El fulano sacó un arma y les apuntó amenazante. Los padres se quedaron fríos y en ese instante apareció Lucía con una maleta, gritando. Le pidió al tipo que guardara el arma y él accedió. Los padres entraron a la casa. Minutos después él y Lucía tomaron un taxi y se marcharon. Hasta el día de hoy la irregularidad de las situaciones persiste. Ayer, un carro se detuvo por la noche frente a la casa y lanzó una piedra, rompiendo uno de los vi-
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drios de la ventana de abajo. Esta mañana ha venido un camión de mudanzas. A medio día la casa estaba deshabitada. La ausencia de Lucía no es un problema para mí. No pienso seguirla ni hacer nada para localizarla. Mi interés no es trastocar la vida real que he construido; llegar a conocer las cosas que ignoro puede generar contradicciones con la Lucía que he forjado durante todo este tiempo. He dado un giro de ciento ochenta grados a las cosas que hay en mi habitación, incluyéndome. Mi visión se hace estrecha, la pared blanca de mi cuarto es mi principal referente. Frente a mí están el televisor y el DVD. Cerré por completo la persiana y pateé la cámara hasta hacerla añicos.
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Reproduciré una a una todas las imágenes que tengo de Lucía y de aquella casa. Será como tener un atroz deja vú que se extenderá indeterminadamente. Seré un espía del pasado. Ella aparecerá ante mis ojos como la imagen que siempre ha sido. Reordenaré según mi voluntad los trozos de su vida, lanzaré conjeturas sobre sus actos, formularé hipótesis alrededor de su comportamiento diario. No necesito a Lucía. Tengo todas las respuestas. Esta vez conozco el final.
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MIENTRAS CAMINO
[…] la Compañía Telegráfica Cosmodemónica de Norteamérica: siempre me examinaba los zapatos, el sombrero, el abrigo, para ver si estaban en buenas condiciones Henry Miller
Camino todas las mañanas hacia mi trabajo. Unos veinte minutos, traducidos en doce o quince cuadras, separan mi casa de la oficina. Llego puntual, siempre. Lo detesto. Se esfuman los mejores años de mi vida llenando
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papeles, aprobando formatos y revisando cuentas. Que firme esto, que firme aquello, que la reunión es tal día… órdenes que no son más que la suma de miles de trivialidades, sistematizadas de tal manera que cobran una aparente relevancia. Silvia, la recepcionista, se siente igual que yo. Somos los únicos con algo de cerebro aquí, le digo, y se ríe. Dice que lo que más le causa gracia es esa costumbre que tienen todos los empleados de enviarse memorandos. Lee éste, me dice: De: Sulma. Para: Rodrigo. Me permito informarle a usted que acabo de enviarle los folios con la información que solicitó.
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Agradeciendo la atención prestada a la presente. Sulma Ferrer. Líder de management. ¿Por qué lo hacen? – pregunta dirigiéndose a mí, como si yo tuviese la respuesta- Es ridículo, trabajan en la misma oficina, ¡en el mismo puesto, casi! Y yo tengo que lidiar con esto, tengo que ir a la oficina, recoger el memorando de Sulma y entregárselo a Rodrigo, a dos o tres metros de distancia. Sólo quieren protagonismo, le respondo a Silvia, quien se encoge de hombros y reanuda sus oficios. Silvia tiene tullidas las piernas, pobre. Según me cuenta su problema es de nacimiento, tal vez a causa del polio. A pesar de todo es la más eficiente de las empleadas.
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Incluso si contabilizamos todo el tiempo que gasta cuando va a orinar, su efectividad como secretaria sigue siendo, de lejos, la más destacada. Tiene algo más de cincuenta y cinco años, calculo yo, pero se desenvuelve como la más tierna de las jovencitas. Vive sola: su marido, con quien no tuvo hijos, murió hace algunos años. A veces la veo sentada en su escritorio, con la mirada fija en cualquier parte, moviendo rápida y acompasadamente los dedos de sus manos. Supongo que es su forma de contar las semanas que le faltan para jubilarse, como si no lo supiera; en un par de años estará descansando en su casa, gastando su tiempo en ver novelas, durmiendo plácidamente toda la noche. Ya, ya, piensa en otra cosa, me digo para mis adentros. Mientras
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camino, intento alejar de mi cabeza cualquier suceso referente al trabajo, pero se me dificulta hacerlo. Después de todo, los recuerdos desagradables son los más nítidos y recurrentes. Ayer en el cumpleaños de Linda escuché una canción que me gustó mucho. Hoy recuerdo sólo dos palabras de su letra: lasaña y marihuana. Era una salsa, o tal vez latin jazz. El asunto es que ahora no sé cómo era la tonada, mucho menos los coros o uno de sus versos. Le diré que me consiga esa canción, pienso. Linda es mi compañera de trabajo y mi amante, seguro que me hará el favor. Ayer, además de su cumpleaños, se mudó a un apartamento: ya no vivirá más con sus padres. Parece que te está yendo bien, ¿no? Algo,
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me dice, mientras bebe un poco de vino. Yo sé que ella realiza pequeños desfalcos a la compañía, robos minúsculos que sólo podrían ser detectados por el contador, y ese soy yo. Ella sabe que yo sé de sus andanzas, o al menos ha de sospecharlo. Aún así su secreto está seguro conmigo, no porque la ame, sino que siento hacia ella un poco de lástima. Al fin y al cabo Linda es igual que Sulma o Rodrigo: gente desesperada que consigue trabajos agobiantes para ganar algunos pesos mientras –aseguran- consiguen algo mejor. Eso, sumado a su ineptitud y su indiferencia para con sus labores, los mantendrá estancados en ese sitio por el resto de sus vidas. Qué digo, no permanecerán allí tanto tiempo. En estos momentos
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la empresa es un caos financiero, es mucho más el dinero que se debe que el que se tiene, se han pedido préstamos a cuatro bancos sólo para pagar puntualmente a la nómina; la próxima semana la cafetería será remodelada porque, según el psicólogo, eso mejorará la autoestima y la actitud de los empleados hacia su trabajo. Yo apruebo todo, aprobado, aprobado, aprobado. Estampo ese sello a cuanto papel cae en mis manos, evitando así posibles cuestionamientos que hagan mi trabajo más dispendioso. Los informes los maquillo mensualmente. Invento proyecciones, agrego ceros a la derecha, hago los balances tan complejos que a cualquiera le daría pavor ojearlos siquiera. Con eso logro que la empresa parezca sólida como un roble
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hasta que llegue el Día del Juicio. Así la bancarrota será más aparatosa. Soy el amo y señor absoluto de todos esos rufianes que se creen trabajadores. Sus vidas dependen de mí, y yo hace rato que las mandé al carajo con el primer préstamo secreto que hice. Según mis cálculos, la situación se prolongará algunos meses más hasta que los bancos empiecen a llamar al jefe para cobrarle. Cuando eso pase habré renunciado y estaré rumbo a otra ciudad. A la mierda Sulma y Rodrigo y el resto. Todos ellos. Lo siento por Silvia: la pobre vieja morirá de un infarto al saber que sus cesantías están desaparecidas; de todas formas ya ha vivido mucho, no echará de menos dos o tres años como pensionada. Estoy seguro que Lin-
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da no se sentirá mal; de todos modos ella también roba. Le será fácil conseguir otro empleo, tal vez uno igual de detestable. Ahora yo esquivo carros, zigzagueo motos y atravieso calles desaforadamente. Ya estoy a una cuadra del edificio donde trabajo. Su fachada blanca, sus ventanas negras y su sobrio letrero generan calidez y confianza, o eso esperan que la gente crea. Extiendo mi pañuelo y me seco un poco el sudor. Ya puedo ver, a lo lejos, los rostros de algunos de mis compañeros de trabajo.
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INFORME
No logré terminar el informe hoy. Tengo muchas ganas de hacerme el loco, mandar todo al carajo y largarme de aquí. Puras pendejadas mías, bien sé que no puedo. La Compañía lo prohíbe, tengo un millón de deudas y he empeñado hasta el culo. Y el informe no avanza. El tráfico tampoco. Hace más de una hora que estoy en el auto y sólo me he movido un par de cuadras. Debí haber caminado. También debí pegarle un puñetazo en la cara al jefe y culiarme a Susana en el ascensor. Razones: al primero por ser un hijueputa explotador y a
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la segunda por tener unas tetas deliciosas, paraditas, con la silicona en su punto. Ni lo uno ni lo otro. Soy un cobarde y un marica. El auto de al lado es manejado por una rubia entrada en años que se viste como quinceañera. En la parte de atrás un niño juega con una pistola de dardos de plástico, de suerte que uno de ellos alcanza a la señora. La fulana se da la vuelta y encaja en la cara del niño una soberbia cachetada. En ese preciso instante ella se da cuenta que la miro y su rostro cambia, impresionada. Inmediatamente se percata de que soy un don nadie y se vuelve hacia el frente. El chico llora. Yo también miro al frente. Aprieto el timón con ambas manos como si estuviese a punto de iniciar una carrera a muerte. El niño sigue llorando como un condenado
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y yo evito mover la cabeza. Qué me importa el niño, al fin y al cabo. El tráfico avanza algunos metros, me muevo a la par del auto de al lado. Puedo escuchar cómo la onda que produce el berrinche del pequeño se expande y se contrae según el movimiento del vehículo. Quiero subir las ventanas pero el aire acondicionado no funciona y el calor es espantoso. Me desabotono la camisa. Sudo a chorros. Soy un espanto al volante. Mi celular suena. Es Susana. Lanzo desesperadamente el teléfono hacia la parte trasera de mi carro, como si estuviese infectado. Ella quiere una respuesta y yo hago magia para esquivarla. Quiere que le defina qué somos, como si otorgarle un status fuese a modificar las cosas. El ultimátum que me dio vence hoy. Por esa razón bajé por
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las escaleras del edificio donde trabajo y no tuvimos sexo en el ascensor, tal y como lo hemos venido haciendo desde hace varios meses. Ella dice que no soporta la situación, que está mezclando sentimientos con sexo y que eso le aterra. Vamos, mujer, que sólo me gustan tus tetas. A veces quiero decirle eso pero me contengo. Susana estaba muy ansiosa hoy. Me persiguió por todas las oficinas del edificio con la intención de forzar encuentros casuales. Se veía ridícula fingiendo desinterés. Tenía puesto un vestido rojo que estimuló aún más mi deseo de verla desnuda. Susana también tiene piernas firmes y un culo respetable. Lo de reparar siempre en sus tetas es perversión mía. Ella llegó al cubículo que tengo por oficina. Un acto muy arriesga-
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do de su parte, si es que la conozco bien. Hablamos del informe y prometí tenerlo listo para el día siguiente. Yo quería minimizar el tiempo de la reunión y ella extenderlo con preguntas triviales: ¿cuántas páginas tiene? (no sé, no he terminado) ¿el análisis muestra que los objetivos se cumplieron? (no sé, no he terminado) ¿los resultados son congruentes con la realidad? (¡maldita sea! No sé, no he terminado). Al finalizar el interrogatorio quedamos, como siempre, en irnos juntos. Pero yo soy un mierda, incumplí el pacto y sigo solo en mi auto. La fila de autos empieza a desaparecer y la fila avanza cada vez más rápido. El sol se está poniendo y, sin proponérmelo, advierto la causa del embotellamiento: un muerto, echado ahora a
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un lado de la carretera, es revisado inútilmente por los paramédicos. Botó mucha sangre, su cabeza está rota y descompuesta; debió ser una muerte agónica. Suben el cuerpo a la camilla y la ambulancia parte velozmente. Al llegar a casa le cuento el incidente a mi mujer. Es espantoso, dice, mientras sirve la mesa. Luego se detiene junto a mí y me da un beso en la mejilla, no vayas a partirte la cabeza por ahí. Sonrío. Mi hambre es atroz y la cena parece que va a demorarse. Desde que vivo con Estela nunca he cenado a una hora exacta. Ella también trabaja pero insiste en cocinar, al menos por la noche. Dice que le gusta, que así se siente útil en casa. Yo siempre he sido y seré un holgazán, Estela, le digo a veces en broma. Nunca saco la basura, recojo los
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platos de la mesa o exprimo la pasta de dientes tal y como a ella le gusta. Aún así le parezco un buen esposo. Escucho sonar el teléfono varias veces. Desde la cocina, Estela me pide que lo conteste. Me levanto precipitado a buscar el aparato, ese inalámbrico nunca está en su sitio. Lo encuentro en el sofá y contesto mientras recuesto mi espalda. Es el jefe, pregunta por el informe. Ya casi, ya casi, le digo, es sólo acomodar unas gráficas y hacerlo más entendible para los dueños de la empresa, usted entiende, los gerentes siempre quieren leer una estrategia de un año en dos párrafos ¿qué cómo salió? pues bien, la compañía va viento en popa, claro, mañana temprano es la reunión, los correctivos los reali-
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zaré esta noche, pierda cuidado. Mañana temprano, adiós. La cena está servida. Hay suficiente cantidad de espagueti para mitigar mi hambre. La Coca-Cola también ayuda, quedamos satisfechos. Estela recoge los platos y se dirige a la cocina. Justo en ese momento llaman a la puerta. Es Susana. Está radiante, tiene aún el vestido rojo y a mí me asalta el pensamiento de esta mañana. Saluda a Estela y luego a mí, y los tres nos sentamos en el sofá. Susana y Estela intercambian recetas de cocina y yo me pregunto por cuánto tiempo más Susana va a hacerse la loca. Cierro los ojos y finjo somnolencia. Por fin, Susana pregunta por el informe. Ya te lo muestro, voy y busco el portátil, digo. Estela, complaciente, va por él sin que se
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lo pida. Abro un documento de Word y escribo NO HE HECHO EL INFORME, y le paso el computador a Susana. Ella lo mira y simula reflexionar. Teclea, murmura y me pregunta aspectos de redacción a los que yo contesto con precisión. Es un buen informe, dice. Susana decide marcharse y la acompaño a la puerta. No me pregunta sobre lo nuestro ni su qué somos. Ya conoce la respuesta. Nos vemos mañana, me dice. Sí, nos vemos mañana, atino a decir mientras cierro la puerta.
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EN CONSTRUCCIÓN
Un sonido seco y violento llamó nuestra atención durante la cena. Venía del segundo piso de la casa. Detuvimos los cubiertos y nos miramos entre sí esperando que alguien especulara sobre lo sucedido. Segundos después mi madre intervino mientras tomaba con el tenedor un poco de espagueti. - Allá arriba está Germán. Si algo ha pasado, él nos avisará. Seguimos cenando. En la mesa estábamos mi madre, mi padre, el abuelo, Clara y yo. Teníamos la costumbre de comer en la mesa,
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juntos, nada de cenar en el sofá o las habitaciones. Clara, la esposa de mi hermano Germán, tardó un poco en acostumbrarse; después encajó a la perfección en nuestra rutina familiar, o al menos simulaba bien. Al terminar la cena mi padre se apresuró a buscar la escalera de madera que estaba en el patio. Subió al segundo piso y tardó unos diez minutos en bajar. - Miré por todos lados y no vi a Germán. Sólo los materiales de la construcción, su colchoneta y su linterna. Mi hermano Germán quería hacer su casa sobre la nuestra. Había estado ahorrando desde que consiguió un buen trabajo como ingeniero hace dos años. Cuando no estaba en la oficina se lo pasaba
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frente al computador haciendo planos, esquemas y redes desconcertantes que me hacían ver como un ignorante, sobre todo si Germán intentaba explicarme esos asuntos sin que yo se lo pidiera: “Pero si es fácil, acá es equis, acá es ye, este lado es positivo, este otro negativo.” A mí me invadía una ira terrible y silenciosa como un cáncer que procuraba apaciguar dándole puñetazos a un costal de boxeo que instalé en el patio. Todas las noches reventaba a golpes aquel saco una o dos horas según el nivel de mi rabia. Mientras los obreros construían la casa, mi hermano y Clara vivirían con nosotros. A mi madre le fascinaba la idea de tener a su hijo mayor tan cerca: “Mira, cuando termines la carrera levantas tu casa en el tercer piso”, me decía medio
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en broma, medio en serio. Yo lo que quería era largarme pronto de esa casa pero no tenía el dinero y, lo que es peor, tampoco poseía la suficiente fortaleza espiritual para estar lejos de mi madre. Germán desconoce esa tara en su vida y por eso arma una casa en el segundo piso; yo, que sí sé, sigo dándole al costal por las noches. Como el barrio era inseguro y la construcción apenas empezaba, Germán, que estaba de vacaciones, cuidaba los materiales. Subía al segundo piso apenas se ponía el sol y bajaba al amanecer. Todas las noches se armaba con una colchoneta, linterna, un radio y montones de frazadas para protegerse del frío y los mosquitos. Clara subía a veces por la madrugada con una jarra de café caliente y bajaba junto con mi hermano por las mañanas.
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Al abuelo nunca le gustó la idea de Germán: “Carajo, muchacho, no puedes estar toda la vida bajo las faldas de tu madre”. De todas formas sus opiniones poco o nada eran tenidas en cuenta: estaba viejo, sordo, y la memoria le fallaba. Su deterioro fue implacable luego de la muerte de la abuela. Poco a poco se fue alejando de todo contacto exterior y limitó su espacio a esta casa que de todos modos era la suya. Pronto, empezó a disputarla con mi madre. Decía que ella y su esposo se la habían robado, pero que ahora estaba empeñado en recuperarla. Las veces que el abuelo pedía a gritos que nos fuéramos yo sentía que teníamos el deber de hacerlo, que mi madre era una vividora y que mi hermano no podía repetir lo que mis padres hicieron hace años. Nosotros ig-
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norábamos los gritos del abuelo pero podíamos respirar el desasosiego que causaban en la casa. Por las noches mis padres y Clara veían tres novelas seguidas, cosa que los mantenía entretenidos por un largo rato. Frente a la tele nueva (que era de Germán) había un sofá en el que los tres se acomodaban casi sin moverse, comentando los pormenores de la trama o sus opiniones al respecto. Mi abuelo se dormía luego de cenar y yo, presa del ocio, lavaba los platos, recogía la mesa y, finalmente, salía al patio a darle golpes al costal. Entonces lo vi. Al principio creí que era un perro negro echado en nuestro césped o tal vez más materiales de construcción. Poco a poco la imagen real apareció; para cerciorarme encendí la luz de la
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terraza y, en efecto, no era ni lo uno ni lo otro. Llamé a mi madre con una voz que apenas si pude reconocer como mía. Le señalé lo que vi. Era Germán, desparramado en el césped. Mi madre abrió la puerta desesperadamente y se echó a sus pies; sobre él se abalanzaron enseguida Clara y mi padre. Intentaron hacerlo reaccionar por si las dudas pero era evidente que estaba muerto. Parecía un muñeco agitado frenéticamente por Clara. Mi padre lo cargó hasta su cuarto; mi madre iba tras él llorando mientras hablaba por teléfono. El médico a quien mi madre llamó apareció como a la media hora. Auscultó el cadáver de Germán sin prisa, conciente de que estaba muerto y que el tiempo no haría la diferencia. Expidió el certi-
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ficado de defunción y dijo desconocer la causa de la muerte: “Es mejor hacerle una autopsia”, dijo. Mi madre se negó a que acuchillaran a su hijo. El velorio fue al día siguiente. La casa estaba repleta de personas que con rostros de tristeza, real o fingida, nos ofrecían sus condolencias. El féretro se encontraba en la sala rodeado de mucha gente que yo no conocía. Por la madrugada mis padres habían llevado todos los enseres de la sala hacia el patio, de tal manera que muchas más sillas pudieron ser acomodadas en la casa. El abuelo pasó la mayoría del tiempo sentado, medio dormido, tomando tinto como un adicto. Mi padre y mi madre eran los anfitriones de una fiesta que no desearon ofrecer. Yo tenía ganas
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de darle trompadas al costal y morirme luego. Clara se fue de la casa por la mañana. No quiso asistir al velorio ni al entierro: era de esperarse. Tampoco se despidió de nosotros, sólo dejó una nota en la que manifestaba que regresaría pronto por sus cosas. Estaba destrozada; había apostado su vida a la misma causa de Germán y perdió cuando el juego apenas empezaba. Alcancé a verla en el momento en que tomaba el taxi: tenía los ojos rojos, hinchados y sin maquillaje. Parecía no haber probado bocado ni dormido en semanas. Quise decirle algo reconfortante y que no sonara tan hipócrita pero me detuve; preferí verla partir. Tuve la fugaz idea de irme junto con ella y casi de inmediato pensé que era una locura. Para Clara fue fácil irse, ella no
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pertenece a la familia, no logró acostumbrarse del todo a vivir con nosotros durante el tiempo que pasó aquí, que igual fue poco. El implacable paso de la costumbre le fue ajeno. No será recordada, ninguno de nosotros la extrañará; será para nosotros una imagen difusa que aparece al lado de Germán durante sus últimos días. Cuando todas las personas se fueron, cenamos. Esta vez sólo éramos tres en la mesa: mi madre, mi abuelo y yo. Mi padre subió al segundo piso a cuidar la arena, la piedra caliza, el cemento y el resto de cosas de la construcción: “Alguien tiene que hacerlo, eso no se puede perder” atinó a decir. Así que mi madre le sirvió la cena en la cocina antes que a nosotros y mi padre subió al segundo piso en construcción antes del anochecer.
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Mientras cenábamos, volvimos a escuchar aquel ruido que se cernía sobre nosotros desde anoche. Mi madre y yo corrimos directo a la terraza en donde encontramos a mi padre en el mismo lugar y posición en la que ayer estaba el cuerpo de Germán. Como hiciera anoche Clara, mi madre agitó el cadáver violentamente y yo me estremecí por dentro. Luego ella echó a correr al interior de la casa. Arrastré el cuerpo de mi padre hasta su cuarto. Mi madre no llamó al médico esta vez: “No dejaré que me quite plata por auxiliar a un muerto”, sentenció. Ella misma examinó a mi padre: le quitó la ropa hasta dejarlo en calzoncillos y lo miró como la doctora que no era. A las dos de la mañana terminó de revisarlo: “Sin heridas o moretones. Se
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murió de repente y cayó”, dijo convencida. Con mi padre hicimos algo diferente. No queríamos otro velorio ni curiosos que extrañados se preguntaran por la sucesión de muertes en nuestra familia. Lo dejamos desnudo en el cuarto hasta averiguar qué era lo que estaba pasando. Como no sabíamos por dónde empezar optamos por realizar lo evidente: durante la mañana mi madre y yo fuimos al patio y, desde abajo, intentamos ver qué había en el segundo piso. El abuelo caminaba arrastrando los pies por la casa, como un zombi, con una jarra de café en una mano y un pocillo en la otra. Desvariaba. Invocaba a gritos la presencia del espíritu de la abuela, de Germán y de mi padre, les ordenaba hacerse presentes de inmediato. Esta vez
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mi madre le gritaba que se callara, que por su culpa la desgracia habitaba entre nosotros. Ninguno de los dos cedía; al final ambos guardaron silencio y yo pude intuir lo que vendría. Mi madre subió al segundo piso. El abuelo y yo escuchamos el mismo ruido de las noches pasadas mientras cenábamos. Lo que aconteció luego hace parte de lo inevitable. La noche siguiente yo estaba dentro cuando escuché al abuelo caer. Antes de subir me había entregado las llaves de la casa y me hizo prometerle que cuidaría a los muertos que desde ahora la habitan. De esto hace ya una semana. Los cuerpos de mis padres reposan en la que fuera su cama matrimonial; al abuelo lo senté en el mecedor que está en la sala. Lamenté
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mucho que Germán estuviese enterrado, hubiera querido tenerlo frente a su computador. Aunque el olor que expiden los cadáveres es repugnante yo permaneceré aquí. Su presencia en casa me reconforta, es como si esta vez estuvieran de mi lado. No hay disonancia, un inmenso vacío me cobija. Ya no me ejercito durante la noche. Por las mañanas salgo al patio y golpeo durante horas el costal de arena hasta hacer sangrar mis nudillos. Procuro no pensar, dejarme llevar por el agotamiento hasta que la noche llegue. Algunas veces intento ver lo que hay en el segundo piso. Subo a una silla y salto para poder observar mejor. Al parecer, todo sigue en orden.