Espacios

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ESPACIOS

Fabián Buelvas

Esta obra está publicada bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-Compartir bajo la misma licencia 3.0 Colombia, que le permite copiar y comunicar públicamente la obra y crear obras derivadas (sin fin comercial) siempre y cuando reconozca el crédito del autor, y divulgue cualquier obra derivada bajo los términos de una licencia idéntica a esta. Dispone del texto legal completo en la siguiente dirección: http://bit.ly/pdJHSt © 2011–2018, Fabián David Buelvas González. Algunos derechos reservados. Arte de portada: Juan Carlos Martínez Arango Santa fe de Bogotá, Colombia. Presente edición, julio de 2011

ÍNDICE

Desde el día que te fuiste, Alicia, las cosas han cambiado mucho 9 Espacios 19 Ojos de video tape Mientras camino 39 Informe 51 En construcción 61 31

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DESDE EL DÍA QUE TE FUISTE, ALICIA, LAS COSAS HAN CAMBIADO MUCHO

Desde el día que te fuiste, Alicia, las cosas han cambiado mucho. Para mal, creo yo. Mi medrosidad, que tú apenas empiezas a conocer, me impide resolver hasta el más pequeño inconveniente sin ti. Yo sé que te marchaste por eso, Alicia, nunca te dije qué estaba pasando conmigo. Seguro lo sospechabas. Esperabas que me rasgara las vestiduras delante de ti, que arrodillado me diera golpes de pecho pidiéndote perdón por ser como soy. Jamás haría algo así, no porque niegue que tengas razón, sino por-

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que pensarías que soy una mala persona y yo no soy una mala persona, Alicia, sino un hombre confundido, o mejor, que aparenta estar confundido para evitar asumir las consecuencias de sus actos. Alicia, ese mismo día, el día que te fuiste, en el instante en que sentí que mi corazón era picoteado por buitres invisibles, alguien llamó a la puerta. Nunca pensé que fueras tú, pero desde antes de abrir creí que, al menos, la persona que se hallaba afuera te reemplazaría de un modo imperfecto. Frente a la puerta estaba una señora, Alicia, una señora muy fea, sucia, harapienta y flaca. Me pidió una moneda y -aunque no me creerías- yo accedí. Tú bien me dijiste muchas veces que nunca le diera dinero a mendigos y yo te decía que no, que no lo haría y tú con-

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fiaste en mí, pero las veces que me negué a dar plata a alguien era porque tú estabas a mi lado, haciendo las veces de juez y testigo, convirtiéndome con tu presencia en una mejor persona. Pero ya no estás, Alicia, y yo corrí a buscar una moneda. No encontré ninguna. Supongo que te llevaste todas las que estaban encima de la nevera, el lugar en que reuníamos todas las monedas que llegaban a nuestras manos, bien sea por los vueltos de la tienda o los del bus. Tú siempre imaginaste que yo no contaba esa pila de dinero, que me daba igual, pero lo cierto es que revisaba a diario y me percataba de que tú tomabas casi todo, dejando lo suficiente para que yo no sospechara. Siempre lo supe, Alicia, pero callaba para no incomodarte.

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Me tocó darle a la señora un billete de diez mil, que era lo único que tenía en el bolsillo. Lo tomó y se fue, y yo me sentí tremendamente triste porque no quería obsequiar semejante cantidad de plata. Supongo que ella agradecerá mi gesto por siempre. Tú, si supieras lo que hice, te asombrarías de mi falta de carácter. Ya recogí las cosas que olvidaste al partir. Dejaste cuatro blusas, dos pares de medias, un paquete de toallas higiénicas, tu bolsa con maquillaje, tres anillos de plata y un montón de aretes. Guardé todo en una caja que, de no ser por esa señora que llegó justo cuando te fuiste, ya estaría en la basura. Sí, la señora regresó al día siguiente, Alicia. Quería otra limosna, pero esta vez yo no tenía billetes ni monedas ni nada, salvo esa

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caja tuya que ya no quieres o no necesitas. Dudo mucho que algo de lo que allí hay le sea útil, aunque tal vez ella tenga hijas o nietas con un físico similar al tuyo. Sé qué si pudieras ver lo que hago ahora me reprobarías aún más que si me hubieses visto anoche, porque esta vez he regalado cosas tuyas; o quizá son mías ahora, me las obsequiaste antes de partir y apenas caigo en cuenta. En todo caso no las quiero, está bien que las regale. Siento que así me congracio contigo, que actúo sinceramente ante el recuerdo que de ti tengo. Tú lo sabes, de alguna forma lo sabes, te enteras de cómo me estoy comportando. No es así. Mi sinceridad me aleja más y más de ti. Te repugnaría verme tan débil, tan fácil de manipular. Lo sé, quisiste forjarme a tu

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