«Ángeles Encarnados» "De luz...

By PauloRamrezVillaseor

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Todo ser en la creación tiene un propósito, una razón de existir. Conoce la historia de los ángeles, desde or... More

PRELUDIO
Capítulo I "Dios quema"
Capítulo II "Decisiones"
Capítulo III "Tiempo de Despertar"
Capítulo IV "El Poder del nombre"
Capítulo V "La semilla"
Capítulo VI "Recuerdos"
Capítulo VIII "Los cachorros del león"
Capítulo IX "Confrontación"
Capítulo X "Reuniones"
Capítulo XI "Luz y oscuridad"
Capítulo XII "Fuego de Dios"
Epílogo

Capítulo VII "Andares"

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By PauloRamrezVillaseor

Un bolígrafo cayó al suelo girando por el pavimento. Las manos morenas se estiraron para alcanzarla haciendo que todo el delgado cuerpo se inclinara para recogerlo. El sonido de unos pies acercándose a gran velocidad puso alerta al muchacho que volteó la mirada en dirección del ruido para percatarse de una joven delgada de piel blanca, grandes ojos y que sonreía radiante.

-¡Hola!- gritó eufórica la muchacha.

Julio se incorporó con el bolígrafo en la mano y abrazó a Julia girando sobre su propio eje haciendo que la muchacha despegara los pies del suelo. La alegría de ambos era notoria; había pasado tiempo sin verse, ya que Julio dejó de asistir a la escuela de psicología y hoy era cuando el muchacho había decidido pasar por la institución debido a una extraña sensación, ya tan común en él.

Después del momento de alegría, Julio depositó en el piso a Julia con gentileza y sus ojos se reencontraron, brillando resplandecientemente con la luz de la tarde.

-¿Yo soy como tú verdad?- preguntó Julia de improvisto.

-¿Qué quieres decir con eso sister?- dijo Julio intrigado.

-Sé que eres especial, diferente. Y yo siento que tenemos mucho más en común que el puro nombre- explicó Julia.

-¿Qué sientes exactamente?- inquirió el muchacho moreno.

-Que soy como tú. Que te conozco desde antes, desde hace mucho. Que tú hiciste algo por mí, algo muy grande- habló Julia y mientras lo hacía, sus ojos se llenaron de emoción, que su cuerpo reflejó con un leve escalofrío que le recorrió la espalda.

-Pues yo creo que así es también. Creo que somos de la misma naturaleza- habló Julio.

-¿La misma naturaleza?-

Julio movió la cabeza afirmativamente.

-¿Qué somos?- preguntó Julia con cierto miedo en su rostro.

-Esencias diseñadas hace mucho, enfrascadas en un cuerpo que no nos pertenece- dijo Julio con profundidad en su tono como dándole trazos lentos a las palabras.

-¿Algo así como espíritus antiguos?- preguntó Julia.

-Algo así, sister-

-¿Y para que fuimos hechos? ¿Para qué estamos aquí?- dijo Julia completamente interesada en el tema.

-Para auxiliar a los humanos, para indicarles por dónde ir, para caminar junto a ellos. Vinimos a este plano, a Gaia, para mostrar que no es pretexto el tener cuerpo- recalcó Julio hablando con seriedad sin desviar la mirada de la muchacha.

Julia ya no dijo más. Guardó silencio profundo bajando la mirada, para después voltear al cielo azul e indagar entre las nubes.

-Sí te detiene tener un cuerpo- dijo Julia después del largo silencio.

Julio la miró frunciendo el ceño, sin estar completamente de acuerdo con el comentario. Iba a responderle lo que pensaba pero la muchacha se adelantó.

-Es muy fácil ser humano. Y es más difícil ser un ángel encerrado en un cuerpo y ponerte a hacer lo que se supone tienes que hacer- dijo Julia sentándose en una elevación del pavimento.

Julio se puso de cuclillas frente a la muchacha buscándole el rostro con sus ojos, para después de encontrarse con los grandes ojos decir:

-Sabíamos que no sería fácil y decidimos venir a pesar de eso-

-Toda mi vida he buscado quien soy y qué debo hacer. Hoy que tengo una idea de eso, ya no sé si realmente lo quiero- dijo Julia con los ojos humedecidos.

-Eres libre de decidir qué hacer- dijo Julio limpiando las lágrimas del pálido rostro de la muchacha.

-Desde niña me gustaba el nombre de Sofía, nunca supe exactamente la razón, sólo me gustaba oírlo- dijo Julia con una sonrisa nostálgica en el rostro.

-Ahora que sé que es por que mi verdadero nombre es Sophiel, no estoy tan segura de que me siga gustando- río nerviosa la muchacha dejando escapar un par de lágrimas más por sus enormes ojos.

-Me da gusto que te hayas reconocido, sister- dijo Julio sonriendo de lado.

-A mí no. Era más fácil seguir en la ignorancia- dijo la muchacha llevándose las manos al rostro mojado por el llanto.

-Cuanto más sabemos, más responsabilidad tenemos- dijo Julio acariciando el cabello corto de Julia.

-¿Qué pasa si no hago nada? ¿Que sucedería si ignoro lo que hoy sé y vivo mi libertad en la comodidad de lo mundano?- preguntó Julia levantando el rostro, encarando a Julio.

-Esa sería tu decisión, pero te tocaría enfrentar las consecuencias ante los que están arriba de nosotros- respondió Julio en un diálogo que fluía con una naturalidad increíble, sin necesidad de pensar las palabras.

-Y entonces le daría la razón a Miguel, "rebelde una vez, rebelde siempre" y no solamente me perjudicaría yo sino también a ti- expresó Julia acariciando el rostro de Julio.

-Tenemos mucho trabajo que hacer aquí abajo Sophiel, pero nadie puede obligarte a realizarlo. No te detengas en tus decisiones ni por mí, ni por Miguel ni por nadie- dijo Julio sosteniéndole la mano a la muchacha.

Ya no dijeron nada y ambos se fundieron en un abrazo fraterno donde las esencias se tocaron y las alas energéticas de ambos cubrieron uno al otro.

Ese momento fue congelado en el fluir del tiempo, en que los ojos mundanos veían a dos jóvenes abrazándose, donde dos ángeles se reconfortaban mutuamente; en el cual dos hermanos se despedían porque ambos decidían recorrer senderos diferentes.

"Discusión en la habitación de espera"

El salón circular se vio irrumpido cuando la puerta se abrió de par en par. La luz penetró haciendo que la habitación blanca brillara aún más. El comandante de las fuerzas angelicales volteó la mirada hacia la entrada y observó la figura familiar que acababa de llegar.

-¿Querías verme Miguel?- dijo el ángel desde el umbral.

-Así es Haziel- respondió el comandante sin ponerse de pie.

-Bien ya estoy aquí. ¿Qué deseas?- preguntó Haziel un tanto a la defensiva.

-Uno de los encarnados que recomendaste, tengo entendido que no desea realizar sus labores en Gaia- habló Miguel conciso.

-Sí, eso entendí cuando hablé con ella, allá en la tierra- dijo Haziel restando importancia al comentario de Miguel.

-Es tu obligación orientarle para que continúe realizando su misión. Sé de buena fuente que no fue eso lo que hiciste Haziel- expresó Miguel analizando la reacción de su hermano.

-Hice lo que debí hacer Miguel, le expliqué a Sophiel que tenía el derecho a elegir lo que mejor le pareciera, tomando en cuenta las posibles consecuencias de sus decisiones- habló Haziel subiendo el tono de su voz.

-No tiene ese derecho. Es un servidor del Señor y debe cumplir con su función y con su trabajo- respondió Miguel poniéndose de pie en esa actitud retadora que en ocasiones tenía.

-Eso sería lo ideal, pero creo que será ella quien decidirá que hacer, no tú o yo- dijo Haziel clavando sus ojos color miel en los ojos claros de Miguel.

-En mi opinión- dijo Miguel acercándose al ángel moreno -le diste un mal consejo. Mientras Sophiel estuvo trabajando bajo mi custodia y vigilancia no le permití cometer un solo error, bastó que bajo tu influencia decidiera encarnarse y ahora mira los resultados-

-¿Eso era todo?- preguntó Haziel mirando de arriba abajo la figura perfecta del comandante de las huestes angelicales.

-No. Corremos un riesgo con Sophiel encarnada, sabes perfectamente que fue de los ángeles que se unió a los rebeldes y que debido a tu intervención fue aceptada de regreso, pero sabes bien lo que pienso: rebelde una vez rebelde siempre. Cuando estuvo bajo mi cargo...-

-¡Ya no está bajo tu cargo Miguel!- dijo Haziel interrumpiendo a su comandante.

-¡No eres tú el encargado de los ángeles encarnados, si algo no te parece pon tu queja con el gestor! ¡Poco me importa lo que opines o lo que pienses! ¡Hice lo que creo es correcto, si crees poder hacerlo mejor encárnate, allá te espero!- habló Haziel y al terminar la última frase dio media vuelta alejándose del blanco salón circular, dejando atrás a Miguel que apretó la quijada, haciendo que sus rasgos se vieran aún más similares a los de una estatua.

A Miguel le preocupaba la situación de los ángeles en general, era verdad que no estaban bajo su responsabilidad sus hermanos encarnados, pero había decidido comentarlo con Haziel. Pero desde que el ángel de ojos color miel había abandonado su puesto como miembro de las siete luces las diferencias entre él y Miguel eran notorias; evitaba el contacto todo lo posible y cuando este se daba terminaba en una discusión. Al comandante de las huestes angelicales le incomodaba esa situación ya que creía que el carácter de Haziel podría traerle problemas a futuro; era como atraer a las fuerzas oscuras con la clara rebeldía.

Miguel se quedó hundido en esos pensamientos ¿Debía tal como Haziel le mencionó poner sus opiniones de manera oficial ante el gestor? ¿O incluso colocar sus dudas delante del Consejo General Regente? Decidió pensarlo en su celda, salió de la blanca habitación cerrando las puertas que resonaron dejando el eco del vacío.

"El viaje"

La noche lucía majestuosa mostrando unas tímidas estrellas, que se veían amenazadas por unos nubarrones a lo lejos. Una figura delgada caminó por la soledad de la calle; el viento que soplaba jugó con su gabardina haciéndola revolotear ligeramente.

Julio llegó hasta la esquina volteando en todas direcciones, nuevamente sus sensaciones lo habían dirigido hacia ese lugar, no sabía por qué pero se había acostumbrado a seguir su instinto. Había momentos en que deseaba dejar de lado la locura del ángel, pero los sueños le perseguían, además de las diferentes sensaciones. Pensaba que si era verdad que él era un ángel y no seguía con esa sensación interna que lo impulsaba, estaría fallando a lo que tenía que hacer en la tierra; además siempre había pensado que cada persona tenía a una misión, algo que realizar en el mundo y Julio estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias de esta locura. Sí al final descubría que nada de lo vivido era realidad y que todo era producto de una pésima broma de su cerebro, terminaría sus días encerrado en un manicomio.

El claxon de un auto resonó llamando la atención del muchacho. Volteó la mirada como acto reflejo y reconoció enseguida al hombre que conducía, cruzó la calle sin precaución alguna para acercarse al automóvil y el chofer le miró con una sonrisa deteniendo el carro.

-Buenas noches- dijo el conductor.

El hombre vestía un traje color gris claro, una camisa azul y llevaba una corbata que combinaba perfectamente con el traje. Su cabello era castaño y corto fundiéndose con una barba completa que llenaba su rostro.

-¡Vaya! No esperaba encontrarte por aquí- dijo Julio realmente sorprendido.

-Súbete- fue lo que obtuvo como respuesta.

Julio subió al auto de manera automática un tanto confundido ante la petición que le pareció más una orden, el chofer condujo varias cuadras sin decir una sola palabra y el muchacho respetó el silencio sin entender que estaba sucediendo. Fue hasta que estaban saliendo de la ciudad cuando Julio rompió con el misterio.

-¿A dónde vamos Remiel?-

-Al aeropuerto- fue la respuesta seca.

-¿A qué?- insistió Julio.

-Vas a ir a Cuba a ver a alguien- respondió Remiel.

-¿A Cuba? ¡Pero si ni siquiera tengo pasaporte!- dijo Julio abriendo sus ojos cafés lo más que pudo.

Como respuesta Remiel se llevó una mano dentro de sus ropas sacando un pasaporte con un boleto de avión en el interior.

Julio no lo podía creer, el pasaporte tenía su foto y el boleto la fecha del día con el horario de las diez cuarenta y cinco de la noche; el muchacho buscó dentro del auto hasta que sus ojos encontraron el reloj: nueve treinta marcaban los números de color verde.

-¿Cómo sabías que pasaría por esa esquina a esa hora?- preguntó Julio aún lleno de sorpresa.

-Causa y efecto. Sentiste el llamado y lo seguiste, simple- respondió Remiel.

-Sí, pero ¿qué hubiera pasado si no lo sigo?- preguntó Julio.

-Cambiaba la fecha del boleto- respondió Remiel con tranquilidad.

-Explícame algo: ¿Cómo es posible que tengas un pasaporte mío con foto actualizada?- preguntó Julio ya cuando el auto estaba llegando al aeropuerto.

-Cuando debes hacer las cosas no hay imposibles- respondió Remiel buscando un lugar donde estacionarse.

-O.k. pero si yo también soy un ángel ¿Por qué no puedo hacer eso?- dijo Julio ya cuando el coche se había detenido.

-Cada quien tenemos nuestra propia área. En este caso yo soy el coordinador de la zona y misiones como ésta me corresponde otorgar los medios; si tuvieras los medios más accesibles la situación se presentaría de otra manera.

Los dos ángeles encarnados bajaron del automóvil dirigiéndose a la sala correspondiente, ya adentro la plática se reanudó.

-¿Y qué se supone que tengo que ir a hacer a Cuba?- preguntó Julio.

-Vas a ver a una mujer. La dirección está en un papel dentro de tu pasaporte, y aquí tienes un poco de dinero- Remiel sacó algunos billetes con la cara de Ernesto Guevara.

-¿Y qué le voy a decir?-

-Nada, vas a escuchar lo que ella te va a decir a ti. Después de eso te regresas- precisó Remiel al tiempo que Julio ya debía pasar al chequeo de los papeles.

Julio avanzó dubitativo pasando todos los trámites necesarios, se despidió inseguro de Remiel y abordó en el avión sin saber exactamente que estaba haciendo.

El auto avanzaba adentrándose más y más en aquella barriada, los ojos de Julio trataban de observar cada detalle del lugar: las casas construidas del mismo tamaño y la misma forma, tendederos que adornaban con ropas coloridas los espacios de la zona, el camino de terracería y piedras, perros callejeros peleando por comer del mismo pedazo de basura y un calor húmedo que tendía a envolver en un ambiente extraño, difícil de definir. El colectivo se detuvo indicándole a Julio que habían llegado a su destino y el muchacho se bajó del auto. El lugar a donde había llegado era justo donde la calle terminaba, ya que varias casas cerraban en un semicírculo el lugar; la zona estaba a media luz y varias miradas se clavaban en el muchacho que resaltaba en el lugar por su peculiar manera de vestir. Julio echó un vistazo a su alrededor y notó cómo lo veían los lugareños que descansaban sentados en sillas de palma vestidos en ropas blancas o ligeras, moviendo abanicos para intentar refrescarse del calor habitual de la isla.

El muchacho buscó el papel con la dirección y trató de localizar algún número en cualquiera de las casuchas de su alrededor sin tener éxito.

-La bruja vive en esa casa- dijo un anciano señalando una de las construcciones.

Julio volteó por instinto al lugar señalado, no se diferenciaba mucho la vivienda con las demás del lugar. Avanzó dubitativo hasta donde el anciano había señalado y poco antes de llegar a la puerta un perro negro le salió al encuentro, el animal lo observó con sus ojos y aunque su actitud no era agresiva su porte era impresionante; ambos se quedaron quietos analizándose uno y otro hasta que el can desistió después de un par de olfateos, dio media vuelta y pareció pedirle al muchacho que lo siguiera. Julio se sorprendió y siguió las instrucciones del animal según el gesto que interpretó.

Adentro de la casa todo estaba a iluminado con velas por doquier, estatuillas de santos, collares de ajos y piedras, plumas en el suelo y hierbas, además de humo de incienso era lo que adornaba el lugar poniéndole un ambiente místico.

El perro fue a parar detrás de una mujer de cabellos rizados bastante desordenados, ataviada con un sin número de collares y pulseras, un vestido largo floreado y una blusa blanca escotada que dejaba ver sus hombros morenos, su edad era difícil de calcular pero fluctuaba entre los treinta y los treinta y cinco.

-Gibereth nunca es tan amable con los extraños, eres especial- dijo la mujer mirando primero al perro y después a Julio.

-Se paró en la puerta y pareció decirme que lo siguiera- atinó a decir el muchacho.

-¡Ah no te preocupes! ¿En qué puedo ayudarte? ¿Mal de amores?-

Julio sonrió ante la última pregunta de la mujer.

-Realmente busco a una mujer pero no se si sea usted. Me dieron una dirección y creo que estoy perdido-

La mujer miró de arriba abajo a Julio, notó su vestimenta fuera de lugar y su acento marcadamente ajeno a la isla. Sin decir palabra alguna, la mujer se acercó al muchacho y le colocó una mano sobre la frente al tiempo que cerraba los ojos. Julio se quedó quieto un tanto sorprendido ante el movimiento de la mujer y sólo atinó a buscar al perro con la mirada, pero no lo encontró en la habitación.

-Eres un hijo de Changó- dijo la mujer retirando la mano de la frente del muchacho.

Julio no entendió de qué le hablaba la mujer, lo cual se reflejó en el rostro.

-Podrías ser un gran Babalao, cargas cuatro espíritus animales contigo, y podrías cargar más- continuó hablando la mujer.

-No tengo dinero para pagarle, además no sé si sea a usted a quien he venido a ver- dijo Julio tratando de evitar que la mujer continuara.

-Puedes hablarme de igual a igual, me llamo Macaria y no pienso cobrarte- dijo la mujer poniendo su mano sobre la boca del muchacho callándolo con suavidad.

-Hay confusión en ti, un deseo muy fuerte de hacer las cosas bien, miedo, dolor, soledad detecto en tu mirada y...- Macaria guardó silencio mientras observaba los ojos cafés de Julio, retirando lentamente la mano de los gruesos labios del muchacho.

-... ¿Y?- Julio dejó la conjunción en el aire, bastante intrigado.

-Una gran encomienda descansa sobre tus hombros. Eres como gibereth por eso ni siquiera te ladró- habló Macaria con gesto sorpresivo.

-¿Soy como un perro?- preguntó Julio a manera de sátira.

-Eres un guardián, un protector, un cuidador. Tu tarea no es fácil, debes ser cuidadoso, astuto, estar siempre alerta; ser objetivo, duro en muchas ocasiones. Y estás hecho para ser así, siempre y cuando te sientas completo, después de todo sí hay mal de amores ¿eh?- Macaria dio un par de palmadas en el hombro a Julio.

-Es verdad me siento incompleto- respondió Julio.

-Debes manejarte con cautela siendo quien eres y la labor que debes desempeñar. La mujer que vaya a estar a tu lado debe saber quien eres, no sería justo que se lo ocultaras, debe estar consciente que estará dentro de sus obligaciones tener alimentado al guardián y hablo del alimento espiritual, físico y emocional.-

Julio miraba a la mujer hablar y solo asentía con la cabeza.

-Los cuidadores son fuertes pueden resistirlo casi todo, pero hay heridas que son mortales para ellos, en tu caso las heridas del corazón te pueden matar- dijo Macaria levantando una ceja y elevando el dedo índice de su mano derecha.

-¿Y qué puedo hacer para protegerme de eso? ¿Me prohíbo a mi mismo enamorarme?- preguntó Julio.

Macaria buscó entre cajones, cajas y demás lugares de su alrededor. En la búsqueda Julio observó diferentes tipos de fetiches de todas formas y tamaños, desde piedras, efigies de madera, semillas, cuentas; hasta figuras y amuletos de oro y plata.

-Aquí está. Usa esto como recordatorio de quien eres y de lo que eres. Cuando alguien ateste el golpe que sea de muerte, entrégaselo- dijo Macaria estirando su mano izquierda con el puño cerrado.

Julio estiró la mano tratando de observar que forma tenía el gran amuleto que la orisha le estaba entregando. Una cruz de plata resbaló de la mano de la mujer cayendo en la palma abierta del muchacho. Los ojos cafés la observaron con atención: era una cruz latina con un arillo en la base y del arillo se desprendía el espacio para poder colgársela con una cadena; era una cruz invertida.

La mujer se dio cuenta que Julio observaba con detenimiento la cruz y se apresuró a decir:

-No es un símbolo del mal, no es del diablo, es...-

-Una cruz de San Pedro- interrumpió Julio.

Macaria sonrió ante la respuesta del muchacho. No mucha gente sabía de la historia de la crucifixión del apóstol, cuando pidió morir de cabeza por sentirse indigno de morir como su maestro, y mucho menos sabían la forma de la llamada cruz de Pedro, símbolo de la humildad.

-¿Cómo te llamas?- preguntó Macaria.

-Mi nombre es Julio-

-Tienes otro. Y está bien que lo resguardes. Creo que hoy por hoy hemos terminado la charla Julio-

-No quiero incomodarte, pero viajé desde lejos y no tengo para un hotel-

-Esta es tu casa. Será un honor tenerte aquí-

Ya no dijeron más y Macaria le indicó a Julio donde podía acomodarse para dormir y como el muchacho se encontraba algo cansado el sueño lo venció con rapidez.

Julio despertó y no encontró a Macaria por ningún lado, salió de la casa y caminó pensando si debía esperar a la mujer o irse. Revisó el boleto de regreso que indicaba la fecha de ese mismo día con 12:30 p.m como hora de salida. No tenía idea de que hora era y comenzó a preocuparse ligeramente.

-¿Quo vadis Julio?- dijo la voz de Macaria a espaldas del muchacho.

-Te buscaba, debo estar en el aeropuerto a las 11:30 a más tardar y quería despedirme- respondió Julio.

-Pues entonces debes partir ya. Nos volveremos a ver guardián de corazón blando, hijo de Changó, tú que podrías ser Babalao de los espíritus animales-

Julio sonrió ante la sarta de títulos que Macaria le había propinado, agitó su mano a manera de despedida y agradeció con un gesto las atenciones recibidas.

El avión salió de la isla llevando de regreso a un Julio que observaba la cruz, pensativo, quizá lleno de dudas pero con cierto aire de tranquilidad.

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