Algo Más Que Vecinos

By AstridSnchez718

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🆃︎🅴︎🆁︎🅼︎🅸︎🅽︎🅰︎🅳︎🅰︎! C̸a̸p̸i̸t̸u̸l̸o̸s̸ l̸a̸r̸g̸o̸s̸ Leopold Gallagher, un rico hombre de negocios... More

Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19 - Fin

Capítulo 1

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By AstridSnchez718

Hola querido lector! Me complace mostrarles esta fantástica historia de amor entre vecinos.

Pero antes nesitas saber algunas cosas:

1. Yo no soy la autora original de este fantástico libro.

2. La autora original del libro es
Isabel Keats.

3. Este libro fue publicado en 2011.

4. Te preguntaras por qué estoy subiendo una historia que no es mía?? Pues verás yo dedico mi gran parte de tiempo a buscar historias que por alguna razón o otra no llegaron a tener el apoyo suficiente, para poder darles otra oportunidad en esta increíble plataforma de Wattpad...



Reglas:

1. No permito ninguna falta de respeto a los protagonistas.

2. No se permiten plagios de esta historia a menos que le den sus respectivos créditos.

Por favor si encuentran alguna falla ortográfica aganmelo saber de forma educada 🙏.

(Isabel Keats, 2011.)
A TODOS LOS QUE ME AYUDARON A LLEGAR HASTA AQUÍ...

Editora original: theonika




AHORA SI , SIN MAS PREÁMBULOS COMENCEMOS✨✨























































Capítulo 1

La noche de finales de octubre era fresca pero agradable. A esas alturas del otoño, el cielo londinense, cuajado
de brillantes estrellas, resultaba poco corriente. Recostado sobre una tumbona en la oscuridad, Leopold intentaba desconectar su mente de su último negocio sin conseguirlo. Estaba agotado, pero reconocía que había valido la pena; tras casi un mes sin parar de viajar de costa a costa de los Estados Unidos, había conseguido cerrar la operación de forma muy satisfactoria para su empresa. El hombre suspiró; era consciente de que esa noche le costaría conciliar el sueño, la adrenalina aún fluía por sus venas a toda velocidad.

De pronto, escuchó cómo se abría la puerta corredera de cristal del piso de al lado y vio salir a una mujer apenas envuelta por una toalla de baño. La sugerente figura, ajena por completo a su presencia, se apoyó sobre la baranda de acero y cristal y permaneció inmóvil, mientras contemplaba la vista espectacular de los rascacielos de Canary Wharf y los muelles a sus pies.

A pesar de la oscuridad, Leopold admiró las largas piernas, esbeltas y bien torneadas, que asomaban bajo la toalla blanca que apenas le llegaba a medio muslo; era evidente que acababa de salir de una ducha caliente y, a pesar de la ligera brisa que subía desde el río, la posibilidad de coger un resfriado no parecía preocuparle lo más mínimo. La chica -tampoco podía estar seguro de su edad, pero algo le decía que era joven- llevaba el cabello recogido en un improvisado moño del que escapaban varios mechones de pelo, pero a la escasa luz de la terraza él no pudo distinguir su color.

A Leopold le picó la curiosidad. Le sorprendía que su vecino Paul Winston, que ya debía de haber cumplido los sesenta y cinco años, se hubiera echado una joven amante. En realidad no era un hecho extraordinario, simplemente, nunca le había parecido ese tipo de hombre. Aunque estaba de espaldas, había algo en la figura femenina, tan quieta y relajada, que lo atraía con fuerza y, de pronto, sintió un intenso deseo de ver su rostro.

-Es una noche preciosa, ¿no es cierto?

La chica se volvió hacia él, visiblemente sobresaltada, y un grito ahogado escapó de su garganta.

-¿Quién es usted? ¿Qué hace ahí escondido?

A pesar de la desazón que detectó en su tono, la voz femenina, dulce y picante como un buen coñac, hizo que a Leopold se le erizaran los pelos de la nuca. Seguía sin poder distinguir bien sus rasgos, pero percibió que era bonita y que sus ojos eran muy grandes, aunque tampoco fue capaz de adivinar su color esta vez.

-No me escondo -respondió con tranquilidad-. Soy su vecino y me limitaba a disfrutar de esta noche tan agradable.

La joven trató de atravesar las tinieblas con sus pupilas, pero lo único que distinguía entre las sombras era el tono claro de los cabellos masculinos y una silueta poderosa.

-No sabía que tenía un vecino. Llevo viviendo aquí casi un mes y nunca he visto ninguna luz en su piso -comentó ella al fin.

-Acabo de regresar de Estados Unidos por motivos de trabajo -explicó Leopold.

-¿Viaja mucho? -preguntó, curiosa, sin que el hecho de estar medio desnuda pareciera importarle demasiado.

-Bastante, sí -pero Leopold no se dejó distraer y volvió al tema que le interesaba-. Así que ha venido a vivir con Paul...

-¿Paul? -por un segundo, la joven pareció confundida -¡Ah, claro, Paul! Verá, yo siempre lo he llamado tío Pip.

Su interlocutora esbozó una sonrisa divertida y a Leopold le chocó la desvergonzada actitud de que hacía gala al revelarle a un extraño, con semejante desparpajo, los apelativos cariñosos que utilizaba con su añoso amante. Él mismo estaba sorprendido de lo escandalizado que se sentía. ¡Por Dios, ya era mayorcito y sabía de sobra cómo funcionaba el mundo! Sin embargo, estaba claro que la joven no sufría ningún tipo de incomodidad ante la situación. A pesar de todo, la chica no le había dado en ningún momento la impresión de ser una persona vulgar; más bien al contrario, su entonación era correcta y refinada. Además, tenía la sensación de que era una mujer preciosa y, no sabía por qué, eso le hacía sentirse aún más molesto.

-Sí -continuó diciendo ella sin percatarse de su incomodidad-. Me he trasladado a vivir a este piso, aunque no sé por cuanto tiempo. Todo depende de tío Pip.

«Si ella está cómoda con la situación, yo no voy a ser menos», se dijo Leopold, decidido a mantener la calma.

-Como va a ser mi nueva vecina, será mejor que nos presentemos. Soy Leopold Gallagher -declaró y le tendió una mano por encima de la ligera barandilla de cristal que separaba ambas terrazas.

-Catalina Stapleton -Catalina quiso estrechar su mano, pero el movimiento provocó que se le aflojara la toalla y si no hubiera sido por los rápidos reflejos de su vecino, que agarró la tela en el último momento, el paño habría caído al suelo.

-¡Caramba, gracias! -exclamó la chica, al tiempo que soltaba una alegre una carcajada-. Si no llega a ser por usted, señor Gallagher, habría dado todo un espectáculo.

El hombre volvió a colocar el pico de la toalla en su sitio sin poder evitar que el dorso de su mano rozara uno de los firmes pechos femeninos y una fuerte descarga de deseo lo atravesó de improviso. A Leopold le sorprendió notar su grado de excitación; no recordaba una respuesta tan rápida ante los encantos de una mujer, sobretodo teniendo en cuenta lo cansado que estaba y que apenas había entrevisto su rostro. Sin embargo, ella seguía tan fresca como si, en vez de un hombre hecho y derecho, hubiera sido su abuela centenaria la que acabara de tocarla. Leopold procuró tranquilizarse y dio un paso atrás, estaba claro que la tensión de los últimos días le había afectado más de lo que pensaba.

-Catalina... es un nombre curioso -comentó tratando de disimular su ardor.

-Soy medio española. Mi madre vino a trabajar a Inglaterra cuando tenía veinte años y aquí conoció a mi padre y se casó con él -Catalina se frotó los brazos con las manos-. Vaya, empiezo a tener frío, será mejor que vuelva adentro. Me alegro de conocerlo señor Gallagher, imagino que nos veremos de vez en cuando por aquí. Buenas noches.

-Buenas noches -respondió él, sin quitarle la vista de encima mientras la joven entraba en su piso y cerraba la puerta de cristal.

«Creo que va siendo hora de que yo también vuelva adentro», se dijo.

A pesar de la fatiga y del desfase horario, a Leopold no le costó mucho dormirse, aunque sus sueños se vieron invadidos por una tentadora y misteriosa presencia femenina cuyo rostro permanecía oculto entre las sombras.

Al día siguiente era sábado y Leopold, que se había despertado bastante tarde, decidió -cosa extraña en él- no ir a la oficina. Se dijo que se lo tomaría con calma, así que recogió el periódico que el conserje le había dejado sobre el felpudo de la puerta de entrada y se dirigió con él en la mano a la luminosa cocina, donde se preparó un abundante desayuno. Por fortuna la señora Jones, su ama de llaves, se ocupaba de que hubiera siempre alimentos frescos en la nevera y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, Leopold se dio el lujo de desayunar tranquilamente hojeando el periódico y disfrutar de una larga ducha, sin tener que salir corriendo a ninguna reunión.

«Bajaré el ritmo», se prometió a sí mismo, aunque sabía bien que no lo haría.

Leopold encendió su portátil y estuvo trabajando durante unas cuantas horas. Más tarde, salió a la calle y, aprovechando que el sol lucía con fuerza, se sentó en la terraza de uno de los pintorescos restaurantes que poblaban la zona, cerca de una estufa de gas. Mientras contemplaba el relajante balanceo de los barcos en el pequeño puerto deportivo, decidió que al día siguiente saldría a dar una vuelta en su velero; hacía demasiado tiempo que no disfrutaba del placer de navegar. Dudó si llamar a su amigo Harry para que lo acompañara pero, finalmente, decidió que prefería estar solo. Pasaba tanto tiempo rodeado de gente, que pensó que un poco de soledad resultaría muy agradable, para variar.

-¡Hola, señor Gallagher! -Leopold reconoció sin problemas la voz femenina que sonó a su derecha y se levantó en el acto, mirando a la mujer que se acercaba con curiosidad.

-¡Buenos días, señorita Stapleton! ¡Hola Milo! -saludó, mientras se inclinaba para acariciar al enorme dogo blanco con manchas negras que tiraba con fuerza de la correa sin parar de mover el rabo, excitado.

Leopold había imaginado que la joven sería bonita, pero no hasta ese punto. Su melena ondulada caía a su espalda en una gama de colores que iba del castaño al dorado; los ojos marrones, enmarcados por largas y espesas pestañas, eran inmensos y ligeramente rasgados, y unas motas de oro parecían chispear dentro de ellos. Catalina Stapleton era alta y vestía de manera muy informal con unos desgastados vaqueros que se ajustaban a la perfección a sus esbeltas caderas, una camiseta de tirantes blanca y un viejo jersey azul claro, de cuello de barco, bastante deformado.

-¿Cómo me ha reconocido? -preguntó Leopold-. Yo apenas pude verla en la oscuridad.

La chica le lanzó una alegre sonrisa que mostró unos dientes pequeños y muy blancos. Una de sus paletas se montaba ligeramente sobre la otra y eso, aunque le restaba perfección a su gesto, le añadía todavía más encanto.

-Confieso que no estaba segura del todo. Anoche en la terraza me pareció que tenía el pelo claro y, cuando lo he visto aquí sentado, he decidido arriesgarme. Además, me da la sensación de que Milo, aquí presente, también lo conoce a usted muy bien -declaró, divertida, acariciando al animal detrás de las orejas.

En efecto, Catalina había pensado que Leopold Gallagher sería rubio, pero su pelo, que llevaba muy corto, resplandecía con el brillo de la plata a pesar de que no debía tener más de cuarenta años. Sus ojos también eran de un gélido tono gris acero y resaltaban en el rostro moreno, impenetrables. Llevaba una elegante americana sobre su camisa azul y unos bien planchados pantalones beige, y el conjunto ponía de relieve su espléndida figura. Aunque reconocía que el señor Gallagher era muy atractivo, Cat no estaba segura de que aquel hombre le agradara. Parecía un elegante aristócrata recién salido de una revista de sociedad, todo afabilidad y buena educación, pero había algo en él que resultaba frío y extremadamente distante.

-¿Le apetece sentarse y tomar algo conmigo? ¿Una cerveza, una coca-cola? -preguntó Leopold con cortesía, aunque no estaba seguro de querer pasar la mañana con la amante veinteañera de su vecino.

-Oh, no, muchas gracias -Catalina sacudió la cabeza en una negativa, de forma que Leopold pudo aspirar el agradable aroma de su pelo recién lavado-. Tengo que ir a comprar un montón de cosas. Esta noche he invitado a unos cuantos amigos a casa, espero no molestarlo. Si lo desea puede pasarse a tomar una copa, será algo muy informal...

-Gracias por la invitación, señorita Stapleton, pero lo más seguro es que me acueste temprano. Mañana quiero salir a navegar.

-¿Tiene barco? -preguntó Cat, curiosa.

-Es ese de ahí -indicó Leopold señalando con el dedo un pequeño velero que se balanceaba con suavidad, mecido por las ligeras olas que levantaba la brisa en el río.

-¡Siempre he deseado navegar por el Támesis! -afirmó Catalina con entusiasmo.

Molesto ante su nada disimulada indirecta, Leopold se vio obligado a invitarla a regañadientes:

-Si lo desea puede venir conmigo...

La joven se quedó mirando los rasgos severos de su vecino y no pudo evitar lanzar una nueva y contagiosa carcajada, que consiguió irritar aún más al hombre que se encontraba frente a ella.

-Me imagino cómo ha sonado lo que acabo de decir -comentó Catalina sin dejar de sonreír de esa manera cálida y afectuosa que a Leopold le ponía a la defensiva-. Si me hubiera oído mi madre habría dicho que no tengo ningún tacto. Pero no se preocupe, señor Gallagher, no me aprovecharé de su buena educación -le lanzó una mirada burlona y, diciéndole adiós con la mano, siguió su camino.

Gallagher volvió a sentarse y permaneció con la vista clavada en la grácil figura que se alejaba con rapidez, llevando al inmenso dogo de la correa. Debía reconocer que la señorita Stapleton le desconcertaba; le parecía increíble que una joven como ella fuera la amante de un hombre que podría ser su padre. Leopold esbozó una mueca cínica y se regañó a sí mismo por ser tan ingenuo. Hasta la persona más inocente sabía que el dinero era un poderoso afrodisíaco, se dijo, y había cientos de miles de Catalinas Stapleton en el mundo. Sin embargo, no sabía por qué, pero le disgustaba pensar en la señorita Stapleton como la amante de un hombre mayor.

«Tonterías». Irritado, Leopold trató de cortar en seco la corriente de sus pensamientos. «Reconozco que es una mujer bonita y agradable, pero hay algo en ella que me resulta exasperante».

Con un movimiento algo brusco, Leopold cogió el ejemplar de The Times que había dejado sobre la mesa y lo abrió por la sección de economía, decidido a no pensar más en su misteriosa vecina.

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