“Dark Slides
somewhat gently,
somehow slowly,
to the deepest corners.
Reaching, without stopping
every point of our space,
every inch of my soul”.
Markus V.
Tras recibir daños masivos intentando atravesar un cinturón de asteroides, huyendo de nuestros antiguos captores, logramos un aterrizaje forzoso. Esta isla espacial sin habitar fue llamada Munja, y la usamos de base para hacer las reparaciones necesarias antes de dirigirnos al hermoso planeta en torno al cual orbita. Lo llamamos Bellhei, un paraíso lleno de verde y azul.
Sin embargo, nuestra llegada a este nuevo mundo no fue como esperábamos. El escudo invisible es mucho más denso que en nuestro mundo de origen, y la nave comenzó a incendiarse. Caímos a la tierra como un misil. Logramos saltar antes al agua, pero la nave en llamas creó una onda expansiva que eliminó a cientos de criaturas, algunas en el acto, otras envueltas en llamas, gritando de agonía. Todos recordamos lo mismo: La llegada de los Aiam a nuestro entonces pacífico mundo.
Es imposible describir la fascinación con que recorrimos los primeros siglos, maravillados por todo cuanto crece y muta, de forma distinta en cada lugar. Llamamos Beia al proceso completo de todo lo que se desarrolla sin nuestra intervención.
Las criaturas son enormes, con escamas y huesos que se combinan en muchos casos para dar lugar a corazas, cuernos, púas, un arsenal militar natural. Guerreros por naturaleza, sin formación alguna. Estas gigantescas criaturas luchan, conviven, se cruzan, dejando que Beia haga su trabajo, sin pausa, pero sin prisa. La conciencia de este mundo es tremenda, cada organismo sabe que debe luchar si quiere vivir, y nace listo para eso.
Nuestros frágiles cuerpos son insignificantes en comparación, pero grandes en conciencia y poder, pues han nacido para “la creación”: Marahatna. La magia. Sin embargo, eso se debe a la raza que nos creó.
En este mundo, en cambio, esa guía proviene de algún poder extraño, residual o innato. Por eso, mi gente sigue buscando la fuente, algunos dicen haberla encontrado, pero al traerlas para comprobación, resulta que se trata de contenedores, fragmentos de esta increíble magia impregnada en todo lo que crece, concentrados en algunos tipos de piedra o planta en particular.
Algunas criaturas también tienen grandes cantidades de este poder, sobresaliendo al cabo de algunos ciclos indefectiblemente. Con la excusa de ayudar al mundo y en el proceso, volverse lo suficientemente fuertes como para enfrentarse a los creadores el día en que regresen, algunos de los nuestros han empezado a acumular dichos objetos.
Soy un Wijar de mediana edad, no estoy entre los más poderosos, tampoco entre los más débiles, sin embargo, con el tiempo algunos comenzaron a ponerse nombres individuales, y a mí me llamaron Prymus (en el lenguaje que hoy usamos: preciado-prudente). De algún modo, me he convertido en referente, cuando no líder, de esta pequeña comunidad, con poca gente y mucho espacio.
Empezó cuando decidí quedarme junto a la nave, para evitar perder el equipamiento, aunque todos sabían que mi curiosidad, y mi deseo de explorar, era igual o mayor que en muchos de ellos. Les pareció acertado, y me siguieron.
Después cuando empecé a crear un asentamiento, y sugerí escondites naturales posibles, precariamente emplazados pero difíciles de detectar. Hay que tener en cuenta que no entendíamos cómo era posible que no nos hubieran hallado. Los Aiam jamás dejaban escapar, y para asegurarse que lo supiéramos, traían muestras de cada uno de los fugitivos capturados para exhibirlos en distintos centros. Con el tiempo se dejó de intentar. La nuestra, fue la primera fuga masiva de los últimos mil años, había habido pequeños intentos fallidos durante este tiempo, pero jamás tantos Wijam unidos, con tanto equipo y por tanto tiempo. Por eso el miedo era normal.
Los primeros cien años, construimos distintos centros para posibles refugiados. De las cinco naves que partimos, dos fueron destruidas en el camino, una ni bien despegamos. De las tres restantes, una decidió alejarse, para aumentar las probabilidades de supervivencia. Nunca había oído de eso, un grupo de Wijam que eligiera separarse. Fue un momento decisivo, y un valioso aprendizaje.
De las dos naves que entramos a lo que hemos dado el nombre de Straz-Oryn (círculo de fragmentos espaciales), una cayó antes, desconocemos su destino, si lograron aterrizar, si fueron capturados, o inmediatamente destruidos. No hemos logrado comunicarnos, ni siquiera usando los amplificadores de la nave. Sin embargo, también es cierto que nunca hemos estado tan lejos, y que en las pruebas que hicimos cuando partimos a recorrer este nuevo mundo sufrimos lo mismo. Un fenómeno casi tan aterrador como hermoso: Ohm (soledad-vacío-silencio).
Algunos volvieron de inmediato cuando se dieron cuenta que no podíamos sentirnos, otros se aventuraron todavía más, y en el camino, descubrieron que podían, como aquél Wijam de la nave alejada, pensar distinto a los demás, con una voz que era solo suya.
Yo en particular, no podía esperar para experimentar semejante descubrimiento, pero quería dejar todo listo por si volvían los creadores. Podían estar simplemente tardando por interferencias, desarrollando escudos o armas que les permitieran atravesar el Straz-Oryn sin dificultades, buscando refuerzos o incluso, reagrupándose en Munja sin que pudiéramos detectarlos.
Cuando empezamos algunos a creer que ya no iban a venir a por nosotros, o que no tenía sentido vivir pensando en nada más que ese día, empezamos a desperdigarnos.
El tiempo para nosotros, no es un problema como vimos en las criaturas de este mundo. Algunas crecen de forma descomunal, algunas rápido, otras lento, pero todas, al final, mueren. Para nosotros fue algo novedoso y extraño. No conocíamos nada que muriese por cuenta propia, por simple tiempo, y empezamos a usar el término “ciclo” para abarcar el nacimiento y muerte de un ser en particular, aunque se perpetúe su pueblo a través de la unión de dos cuerpos.
Éste conocimiento volvió a algunos de los nuestros, en soledad, frágiles. Y tuvieron la idea de usar la magia de este mundo para evitar que murieran algunas criaturas por las que empezaban a sentir afecto, pero además, por el miedo oculto de que en este nuevo mundo, las reglas aplicasen también para ellos. Como dije, nunca habíamos presenciado una muerte que no fuese ejecución, algunos de nosotros llevábamos por ese entonces más de tres mil años despiertos.
Primero, obtuvieron el poder de algunas piedras, pudiendo hacer a algunas criaturas más longevas. Siguieron con los organismos conocidos como plantas y entonces, sucedió la división definitiva, algo que jamás habíamos podido imaginar en nuestros escasos milenios de vida. De algún modo, nos resultó imperdonable que consumieran otras vidas para perpetuar la suya. Las criaturas de este mundo tenían una falla orgánica que los obligaba a comportarse de ese modo, nosotros no.
Cuando empezaron a consumir la energía de las criaturas que hoy llaman animales, algo en nosotros despertó, un sentimiento negativo que no era miedo. Fue la primera vez que los Wijar sentíamos ira, y la primera vez que matábamos a uno de los nuestros tras los intentos fallidos por negociar su rendición, al hábito de consumir animales. Pero la cantidad de éstos que morían en un lapso, para nosotros corto, de tiempo, nos resultaba repudiable, inaceptable, y motivo suficiente.
Así, desde ese día, quedamos divididos en tres grupos distintos: los que seguían con la costumbre de experimentar la vida consumiendo vida, como si fueran de este mundo; los que intentábamos detenerlos o defender criaturas creando espacios protegidos; y los que se fueron, no sabemos dónde, para no volver, hasta que hubiesen pasado milenios, y esta guerra absurda hubiera terminado, de un lado u otro. No estaban de acuerdo con el mal hábito, pero menos aún con poner la vida de criaturas, que de cualquier modo morirían devoradas por otras, por encima de los nuestros.
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El libro de los destinos
General FictionConjunto de relatos, diarios personales y anotaciones de Zigurat el historiador. Recortes del libro mágico que guarda todas las historias, conocido como "El libro de los destinos", llegan a nosotros, páginas robadas por un curioso intruso.
