A veces pienso que sentido tiene vivir así... Mi mente da vueltas, titubeando, divagando una y otra vez en el blanco espacio qué es mí marea de pensamientos repitiéndose con bastante frecuencia y sin cesar ni una sola ocasión. ¿Por qué tomé está decisión?
El techo completamente lleno de polvo libera mis alergias, un fuerte estornudo se apodera de mí en cuando una pequeña pista de polvillo blanco que sobresale de las viejas maderas entra en contacto conmigo. Recostado en un viejo y desgastado catre militar de patas oxidadas me encontraba m intentando conciliar el sueño. Cubierto por unas viejas mantas que casi no tenían relleno. Muchos completos estúpidos creerían que vivir en un sótano sería la gran cosa, pues la realidad es que no.
El sótano no es un refugio romántico ni un escondite de película; es un agujero húmedo que huele a moho viejo y a derrota acumulada. Las paredes rezuman una humedad que nunca seca, y el aire es tan pesado que parece que respiras sopa fría. Cada vez que me muevo, el catre cruje como si estuviera a punto de rendirse, igual que yo.
Me froto los ojos con las manos sucias y siento la arenilla bajo las uñas. ¿Cuánto tiempo llevo aquí abajo? Días, semanas... he perdido la cuenta. Arriba, el mundo sigue girando sin mí, y eso debería aliviarme, pero solo me hace sentir más invisible. Tomé esta decisión porque creí que desaparecer era la única forma de dejar de fallar. Fallarle a todos. Fallarme a mí. Otro estornudo me sacude, más fuerte esta vez, y la cabeza me late como si el polvo se hubiera metido hasta el cerebro. Me incorporo un poco, lo justo para no congelarme del todo, y miro hacia la única ventana: un rectángulo sucio en lo alto de la pared, tapado con tablones mal clavados. Por las rendijas entra un hilo de luz grisácea que apenas alcanza a iluminar las telarañas colgando como cortinas rotas. A veces escucho pasos arriba. Zapatos, voces lejanas, la vida de otros que no tiene nada que ver conmigo. Y me pregunto si alguien habrá notado que ya no estoy. Si alguien se pregunta dónde me metí. Probablemente no. Y eso es lo peor: que huir no sirvió de nada, porque nadie vino a buscarme. Me vuelvo a acostar, abrazo las rodillas contra el pecho buscando un calor que no existe, y cierro los ojos. Mañana será igual. Y pasado. Hasta que un día deje de preguntarme por qué tomé esta decisión... o hasta que ya no tenga fuerzas para preguntarme nada.
Un ruido seco en la escalera me saca del sueño. Golpes rápidos, como si alguien bajara corriendo. La puerta del sótano se abre de golpe y la luz del pasillo entra como un cuchillo. —¡OYE TÚ!, ¿sigues vivo ahí abajo o ya te pudriste? —la voz de mi primo Derek, siempre la misma, burlona y alta.No contesto. Me quedo quieto en el catre, con la manta subida hasta la barbilla. El frío de la noche todavía me pega en los huesos. Tengo el pelo castaño rojizo pegado a la frente por el sudor frío, y los ojos ámbar entreabiertos, mirando el techo lleno de polvo. Derek baja los últimos escalones. Es más alto que yo, más ancho, y siempre lleva esa sonrisa que parece que se la pegaron con cinta. Detrás viene mi tía Margaret, con los brazos cruzados y la cara arrugada de fastidio.
—Arriba, ahora —dice ella—. Hay que limpiar la cocina antes de que lleguen los invitados. Y no quiero verte holgazaneando todo el día como siempre. Me siento despacio., mido lo justo para que me miren por encima del hombro, aunque tenga quince años. La nariz pequeña y recta, la piel pálida que nunca toma color aunque salga al jardín, el pelo largo que me cae sobre los hombros... todo parece molestarles. Como si mi sola presencia fuera un error que no terminan de borrar. Derek se ríe.
—Mira, el príncipe del sótano. ¿Te vas a poner esa sudadera rota otra vez? Pareces un espantapájaros que se escapó del granero. Recojo la sudadera del suelo. Está vieja, con agujeros en los codos, pero es la única que tengo que no huele a naftalina. Me la pongo sin mirarlos. Mí tío Richard aparece en lo alto de la escalera, sin bajar.
—No te demores, muchacho. Si no sirves para nada más, al menos barre el garaje. Y no toques nada de mis herramientas, que la última vez dejaste todo hecho un desastre. No digo nada. Nunca digo nada. Subo los escalones detrás de Derek, que me empuja con el hombro al pasar, "por accidente". El aire de arriba es más cálido, pero huele a café quemado y a perfume caro que usa mi prima Sophie. En la cocina, ella está sentada en la isla, pintándose las uñas y hablando por teléfono. Me mira de reojo y pone los ojos en blanco.
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Infame
ActionMucho tiempo antes de siquiera saber de sus verdaderos orígenes, Brent Schwert ya era considerado un demonio en la tierra. Alabado por unos, y bastardeado por otros, él será la encarnación de los peores miedos de aquellos que estén en su lista, un a...
