«I walk the streets of New Orleans...»
Si me decidiera a echar un vistazo al local e intentara darme cuenta de lo que sucede alrededor mío, me encontraría con nubes de humo por doquier, aderezadas con el inconfundible aroma del tabaco quemándose con parsimonia. Vería una multitud de pequeñas mesas redondas, ocupadas por dos, tres parroquianos, con un porcentaje sumamente bajo de mujeres. Podría apenas distinguir las siluetas de aquellos sentados próximos a mí, si entornara mis ojos para tratar de abrirle paso a mi vista entre la penumbra intencional que se apodera del recinto. Y también podría ver que soy el único idiota cuya atención no está fija en el espectáculo que la bella Lyla está ofreciendo para la concurrencia, alimentando los fetiches de una noche que apenas comienza bajo el opaco resplandor de una luz púrpura. La orquesta ataca una melodía casi nostálgica, un swing digno de tal nombre, cuyo ritmo sincopado resulta ser el acompañante perfecto para el movimiento de caderas que nuestra chica imprime, balanceándose cadenciosamente para despertar en nosotros —los espectadores de esta noche, una amalgama de sujetos pertenecientes a los más diversos estratos sociales: los perdedores, el resto de una sociedad que no se atreverá jamás a reconocerlos; hombres de negocios ahítos de trabajo y provechosas transacciones; simples trabajadores que buscan un escape de su magra realidad— el instinto más primario que el hombre conoce.
Ataviados con sus camisas blancas, pantalón negro y los clásicos tirantes que parecen más un adorno reglamentario que un accesorio imprescindible, los muchachos dibujan las líneas invisibles sobre los que la danzante se menea, armada para la ocasión: porta un vestido negro con lentejuelas, de generoso escote y corte largo, mismo que no oculta nada en lo absoluto merced a la abertura que corre desde su cintura hasta terminar en el vuelo de la falda. Todos podemos ver que la fémina viste medias del mismo tono, sostenidas por un liguero de encaje cuidadosamente tejido; una costura recorre el adorno de sus piernas desde el resorte hasta sus talones, mismos que se balancean sobre unos zapatos de tacón alto, sobre los cuales el baile toma vaivenes infinitos, sensuales. Su cintura de avispa está cuidadosamente delineada por un corset, es algo fácil de notar: parece casi antinatural, mas no por ello menos erótico, recordando a épocas mejores donde el burlesque era más que un entretenimiento nocturno. Horas de divas enfundadas en lencería de intrincados diseños, con el carmín perpetuo decorando sus rostros agraciados. Lyla es un tributo a esos años; su figura parece expresamente diseñada para que la banda toque himnos de blues con su nombre. Y a medida que los acordes evolucionan, la tela empieza a ceder ante el baile; sus largas piernas no pueden quedarse quietas, los brazos cubiertos por mitones translúcidos deslizan la hendedura superior de su atuendo hacia abajo, revelando el valle en que todos los presentes desearíamos perdernos para siempre. Qué espléndido, debajo de las prendas ella viste un sostén de media copa, apenas lo justo para que el epítome de sus pechos quede justamente cubierto.
Fuera del saxofón y las trompetas, el vibrar de las cuerdas y los tambores que marcan el ritmo, no se escucha nada más. La audiencia contiene el aliento con cada giro que el objeto de nuestra adoración realiza, todos ellos alimentándose de alcohol, habanos, o ambos a la vez. Nadie se atrevería a interrumpir el ritual. Alargando la mano, me procuro una vez más la botella de whisky, sirviéndome una generosa medida en un vaso que, al principio de mi estadía, había contenido un par de hielos. Ya no reparo en esos detalles, me limito a vaciar el líquido ámbar hasta que su contenido rebasa tres cuartas partes del recipiente; entonces, haciendo un silencioso brindis para mis adentros en honor de la beldad que acapara el escenario, vacío más de la mitad de mi bebida de un solo trago. El licor quema mi garganta a medida que la recorre, y despierta un placentero escalofrío que aviva mis sentidos; puedo jurar que no existe mejor remedio para un espíritu obnubilado que un trago fuerte, rápido, dispuesto a aletargar las buenas costumbres. Chasqueo la lengua, complacido, volviendo a enfocar la mirada en la joven ya semidesnuda. Un poco más, y los encantos de su carne centelleante bajo las luces de artificio estarán disponibles para todos los presentes. Casi puedo oler la lujuria que impera en el lugar. La saboreo, juego con ella como haría con la masilla para moldear que los niños utilizan; podría sustentarme de ese efluvio intenso, concentrado, desprendido por todos esos espectadores que solamente se llevarán a casa el recuerdo de lo que nunca tendrán en el lecho. Así ha sido siempre: el hombre vive con una idea muy vaga de lo que desea, jamás obtiene lo que realmente se merece (y para ciertos ejemplares, esto suele ser bastante bueno: en todo mi existir nunca he sabido de nadie que recibiera justo castigo por sus actos) y solo se contenta con anhelar lo que se le presenta enfrente. Criaturas interesantes, sin duda alguna.
La orquesta toca las últimas notas, y los tacones de la fémina resuenan por el local durante un par de segundos, antes de que los aplausos y silbidos del público los acallen con un entusiasmo casi vulgar. Ella se ha marchado, dejando atrás no solo un rastro de prendas impregnadas con su perfume y sudor (fragancia prácticamente imperceptible entre los distintos olores, aunque me parece distinguir un atisbo de jazmín; ¡qué tono más adecuado, con sus reminiscencias veraniegas, lascivas y, sobre todo, femeninas!), sino un deseo creciente en la concurrencia. Los músicos han comenzado a interpretar una canción distinta, cuyos compases se suceden vertiginosamente, como si quisieran despertar a los oyentes de ese trance casi mágico que tan solo la voluptuosidad sabia puede causar. Como obedeciendo a esa llamada, las conversaciones se reanudan, las risas vuelven a escucharse, apenas menguadas por los tambores, piano y trompetas; el club retorna a su ánimo festivo y engañoso, al tiempo que los meseros vuelven a hacer acto de presencia, rellenando los vasos ya vacíos, llevando botellas o simplemente permaneciendo al acecho de los más incautos, esos que ya han cedido al alcohol y, tambaleándose, se disponen a abandonar la estancia. Uno de los empleados se acerca a mi mesa, llevando hielos; le interrumpo a medio camino con un ademán, y sin siquiera molestarme en pedir la cuenta, doy un último trago directo a la botella antes de levantarme, sin mostrar la menor señal de borrachera. Me aseguro de dejar atrás el importe de mi consumo, junto con una propina que me asegurará no ser olvidado por el que estuvo al pendiente de mis caprichos. Ya no tengo más que ver ahí por esta noche; he pasado un buen rato, suficiente para enfrentarme al trabajo de buena gana. La noche aún es joven; y aún queda demasiado por hacer. Tarareando para mis adentros,
«Where I can go / to save my soul...»
traspaso la antesala, deteniéndome tan solo para que el portero me franquee la entrada con evidente respeto. Toco el ala de mi sombrero a guisa de saludo, y me preparo para recibir el viento urbano, que penetra en mis pulmones como un bálsamo ligeramente húmedo, recordándome que el tiempo pronostica lluvia para esta noche. Las luces mortecinas de los faroles apenas iluminan las calles, volviendo la atmósfera un tanto lúgubre, con ese aire de olvido que caracteriza a las ciudades en la madrugada. Las aceras, casi desprovistas de transeúntes, exhiben con orgullo las señales del trajín cotidiano: polvo, basura, el ocasional perro que intenta procurarse su ración cotidiana entre los despojos, incluso los indigentes congregados en torno a su dios supremo, el fuego, al fondo de un callejón. Permanezco de pie fuera del establecimiento apenas lo suficiente para encender un habano - como si no me hubiera sido bastante ya con esa atmósfera deliciosamente opresiva que aún puedo paladear; una, dos bocanadas de humo se pierden en la negrura de un cielo sin estrellas, donde la luna es soberana indiscutible, rompiendo el manto con sus rayos apagados, lechosos, que pugnan por bañar el pavimento tras las nubes amenazadoras. Dedicando un guiño al astro, guardo mis manos en los bolsillos de la gabardina, comenzando poco después la caminata hacia las primeras horas de un día que promete ser poco menos que inolvidable.
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Swing Nights
ParanormalLos monstruos que acechan en la noche son muy distintos a los que enfrentaron nuestros antepasados: más oscuros, más tangibles, más reales. Seněl Elohim, un investigador que trabaja para la policía local, se enfrentará a algunos de ellos, a la vez d...
