Los príncipes suelen retratarse como jóvenes de perfectos en modales, siempre limpios y con una sonrisa amable a todos, mas este era un príncipe solitario que disfrutaba del reino junto a su castillo entre tierra y sol dejando de vez en cuando pequeñas travesuras.
Seguía siendo llamado príncipe, uno que en vez de caballo tenía dos piernas para recorrer el castillo entero sin cansancio.
Vestido con un traje negro paseaba sintiendo la suavidad del pasto algo húmedo mientras el viento empezaba a cantar, pero esta vez el canto triste del frio castillo reemplazó por el llanto ligero en lo que se acercaba a tal árbol.
-Quiero volar, quiero volar. Dejo mis hojas en el viento bailar. -Se acercó al pobre sauce llorón oyéndolo cantar sentándose en la tierra bajo sus hojas. –Quiero salir, quiero salir. Déjenme irme de aquí.
El príncipe escuchaba el triste canto del sauce sin comprender ¿Qué ese no era su hogar cuando en toda su vida lo había visto ser cuidado por el rey? Debía estar confundido por su vejes de cuarenta anillos.
-El rey te cuida desde que tengo memoria, -Lo acusó el príncipe. –debes agradecer ser parte del reino. Tienes un hogar.
El sauce volvió a sollozar, que el príncipe no entendiera su tristeza le rompía más el corazón.
Alzó la vista hacia sus intimidantes ocho metros de altura, había entristecido más al noble gigante, había hecho algo malo que debía reparar.
-Hace muchos años el padre del rey me trajo aquí y ellos me cuidaron, el antiguo rey se fue y el nuevo rey siguió viéndome. –Más hojas cayeron del sauce conmoviéndolo. -Príncipe, usted sabe que el rey se fue hace un tiempo y si no me cuida porqué me quedaría aquí. Quiero volver al bosque y recibir el consuelo de otros sauces.
Desde el viaje del rey el reino se había tornado triste, necesitaban a alguien que viera por ellos, estando pegados al suelo no podían hacer mucho más que esperar a que llegara lluvia.
Más hojas caían al compás del viento al pasto algo amarillento y descuidado, las flores, que en esa época normalmente estiraban sus pétalos coqueteándole a los insectos, también habían perdido color opacándose, lamentándose que algo de su belleza se perdiera tal vez para siempre.
La responsabilidad de remover el azul de su reino caía en sus manos al ser el príncipe, mientras que algo de temor por la responsabilidad también molestaba alrededor se su corazón.
-Yo no quiero que te vayas, -Susurró el príncipe. –te quedarás porque yo estoy aquí para cuidarte, cuidarlos a todos ustedes.
Con lo dicho el sauce pareció sonreírle.
Estando a punto de levantarse una fuerte respiración lo hizo saltar de sorpresa la cual se fue al ver el pelaje blanco del pecho del gran animal. Aun le costaba entender como esa bestia enorme y amigable tuviera la misma edad que él, pero aparecía en el momento más oportuno como el buen amigo que era. El gran animal de pecho blanco se echó en el suelo dejándole más fácil subir a su lomo cubierto de su suave pelaje marrón.
El príncipe conocía un poco del trabajo del rey al momento de cuidar a su pueblo, recordaba a una cobra gigante que paseaba a su lado dejando un arcoíris donde sea que mirara el cual llenaba de vida a los que lo rodeaban. Tal cobra no se había presentado a su paseo habitual por ese prado desde el viaje del rey siendo ella en realidad bastante floja.
-La gran cobra blanca que se sigue escondiendo, necesito encontrarla. Volveré con ella, no los dejaré sin ayuda.
Le dio un par de toques al costado a la gran bestia indicándole que se levantara, su poco equilibrio al no tener una silla para sostenerse casi lo hace caer de no haberse sostenido por la piel de la bestia.
