La aguja de los minutos acariciaba el número dos en el reloj sin segundero que decoraba una pared secundaria de la galería.
Flavio nunca había trabajado de cara al público y aunque su círculo social era amplio, no dejaba de ser eso, social. Por lo tanto, el primer contacto con una clientela real le había llegado con aquella oportunidad que llevaba soñando años. Y cuando por fin lo consiguió, fue como cumplir los dieciocho, algo que tenía algo lejano. De los dieciocho esperas muchas cosas y después no ocurre nada: en tu fantasía infantil e incluso adolescente piensas que será como cruzar un portal a un nuevo mundo, que tu vida dará un giro de ciento ochenta grados y que nada será como era hasta ese momento. Después es cuando descubres que si hay un giro es de trescientos sesenta grados porque nada cambia: los regalos de ese año dejan bastante que desear, como los de todos los años anteriores. Descubres que al día siguiente tienes que volver a madrugar para ir un día más al instituto o en su caso, a terminar los exámenes de Selectividad. Descubres que tu cuerpo es el mismo, que los granos que te salen después de afeitarte no desaparecen por arte de magia y que las normas en tu casa las sigue poniendo tu madre porque vives bajo su techo. Nada cambia con los dieciocho, y nada cambia cuando consigues abrir tu primera galería de arte con veinticuatro años.
Aunque para ser precisos, sí que cambia algo: los dígitos de tu cuenta bancaria.
Lola le había repetido varias veces que le dejaría a modo de préstamo el dinero que le hiciera falta, pero el chico se había negado en rotundo. Llevaba años trabajando al tiempo que acababa sus estudios para poder desvincularse económicamente de sus padres, o sentiría que nunca terminaría de madurar del todo. Y aunque su madre hubiera insistido en que no era una donación sino un depósito que pudiera ir devolviéndole cuando la exposición diera sus frutos, había decidido invertir todos sus ahorros, que tampoco eran muchos, en arrendar y acondicionar aquel local que ahora le volvía loco porque había puesto todos sus esfuerzos en hacerlo suyo, en sentir que no sólo el mármol que exponía presentaba lo que llevaba dentro, sino también todo el espacio en el que se enmarcaba. Era importante el contenido, sí, pero también el continente.
Pero si algo había descubierto en esta nueva andadura de hombre de negocios en la que se había embarcado, era que no soportaba a la gente. Ya lo había sospechado durante años, pero al ser ahora su propio jefe y su propio empleado, se había dado cuenta de que tenía que lidiar con todo tipo de personalidades: gente amante del arte que entraba a su galería sin conocerle y que criticaba su obra pensando que no les escuchaba, gente totalmente desvinculada del mundo de la escultura que observaba sus figuras y decía que ellos podían hacerlo mejor, gente que parecía realmente interesada en comprarle alguna pieza para después de haberle tenido entretenido una hora hablándole del proceso de tallado, decirle que habían cambiado de opinión. La ilusión de exponer su trabajo todavía estaba ahí, pero se le estaba cayendo poco a poco la venda de los ojos pensando que el sueño de su vida iba a ser todo luces sin ninguna sombra.
Sin embargo, no todo era malo. También aparecía mucha gente a decirle el gran trabajo que había hecho, gente que se identificaba como estudiosos de la escultura a los que él admiraba, personas que se dejaban caer allí porque la entrada era gratuita y veían la puerta abierta y terminaban elogiándole por la capacidad que tenía de capturar las expresiones humanas y las distintas y diversas formas de la anatomía femenina.
Pero si tenía que incidir en algo que no comprendía, le exasperaba y le daba ganas de saltarse el código no escrito de tenerle al cliente más respeto del que el cliente te tiene a ti, era los que entraban a última hora.
La galería abría a las diez de la mañana, y hasta las once y media no solía entrar nadie, cosa que comprendía: la gente tenía trabajo, los estudiantes clase. A partir de las doce y durante cerca de una hora, sin ser agobiante, recibía a curiosos que le solían preguntar por cómo había tenido esa idea y dónde había estudiado para ser tan bueno. A la una y media cerraba y volvía a casa a comer lo que fuera que su compañero de piso hubiera hecho para los dos. A las cinco de la tarde volvía a abrir y hasta cerca de las seis nadie se acercaba. Y a partir de las siete el público era más abundante.
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Silhouette
FanfictionFlavio ha inaugurado una galería de escultura en el centro de Valencia y una visita fortuita pone su mundo del revés. Historia cort(ísim)a, sólo tres partes.
